Granadilla no está habitado porque fue expropiado en 1955 a sus 1.236 habitantes. Por orden de Franco, que quería construir allí uno de sus múltiples embalses, el de Gabriel y Galán. Para poder hacerlo, la población, muy importante en su día --cabeza de partido de 16 localidades--, fue declarada inundable. Hoy sigue manteniendo esa catalogación pese a que la máxima cota del embalse no llega ni de lejos a acariciar los alrededores de la muralla, que es la original, está casi intacta y se levantó con cantos del río Alagón.

Desde 1955 y hasta 1964, los vecinos de Granadilla tuvieron que abandonar su pueblo, sus huertos, sus vidas. «Fue muy duro; cada vez que una familia se iba, salían las demás a despedirla a la salida del pueblo. Se iban en carro y burros con sus cosas. Era una odisea», recuerda con nostalgia Eugenio Jiménez Rodríguez, presidente de la asociación Hijos de Granadilla, que lucha desde hace décadas por que los vecinos recuperen el pueblo y se anule el decreto de expropiación aprobado en el Consejo de Ministros del 24 de junio de aquel fatídico 1955.

Una verja con llave

En la actualidad, para entrar a Granadilla, hay que esperar a que te abran con llave una verja. «Es que ni siquiera nos dejan tener dentro del pueblo la oficina de la asociación, nos ofrecen una casa, pero en la zona del pantano; ¿ahí para qué la queremos?», se queja airadamente Eugenio mientras se sienta en un banco de la plaza y lamenta «la injusticia tremenda» que se cometió con su pueblo, «y que se mantiene en el tiempo». Según explican los descendientes de los últimos habitantes del municipio, el ingeniero Juan Bonilla Domínguez --que fue quien diseñó el embalse-- no tenía intención de que se inundara, sino de que se hiciera «un pantano más pequeño para que no se tuviera que haber ido la gente».

Así lo atestigua una foto que enseña Eugenio en su móvil y que muestra los restos de los trabajos que se llevaron a cabo para construir una carretera que comunicara con un segundo puente que cruzaría el embalse y que nunca se ejecutó. Finalmente, el pueblo se desalojó porque la obra final aumentaba la capacidad del embalse. «Se comenta que Bonilla no firmó el fin de obra porque lo retiraron durante un tiempo de la misma». «La expropiación fue por culpa de los ricos, de los terratenientes. Fueron quienes la aceptaron porque eran los que tenían la mayor parte de los terrenos. Los Santos Inocentes siempre han existido en Extremadura».

«La expropiación fue por culpa de los ricos, de los terratenientes; ellos la aceptaron»

El embalse inundó así a mediados de los 60 las tierras fértiles de la Vega Baja, donde cada cual plantaba «su sustento», y el pueblo quedó aislado.

Muchos de los vecinos de la diáspora se instalaron en Alagón del Río, un pueblo de colonización cercano a Plasencia levantado en un primer término con barracones. Había sido un encinar arrancado, por lo que era terreno infértil, al menos en los primeros años. Otros muchos emigraron a otros lugares de la geografía nacional. «Ahora mismo yo creo que hay descendientes de Granadilla en todas las provincias de España. Hubo una señora, comadre de mi madre, que cuando llegó al pueblo nuevo se puso mala y se murió a los tres o cuatro días. De pena. A mucha gente le pasó», aprecia Eugenio mientras el sol de media mañana hace relucir el pueblo en todo su esplendor: los vivos colores de las fachadas, la Casa de las conchas, el Consistorio reformado donde no luce ya el viejo reloj, sino uno solar...

«Salimos de Granadilla sin dinero, sin finca, y sin casa», rememora el presidente de la asociación, que tenía entonces ocho años. El dinero que le dieron a su familia sirvió para poco más que pagar la finca donde estaría el barracón que iban a habitar. 

Los recuerdos

Al verse de nuevo en Granadilla, sus recuerdos vuelan lejos, a cuando era un niño y jugaba en la plaza; a cuando llenaban las calles sin luz de «faroles de cuatro velas» para iluminar los pasos de la Semana Santa; al tamborilero que tocaba en la plaza durante las bodas para bailar «el tálamo»; o a los castigos en la escuela infantil cuando osaban subir al castillo: «El maestro te ponía el culo como un tomate».

Vista De la Villa de Granadilla desde la torre del Castillo. ALBA VIGARAY

En la vieja escuela, llamada La Serrana, casi ya en la calle que sale hacia la Iglesia de La Asunción (el único recinto que no fue expropiado, ya que sigue perteneciendo a la Iglesia católica), se mantienen casi impolutos una docena de bancos de madera. Cuelgan todavía del guardarropa tres babis de alumnos. La pequeña estancia está presidida por un crucifijo y hay varios libros de la época expuestos en las estanterías y en las mesas, con títulos como Historia sagrada, Lengua y literatura españolas o Aritmética de primer grado. Alguien ha dibujado en la pizarra un número: 1955, el «año que comenzó la tragedia griega de Granadilla».

Tiempo detenido

Parece como si el tiempo se hubiera detenido, algo que no ocurre en la plaza u otras calles, lamenta Eugenio a la vez que señala el suelo aquí o una casa allá. «Es que, fíjate, esto estaba cementado y no había estos cantos», dice sobre el empedrado. «No se ha respetado el diseño original del pueblo y no podían hacer nada por la Ley de Expropiación. Las palmeras estas tampoco estaban; si es que han construido hasta una piscina», protesta sobre los trabajos de reforma que se han realizado por parte de diferentes ministerios.

En la actualidad, el pueblo es propiedad de la Confederación Hidrográfica del Tajo, pero está sujeto a las directrices del organismo autónomo Red de Parques Nacionales, que en 1984 cedió la población a diferentes ministerios --Educación, Fomento y Transición Ecológica-- para albergar el programa estatal de Recuperación y Utilización Educativa de Pueblos Abandonados, coordinado por Sergio Pérez Martín, profesor de Secundaria y exalcalde de la cercana localidad de Hervás.

La vieja campana del pueblo. ALBA VIGARAY

Cada semana durante 20 semanas al año, 70 jóvenes procedentes de ciudades de toda España acuden allí con el objetivo de «acercarles el mundo rural» a través de diferentes cursos de formación. Así, ayudan a rehabilitar el pueblo aprendiendo oficios como albañilería o jardinería; practican la agricultura y ganadería --hay cerdos y ovejas estabulados en zonas del pueblo--; o aprenden trabajos de artesanía, como tratar el cuero o «hacer pan y dulces en la tahona». Esa semana duermen en el pueblo.

«El programa ha funcionado siempre muy bien. Aquí hay sitio para todos», afirma Pérez Martín, que tiene contacto directo con Eugenio, con cuya situación y la del resto de miembros de la asociación empatiza desde el principio. «Están dolidos con lo que pasó y es normal; los echaron», razona el profesor. Ambos coinciden en que el potencial turístico es tremendo, aunque no parece explotado del todo pese a que las visitas han aumentado en el último año.

Alguien ha dibujado en la pizarra el número 1955, «el año de la tragedia»

De hecho, en la cercana A-66, no está marcado el desvío al municipio como sí lo está el yacimiento arqueológico de Cáparra, al que Granadilla dobla en número de visitantes. Ni siquiera en Zarza de Granadilla, por donde hay que pasar para llegar a la villa, está bien señalizado el camino hacia el conjunto histórico-artístico amurallado, para el que hay recorrer 11 kilómetros de pista forestal asfaltada que era difícilmente transitable hasta no hace tanto. Para llegar al destino cruzamos vastas zonas de pinares y eucaliptos plantados en los 60 y 70 que sustituyeron a las tierras de cultivo de secano que trabajaban los antiguos moradores: trigo, cebada, centeno... En el camino al pueblo hayamos el cementerio nuevo, testigo silencioso de lo ocurrido. 

«Fíjate cómo ocurrió todo que, antes de desalojarnos, avisaron a los que tenían enterrados a familiares muertos hacía poco tiempo para que los trasladaran al cementerio nuevo, porque el antiguo se iba a inundar... tuvimos que emigrar los vivos y los muertos», pronuncia con voz grave Eugenio mirando al castillo, levantado sobre la antigua alcazaba.

El futuro de la villa

Sobre el futuro del pueblo, el portavoz de los descendientes sostiene que podría seguir el modelo de Carcassone, la población francesa también medieval y amurallada que se mantiene intacta y que visitan miles de turistas cada semana, pero donde sí se ha podido construir un nuevo pueblo extramuros. «Yo si fuera así no viviría en Jaraíz de la Vera [a una hora en coche] y podría volver, y como yo mucha gente. Alguna vez me ha pasado que no me han dejado ni entrar a mi pueblo», revela. Dice que ha batallado por revertir la situación. Tanto con la Confederación Hidrográfica del Tajo, como con la propia Junta de Extremadura o la Asamblea, a la que la asociación pidió que «arropara» con una proposición no de ley la petición de los Hijos de Granadilla «para que vuelvan a su tierra», y que es una de las «deudas históricas» con Extremadura, «de las que hablaba tanto Ibarra», argumenta.

El presidente del colectivo tiene 74 años, sufrió un ictus y anda con dificultad. Cada 1 de noviembre y 15 de agosto los miembros de Hijos de Granadilla se reúnen en el pueblo, que año tras año está entre los más bonitos de España, y celebran una misa. Pero cada vez son menos. «Es de justicia revisar el error humano que se cometió», añade Adelaido Pacho, nacido en el pueblo en 1953 y descendiente de los últimos moradores, creador de la web de denuncia lagodegranadilla.es. Para Pacho, al no ser inundado el pueblo, el derecho de reversión lo tendría el expropiado para recuperar sus bienes. 

Foto histórica del pueblo antes del desalojo. VISITAGRANADILLA.COM

Según señala, una de las posibilidades que debería valorar el Gobierno, «dado que la mayor parte de los habitantes de Granadilla ha muerto y los que quedamos superamos los 60 años», sería hacer una fundación donde todo el término municipal fuera de la fundación y hubiera participaciones de todos. «Que se conservase la esencia medieval y la riqueza forestal y de especies autóctonas. Y a partir de ahí crear un complejo turístico sostenible y bien organizado».

Oídos sordos

Las administraciones, sin embargo, llevan años haciendo oídos sordos. No ha ocurrido así con otro municipio con una situación similar. Jánovas, en Huesca, fue desalojado en el año 51 para construir un pantano y, tras ser abandonado durante años y no construirse la infraestructura, fue devuelto a los vecinos recientemente. Desde la Junta de Extremadura, por ejemplo, afirman que poco se puede hacer para revertir la situación al estar en la cuenca de un río y regir las competencias del Estado. Aún así, son conscientes de que tienen un tesoro en sus manos y por eso han financiado con un millón de euros un plan de sostenibilidad turística para la zona de Ambroz-Cáparra, donde está Granadilla, y que va a ejecutar la Diputación de Cáceres.

El importe es de 2,43 millones. Entre las medidas propuestas está la instalación de un barco turístico, acondicionar una pista de despegue de vuelo para actividades como el parapente o ala delta o la creación de diferentes senderos señalizados. «A nivel cultural y medioambiental, Granadilla es un diamante en bruto, pero nadie termina de perfilarlo. Con la Junta estamos luchando para que lo pelee en el plano administrativo y burocrático», señala el director del Programa de Recuperación, Sergio Pérez. «No sé cómo quieren que la gente venga al pueblo si está todo cerrado», protesta, sin embargo, Eugenio, mientras señala varias vallas que impiden acceder a la mayor parte de calles. «Esto podría haber sido un emporio de riqueza tremendo, se podrían haber hecho muchas cosas, pero yo ya llevo luchando mucho, mucho, mucho, y ya quedamos muy pocos; es ley de vida...», suspira.