Fernanda Soto Romero se ha convertido en la reina extremeña de las croquetas artesanas. En 2017 decidió transformar el restaurante que regentaba con su familia en el municipio pacense de Torremejía (unos 2.200 habitantes) en un obrador artesanal, llamado Las Croquetas de Fer, y la producción no ha parado de crecer año tras año. 

Ya elabora miles de kilos de este producto tan popular en la cocina, pero lo hace además de forma totalmente artesanal y con su sello 100% extremeño. Empezaron con seis u ocho variedades y tiene ya en el mercado hasta 39 variedades de croquetas diferentes, una decena de ellas de platos típicos extremeños (de gurumelos, de torta del Casar, de Queso de La Serena, de pisto, de cocido extremeño...). También, ¿por qué no?, hay cuatro croquetas dulces: de crema de avellanas con kinder, de caramelo con piñones, de chocolate y de tarta de queso con frutas del bosque. 

«Además del restaurante Puerta de Barro, llevábamos también el albergue turístico y cuando terminó el contrato pensamos en dar un giro al negocio», recuerda Fernanda, a la que desde los inicios sus comensales siempre le pedían croquetas en la mesa porque le salían bien ricas. «Vimos que aquello tenía fama, que la gente nos las pedía mucho, repetía, y pensamos en reinventarnos, dejar la hostelería que era más complicada y centrarnos en este producto», señala Fernanda, que pronto empezó a formarse y a investigar en este mundo tan peculiar. 

De restaurante a obrador

Al principio adaptaron el restaurante como pequeño obrador, pero ya han transformado por completo el espacio en una auténtica fábrica artesana. El secreto de esta cocinera es el sabor que consigue usando una materia prima de calidad para la masa base que se unirá posteriormente con una buena bechamel «ligera y cremosa». «Al primer bocado nuestras croquetas se saben perfectamente de qué son. Saben a lo que tienen que saber. Nosotros las hacemos con los platos elaborados directamente. Por ejemplo, si hacemos croquetas de rabo de toro, yo te hago un buen guiso de rabo de toro y luego lo mezclamos con la bechamel y seguimos el proceso. Y si es de caldereta extremeña igual, primero se hace una buena caldereta y esa es la base de la croqueta», explica. Luego hay otro secreto confesable del éxito de su negocio: la ilusión en la que se han apoyado desde el primer momento. «Veía que a la gente cada vez le gustaban más, que repetían, y eso anima».

Aquí no se utilizan productos precocinados, saborizantes, ni nada de bote. «Si se necesita cebolla caramelizada, nos pegamos una buena llorada picando cebolla fresca y la caramelizamos nosotros, por ejemplo. A la gente le gusta lo que hacemos y no vamos a cambiar nuestra forma de trabajar por otra más económica o rentable». 

¿Dónde se pueden probar?

Tal es el éxito de Las Croquetas de Fer que cada año que lleva en marcha la producción no ha parado de crecer. «Empezamos con cientos de kilos al año y ya vamos por algunos miles». Aunque la producción también depende de la época. «Ahora en Navidad y en primavera y verano, cuando comienzan las celebraciones de bodas, comuniones y bautizos, es cuando más hacemos». Su clientela es principalmente la hostelería y locales de restauración que prefieren elaborar otros platos y tener siempre a mano en sus cartas unas buenas croquetas gourmet, pero también venden al pequeño consumidor a través de tiendas de barrio y pequeñas franquicias. Nada de grandes supermercados ni enormes cadenas de distribución. «No tenemos capacidad ahora mismo para entrar ahí, necesitaríamos dar el salto industrial y aquí hacemos un trabajo artesanal que requiere tiempo y dedicación».

En concreto, su amplia variedad de croquetas se puede encontrar en alguna distribuidora que surte a los profesionales de la hostelería en Cáceres o en Sevilla, pero también en pequeñas tiendas de varias ciudades y municipios de la región, siempre congeladas, para que el producto conserve bien su sabor y dure un tiempo. Y además, a través de distintos restaurantes se pueden encontrar fuera de la comunidad: en Madrid, Sevilla, Málaga, Alicante... Las sirven ya hasta en un restaurante en Londres. «La empresa Jamón y Salud tiene un restaurante allí, que se llama Llerena, y tienen en la carta nuestras croquetas», dice.

Y entre la gran variedad, las más solicitadas son un clásico: las de jamón. «Cada semana tenemos que hacer tres o cuatro masas». Pero el catálogo es bien amplio. «Hay algunas que son más selectas o para ocasiones especiales, como las de cordero, que además tienen un precio más elevado porque la materia prima es más cara; de estas por ejemplo hacemos a lo mejor cada cuatro meses 50 o 60 kilos».

Con las 39 variedades distintas disponibles hoy en día, Las Croquetas de Fer ha logrado en su negocio un equilibrio entre calidad, trabajo artesanal y precio «y nos da para ir tirando». El marido de Fernanda está jubilado, pero no está sola en el obrador. Con ella trabajan su hija María del Mar Paredes y su sobrina Miriam Fernández. Y es que trabajo hay mucho. Cuenta que al principio formaban la croqueta a pellizcos, como cualquiera en su casa, luego empezaron a usar el aparato para hacer bolas de los helados y ahora ya cuentan con una máquina dosificadora. «Después de cortarlas, la pelota se amolda con las manos». Por las de Fernanda han llegado a pasar entre 3.000 y 4.000 croquetas en un día. «El récord está en 4.500».

Posteriormente, llega el momento de freír y congelar en sus cámaras, y el proceso de envasado y etiquetado, que también es manual, con lo que si hay un elemento diferenciador clave en este negocio es el trabajo artesanal. En España existe alguna empresa tan concreta similar, pero es la primera dedicada en exclusiva a las croquetas en Extremadura y con una variedad tan extensa, que sigue evolucionando. «Todavía seguimos inventando más». Las últimas creaciones, la croqueta de cabrales con nueces, la de setas con trufa y la de pulpo a la gallega.