Con los años, el adjetivo viral fue perdiendo vigor, así que se recicló y ahora triunfa como sustantivo. En estos días, viral es, sobre todo, un mensaje o una idea que se transmiten de forma exponencial por las redes sociales. Las dos fotografías que ilustran este texto son dos ejemplos de virales. Las dos han sido reenviadas miles de veces por internet y con las dos se pretende alertar sobre los riesgos de la incomunicación y la distracción de los móviles.

En el primer caso, la fotografía fue tomada en el Rijksmuseum de Amsterdam por el fotógrafo Gijsbert van der Wall y muestra a un grupo de adolescentes dando la espalda a 'La ronda de noche' de Rembrandt mientras están pendientes de sus móviles. En los comentarios que acompañaban a estos reenvíos se instaló el discurso de la alarma. Se empezó por lamentar que a nuestra juventud no le gusta el arte y se terminó temiendo por el futuro de nuestras pensiones. En medio y entre tanto, lo habitual, una generación sin inquietud ni expectativas, ciega y enganchada, robots adolescentes, etc.

La segunda fotografía la hizo el fotógrafo John Blanding en la presentación de la película 'Black Mass' y se publicó en el periódico Boston Globe. El objetivo de los objetivos era Johnny Depp que intervenía en la película. El fotoperiodista deportivo Miguel Angel Morenatti la colgó en la red tras haber resaltado con un círculo a la anciana que sonríe en primer plano. Debajo escribió, "Estamos perdiendo la capacidad de disfrutar de los momentos importantes".

La fotografía empezó a circular. Proliferaron los comentarios del tipo, "por querer conseguir la mejor foto nos perdemos los mejores momentos", "cuando abrimos los ordenadores, cerramos las puertas", "muchos amigos virtuales pero pocos reales", "gente tonta para teléfonos listos", etc.

Sin embargo, en esa primera fotografía, yo no veo robots, sino a un grupo de alumnos en una actividad complementaria. Es posible que estén allí no porque les interese Rembrandt , sino porque la actividad, además de ser obligatoria, les libera de la rutina del aula. Pero no me asusta su desinterés porque intuyo que a esos alumnos, antes o después, los profesores que les acompañan les habrán estado hablando de la importancia del cuadro. El más emblemático de Rembrandt, les habrán dicho, la seña de identidad del Siglo de Oro de la pintura holandesa y una obra maestra del arte universal. Además es probable que les hayan contado también la historia del cuadro y lo erróneo del título, que cuando en 1940 estalló la II Guerra Mundial se lo llevaron a Maastricht y lo escondieron a más de treinta metros bajo tierra para evitar que los nazis lo robaran, que cuando, acabada la guerra, se dispusieron a restaurarlo se dieron cuenta de que el título estaba equivocado, que lo de la noche era a causa del oscurecimiento de los barnices, pero que en realidad se trataba de una escena diurna.

También les habrán hablado del contraste de luces y sombras, de la influencia del tenebrismo, de las diagonales trazadas por las lanzas y los arcabuces, de los distintos planos, etc; antes o después, de viva voz o por escrito, los profesores les habrán insistido igualmente en la importancia que en la historia de la pintura tiene el hijo de un molinero de Leiden que alcanzó fama y creó escuela, del niño aplicado de vida complicada que manejó la luz con tal maestría que aún hoy se habla de "iluminación a lo Rembrandt", etc., etc.

Y además, se les habrá repartido una ficha en la que esté escrito que el lienzo fue pintado en 1642, que mide 3,79 metros de largo por 4,54 de alto, etc. En fin, que llegado el momento, estarían cansados de cuadros y deseando echar un vistazo a su teléfono.

En el segunda fotografía, cabe pensar que la gente está allí porque quiere; al menos, porque quiere ver de cerca a quien ha visto ya muchas veces en fotografía o en la pantalla. Si pudieran, se supone, invitarían al icono mediático a su casa, hablarían con él, intentarían besarlo o se dejarían besar, pero como todo eso es altamente improbable, optan por el consuelo de llevárselo fotografiado, de poder contar y colgar que estuvieron cerca del objeto del deseo o de la curiosidad. Pero, ¿quiere eso decir que disfrutó más el momento la anciana que el resto de los fotografiados? ¿Es disfrute sinónimo de contemplación? Si ella no usó el móvil ¿fue por anciana, por sabia o por las dos cosas?

Comparo ambas fotografías y tengo la impresión de que a los fans de Johnny Depp les interesa Rembrant tanto como a los chavales del banco, y que los chavales del museo tendrían el mismo interés en ver a Johnny Depp que la vieja de la valla, pero que echarle la culpa del ahora y del mañana a la edad o a los móviles es tan sólo otra manera más de marear la perdiz.

Hace unos días, en el café donde ahora escribo, una mujer joven y guapa llamó mi atención para quejarse de que la gente estuviera mirando el ordenador en vez de estar hablando. La muerte de la conversación, dijo. En dos o tres momentos hice amago de interrumpirle el monólogo, pero no mostró el mínimo interés por mi opinión. Cuando se cansó se fue y cuando ella se fue yo descansé. Supongo que hay tantas formas de comunicarse como palabras en el diccionario y que las de los móviles son solo nuevas acepciones. En cuanto a la edad y la incomunicación: ¿Qué me dicen de los diálogos de sordos? ¿Qué de la salud del planeta, de la pandemia del analfabetismo, de las guerras y del etcétera? Pues eso.