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El Periódico Extremadura

INCENDIO EN LA SIERRA DE GATA

Un hogar improvisado en un pabellón

Más de un centenar de evacuados se alojan en las instalaciones municipales de Moraleja. Agradecen el trato y la cercanía

Varios desalojados hacen cola para recibir el almuerzo TONI GUDIEL GIRONA

Un par de niños corretean entre las gradas contando las canastas y apostando quién de ellos podría encestar desde más lejos. Desde esos asientos rojos se divisa todo el despliegue montado en el pabellón Adolfo Suárez de Moraleja, que se ha convertido, una vez más, en hogar para los desalojados por un incendio forestal en la provincia de Cáceres. En esta ocasión, como ya hiciera en 2015, se trata de vecinos de la Sierra de Gata.

Más de la mitad del pabellón está sembrado de verde, azul, gris o rojo, los diferentes colores de los que son las centenares de camillas en las que los evacuados pasan la noche y varios también el día: algunos niños duermen, un grupo de adolescentes miran sus móviles, varias señoras sentadas se abanican mientras conversan y algunos adultos, como Adrian Yallarit, juegan con su perro. 

Este suizo es vecino de Torre de Don Miguel desde hace más de dos años. Vive en el pueblo junto a Violeta, su esposa. Ambos se enamoraron de la Sierra de Gata gracias a una amiga que vive en Coria. Yallarit se entretiene con su can, Ket, mientras espera a que su mujer termine de ducharse. Ambos ya conocieron el devastador incendio de la comarca en 2015, pues estaban allí veraneando: «Lo de los fuegos es terrible. Es verdad que en Suiza está siempre todo verde porque llueve mucho, aquí es diferente», dice Yallarit. Recuerda que estaba regando su huerto cuando empezó a ver el humo y después el fuego: «Al poco me entero de que nos tenían que evacuar», cuenta mientras señala su mochila, lo único que se ha llevado consigo con unas mudas y, por supuesto, a su mascota. «Hemos estado un poco estresados, sobre todo mi mujer, pero aquí en el pabellón todo el mundo nos está tratando de manera muy gentil, la gente tiene muy buena voluntad», afirma agradecido. «Ha sido un susto pero en realidad lo más importante es que nosotros estamos bien. Tenemos gallinas y conejos y espero que también lo estén», narra.

Adrian Yallarit con su perro, Ket, a las afueras del pabellón. TONI GUDIEL

Un animal es también lo que preocupa a María Jesús Pérez, quien se emociona al pensar en su perra, Fresita, a la que no tuvo tiempo de llevarse consigo en el desalojo. Esta vecina «de toda la vida» de Torre de Don Miguel no deja de comprobar la hora que es y mirar de un lado para otro con la esperanza de que le digan que se puede acercar a su casa para asegurarse de que su mascota está bien: «Esta mañana hemos salido con un coche junto a los voluntarios de Protección Civil, pero cuando hemos llegado al último cruce antes de entrar la Guardia Civil nos ha parado y nos ha dicho que no se podía pasar. A lo mejor esta tarde lo podemos intentar de nuevo», cuenta. 

Pérez se encontraba en el salón de su casa «distraída» mirando el móvil y con la televisión puesta cuando escuchó el ruido de los helicópteros. «Al principio no le di importancia, porque otras veces también pasan y ya. Pero al rato, a las siete o las ocho, salió el bando del Ayuntamiento de que nos quedáramos en casa y cerráramos ventanas. Estaba hablando con mi hija por teléfono, porque ella vive en Madrid, y justo salió que nos iban a evacuar», narra. «Solo cogí las medicinas y el móvil, no sabía más que la dirección donde habían puesto los autobuses y dejé a la perrita en casa. Cómo me iba a imaginar que se iba a quedar sola tanto tiempo», dice disgustada. 

Mª Jesús Pérez espera poder regresar pronto. TONI GUDIEL

Pérez insiste en que jamás se había tenido que desalojar el pueblo por un fuego, pero reconoce que la comarca tiene «papeletas» para que las llamas, en mayor o menor medida, aparezcan: «El monte está muy sucio, el campo en general. Hay muchos huertos, olivares, tierras abandonadas, sin trabajar, y eso es mecha», expone resignada.

Apoyo

La inquietud que muestran Pérez y Yallarit es común entre los desalojados, tal y como explica Ana Marte Fernández, trabajadora social que se encuentra en el pabellón como voluntaria del Grupo de Intervención Social de la provincia de Cáceres: «Lo que más preocupa a la mayoría son los animalitos, por eso quieren volver a sus casas cuanto antes», dice.

Ana Marta Fernández, trabajadora social voluntaria TONI GUDIEL GIRONA

Junto a sus compañeras, Fernández habla con ellos, con algún familiar si lo necesitan o les gestiona la medicación que puede que les falte: «Lo más gordo en cuanto a emociones es la evacuación, ahora están tranquilos. Sobre todo porque el incendio parece que se está controlando y no hay viviendas afectadas», argumenta. 

Fernández estuvo trabajando en el desalojo del centro residencial, donde viven personas mayores y vulnerables: «Los grandes dependientes y encamados han sido repartidos entre Zarza de Granadilla y el Hospital de Coria», detalla.

Ella, oriunda de la comarca, está en Moraleja para ver cómo van las labores de coordinación, pero su sitio es el puesto de mando de Villasbuenas de Gata, por lo que predice: «Creo que al menos pasarán aquí otra noche más». Efectivamente, el Puesto de Mando autorizó a los vecinos volver a casa este viernes por la mañana.

Fernández es solo una de las decenas de voluntarios que participan en el dispositivo, tanto de su grupo, como de Protección Civil, Cruz Roja y también en el reparto de comida. 

El reloj marca las dos y media de la tarde y el presidente de la Junta de Extremadura, Guillermo Fernández Vara, aparece brevemente por allí para hablar con ellos y con algunos desalojados. La mayoría están haciendo la cola para el reparto del almuerzo, que acaba de empezar. Gazpacho, tortilla de patatas y paella son los platos de un menú servido por una docena de voluntarias que no paran de moverse por la particular cocina montada en una de las esquinas del pabellón. 

Guillermo Fernández Vara visita el lugar TONI GUDIEL GIRONA

Un lugar que se ha convertido en un improvisado hogar donde hacer vida y acompañarse unos a otros. Hasta que las llamas cesen.

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