«Me gustaría comenzar diciendo que es un honor escribir sobre la profesora Ana Muñoz González. Es la persona más inteligente que he conocido. Tuve la suerte de tenerla como profesora de ciencias en Secundaria. Para mí fue una madre. Aprendí mucho. Siempre estaba ahí para ayudarme ante cualquier problema». Este es el principio de una de las muchas cartas que uno de los alumnos de Ana, la profesora del año de Estados Unidos, escribió sobre ella. Es extremeña y tiene 41 años. Con emoción recuerda escritos como este que redactaron tanto el alumnado como amigos y otros profesores una vez que el centro en el que imparte clase la nominó a unos galardones que distinguen la trayectoria profesional de los docentes estadounidenses. «Son los Óscar de la Educación», relata desde Arlington, ciudad de Washington en la que reside junto a su familia. 

Ana se llevó el premio de educación Secundaria. «Soy la primera española en conseguirlo. Es un orgullo inmenso», señala. Al otro lado del teléfono, pero con seis horas de diferencia, todavía se muestra incrédula. «Mi hija me dice: ‘Mamá, Estados Unidos es un país muy grande. Es muy fuerte», cuenta. Pese al gran orgullo que siente al haber obtenido el galardón, tiene claro que el mayor de los premios se lo llevó al leer las cartas de sus alumnos. «Lloré de la emoción. Con eso me sentí tan afortunada que ya había ganado el mayor de los premios», recuerda. El proceso de selección empezó en marzo. Su centro, Wakefield High School, la eligió como candidata al National Secondary Teacher of the year o lo que es lo mismo a la profesora de secundaria nacional del año. «Cada curso reconocen al mejor profesor. Una asociación engloba unos 2.000 programas de inmersión lingüística y este último año había muchos candidatos. Al final fui una de ellas», explica. 

De la ciencia a la educación

«Al igual que pasa en España, aquí hay muchísimos centros con asignaturas en varios idiomas y Wakaefield es uno de los que tienen inmersión lingüística con el castellano en todos los cursos», relata. La extremeña forma parte de la docencia del programa bilingüe. Las asignaturas que imparte son Biología y Química en castellano. La segunda solo se da en castellano en todo el país en su instituto gracias a ella. «Vi que podía enseñársela también a los alumnos y al final se incluyó en el programa educativo. No es fácil encontrar a profesores especializados en una sola materia que puedan dar clases en nuestro idioma», añade. Ella lo hizo porque su verdadera inquietud desde siempre ha sido la ciencia. «La verdad es que nunca me había planteado dedicarme a la enseñanza. Era científica», cuenta.

Ana creció en la calle Godofredo Ortega y Muñoz de Badajoz, su ciudad natal. Estudió Primaria en el colegio Luis de Morales y Secundaria en el IES Zurbarán. Allí tuvo claro que quería dedicarse a la ciencia. Finalmente se decantó por estudiar Ciencias Ambientales en la Universidad de Extremadura. Más tarde realizó una tesis doctoral de Microbiología del suelo, lo que le llevó a su primera aventura en Estados Unidos. Minesota fue su destino. Allí trabajó durante dos años en el departamento estatal de agricultura de EEUU. «Me dediqué a la degradación de pesticidas con microorganismos». Al poco tiempo regresó a España. Estuvo en una compañía nacional de biología molecular y nuevas tecnologías hasta que la empresa cerró. Se casó y ya con su primera hija a su marido le surgió la oportunidad de trabajar en Washington. Una vez allí, se quedó embarazada de su segundo hijo y pensó que una manera de compatibilizar los horarios de los niños y su trabajo sería pasar de la ciencia a la enseñanza. «Pensé que dar clases en mi idioma era un puesto perfecto para mí. No me equivoqué».

Ana y sus alumnos durante una clase de Química. El Periódico

De vuelta a 2021, se cumplen ya siete años de su primera clase de Biología. Ahora siente pasión por su trabajo. «Todos los años tomo a los estudiantes que me dicen que no les gusta la ciencia o que no se les da bien como referencia. A ese alumno es al que le dirijo la clase. Al final les termina gustando», asegura.

Al otro lado del Atlántico, a 7.500 kilómetros, sus padres se muestran orgullosos de su hija. «Es una satisfacción enorme que le hayan dado este distintivo. Su trayectoria tanto científica como educativa lo merece. Estamos muy emocionados y orgullosos», apostilla Manolo Muñoz desde Badajoz.