Cuando gran parte de la sociedad se quedaba en casa para protegerse del virus, ellos no pararon ni un solo día. Cada jornada acudieron a su puesto de trabajo. El Gobierno los consideró colectivos esenciales, aunque en las primeras semanas las condiciones en las que trabajaron fueron precarias. No había mascarillas ni equipos de protección suficientes.

Sobre todo los sanitarios, pero también policías, repartidores, barrenderos, cajeras, limpiadoras, cuidadoras... no faltaron a su puesto para que la vida pudiera seguir avanzando.

Pero también aquí hubo diferencias, con esenciales de primera y de segunda. «Hay colectivos que nunca dejaron de trabajar y siguen sin haber recibido la vacuna, eso no puede ser. Si son esenciales para una cosa, lo son para la otra, sobre todo teniendo en cuenta la situación en que estuvieron», expresa la secretaria general de CCOO de Extremadura, Encarna Chacón. «Hay que recordar que la clase trabajadora ha sido fundamental para sostener este país. Por eso toca cumplir con ellos e insistir en que no se pueden recortar derechos laborales», añade.

Su homóloga de UGT, Patrocinio Sánchez, apunta: «Tenemos una deuda con ellos. Muchos de esos colectivos esenciales (lo de segunda) apenas si cobran el sueldo mínimo, y en los que la situación es más precaria, la mayoría son mujeres».

Esas serán parte de las reivindicaciones de hoy, 1 de mayo, Día Internacional de los Trabajadores, una fecha en la que los sindicatos vuelven a la calle con un lema conjunto: ‘Ahora toca cumplir’.

Con motivo de esta jornada reivindicativa, EL PERIÓDICO EXTREMADURA habla con tres de estas personas que estuvieron en primera línea de batalla frente al covid-19 desde que se decretó el Estado de Alarma y se impuso el confinamiento. Una cajera de supermercado, una limpiadora de hospital y una auxiliar de cuidados de una residencia relatan su experiencia y recuerdan cómo se sintieron en esos momentos en que se paró el mundo y, de repente, sus profesiones se volvieron indispensables. 

Curiosamente, son tres mujeres porque en sus respectivos sectores los rostros femeninos copan gran parte de los puestos de trabajo. Las tres coinciden en agradecer los aplausos y el reconocimiento, pero piden que se tenga en cuenta a la hora de la verdad y que no se olvide que, en un momento histórico, fueron esenciales.

«Nunca nos habían valorado tanto, que no se olvide»

GEMA MUNICIO. Cajera de supermercado. Cáceres

Gema Municio SILVIA SÁNCHEZ FERNÁNDEZ

«Miedo». Es lo que sentía cada día cuando salía de casa para ir al trabajo. «Era como una película, las calles vacías...», recuerda. «No teníamos información. Unos te decían una cosa, otros otra, los clientes hablaban... No sabías qué pensar. Todo el día desinfectando, se agotaron las mascarillas, nos poníamos guantes de látex para atender a la gente», recuerda. «Por un lado lo vivimos con mucha ansiedad porque no queríamos contagiar a la familia y siempre estábamos en situación de riesgo, pero a la vez nos sentíamos de alguna manera importantes porque sabíamos que ayudábamos a los demás en momentos tan complicados». Quien se expresa es Gema Municio Durán, 30 años, cajera de un supermercado en Cáceres (Tambo). Vivió el confinamiento jornada a jornada desde su puesto. «Eso sí, nosotros fuimos esenciales para trabajar, pero no para recibir la vacuna», lamenta. 

«Ahora los clientes ya están mucho más concienciados -prosigue-, pero también nos tocó lidiar con algunos que no se lo creían y había que ir detrás de ellos para que se pusieran la mascarilla».

Es consciente que la pandemia ha cambiado la visión de su puesto de trabajo: «Nunca nos habían valorado tanto, pero que no se olvide».

«Antes también estábamos aquí»

SUSANA FUENTES. Limpiadora. Badajoz

Susana Fuentes. SANTI GARCÍA

Apenas diez días antes de que anunciaran el Estado de Alarma había pedido el traslado de los colegios al hospital para tener más horas de contrato, «para mejorar las condiciones laborales». Y entonces llegó el virus. Susana Fuentes Morato, 44 años, es una de las limpiadoras del servicio de Urgencias del Perpetuo Socorro de Badajoz. Tuvo que aprender a trabajar con un nerviosismo constante. «El no saber qué podía pasar era lo peor», dice recordando esas semanas de confinamiento. 

Al mismo tiempo que comenzaba la pesadilla, su tarea diaria se volvió cada vez más imprescindible. «Imagínate la limpieza en un hospital si hay un virus así..., es que sin limpieza no puede funcionar», expresa.

«Empezamos a notar -continúa- que ahora nos miraban de otra manera. Y no solo el resto del personal, también en las redes sociales sentimos mucho apoyo. Lo que pasa es que te da pena que tengan que pasar estas cosas para que te valoren, para que otros entiendan que todos somos necesarios, porque antes también estábamos aquí».

Ahora, ya con las dos dosis de la vacuna puesta (fue en enero, con Pfizer), pide que no se olvide ese reconocimiento a ciertas profesiones que son también importantes y que muchas veces no están bien pagadas.

«Yo me acuerdo cuando trabaja en los colegios que algunos directores sí me trataban bien, pero había otros que me miraban por encima del hombro. A uno le tuve que decir que si el colegio no estaba limpio, no se podía abrir», manifiesta.

«En las residencias seguimos como auxiliares de segunda»

Mª JOSÉ FERNÁNDEZ. Técnico en Cuidados Auxiliares. Plasencia

Mª José Fernández. TONI GUDIEL

Empezó a trabajar en una residencia de ancianos el 14 de marzo de 2020, justo el día que se declaró el Estado de Alarma. El objetivo de su contrato no era reforzar a la plantilla por la que se avecinaba debido al coronavirus, sino simplemente hacer una sustitución para que otras compañeras se marcharan de vacaciones, una práctica habitual. No sabía que iba a vivir dos meses de tensión, nervios y miedo. Que iba a estar en primerísima línea del covid, en el epicentro de la primera ola, que se cebó con los centros de mayores. María José Fernández Plata, 44 años, de Plasencia, vivió el confinamiento como auxiliar de cuidados en la residencia Los Pinos de la capital placentina. «La primera mascarilla que me dieron, una quirúrgica, me dijeron que me tenía que durar una semana», recuerda. Solo tuvo un mono de protección que todos los días metía en una bolsa de plástico para llevárselo a casa y lavarlo con lejía. «No había material. Al principio fue un caos».

Después de trabajar en condiciones complejas, estuvo dos meses y medio sin cobrar. Su contrato empezó el 14 de marzo, terminó el 15 de mayo, pero hasta el 30 de ese mes no le ingresaron ningún salario.

Su labor en la residencia, al igual que la de sus compañeras, fue esencial al inicio de la pandemia. Pero esa realidad no ha servido para eliminar las desigualdades laborales que existen en el sector. El mismo puesto, que en este caso es Técnico en Cuidados Auxiliares de Enfermería (TCAE), tiene diferentes sueldos según si el contrato lo hace el SES (Servicio Extremeño de Salud), que sería para trabajar en hospitales o centros de salud; o el SEPAD (Servicio Extremeño de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a la Dependencia), que ofrece empleos en centros de mayores. «Además hay menos recursos, menos personal, es más duro, de manera que lo que todo el mundo prefiere es que te llame el SES, es lógico. En las residencias seguimos siendo auxiliares de segunda», se lamenta.