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El Periódico Extremadura

REPUNTAN LOS PROBLEMAS EMOCIONALES

Se triplican los casos de jóvenes que quieren suicidarse

En el primer semestre del 2022 el Teléfono de la Esperanza recibió 64 llamadas de menores de 25 años que querían quitarse la vida. En 2021 fueron 24. «Muchas son personas que no tienen trastornos psiquiátricos», advierten desde salud mental, que alerta del repunte de estos pacientes en la región

Acto para visibilizar el suicidio en la ciudad de Córdoba. A. J. GONZÁLEZ

Tenía 36 años cuando Susi De León se enfrentó a la muerte de su hermano, de 30, que decidió quitarse la vida. Sufría un trastorno mental desde los 14 años y estaba en tratamiento psicológico, pero no consiguió remontar su enfermedad y se suicidó. «Lo sufrí muchísimo, pero en su caso lo entendí porque su vida era tan difícil...», recuerda. Aunque el sentimiento de culpa por no haberle podido ayudar y evitarlo la persiguió durante años. Y cuando había conseguido pasar página el suicidio volvió a cruzarse en su camino. Esta vez fue su marido el que se marchó, doce años después que su hermano. Al principio no lo comprendió.

Su esposo tenía 48 años y era una persona normal, habían tenido dos hijos, ya adultos. Un día los médicos descubrieron que era portador de Hepatitis C y le pautaron un tratamiento preventivo, para evitar que desarrollara un cáncer. El prospecto de aquel medicamento ya advertía de riesgo de depresión e ideas suicidas. Y fue lo que le ocurrió. Comenzó con una depresión para la que se le prescribió un tratamiento. Al principio todo estaba controlado. Hasta que empezó a tener problemas más graves y no logró recomponerse. Decidió quitarse la vida un 31 de agosto, justo el día antes de reincorporarse al trabajo tras las vacaciones. De León cree ahora que no fue capaz de soportar la presión de volver a la rutina y fue su manera de escapar de todo.

«Con el tiempo entiendes que ellos lo que quieren es dejar de sufrir. Están metidos en un túnel en el que pierden la visión de lo que tienen alrededor, no quieren hacernos daño a los que nos quedamos aquí, al contrario, ellos quieren liberarnos de su carga, lo que ocurre es que no son conscientes de que lo que consiguen es lo contrario», apunta Susi De León.

Esto lo entendió con el paso del tiempo, pero al principio, cuando fue consciente de que su marido ya no estaba a su lado, su mundo se desmoronó. «Me salí del mundo, no podía imaginarme que estaba pasando otra vez por eso y tampoco podía entender que él decidiera escoger ese camino. Mi marido había vivido conmigo el suicidio de mi hermano y sabía lo que había sufrido», cuenta.

Susi De León. EL PERIÓDICO

«Con el tiempo entiendes que ellos lo que quieren es dejar de sufrir. No quieren hacernos daño, sino liberarnos de su carga»

Susi De León - Superviviente de suicidio

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Es profesora de Secundaria y estuvo seis meses de baja médica porque era incapaz de recuperar su vida. «Necesité mucho tiempo a solas. Mis hijos estaban estudiando fuera y eso les dio algo a lo que agarrarse, pero yo no podía afrontar mi vida», recuerda. Fue incapaz de asimilarlo: «Parecía que iba a volver en cualquier momento, incluso escuchaba la llave de la puerta, pero nunca volvía», señala. Los trámites burocráticos que vinieron tras la muerte la hundieron más aún. «Es muy duro, en un suicidio mucho más porque hay informes forenses, papeles,... Te restan mucha energía en un momento en el que hay gente que ni si quiera es capaz de levantarse de la cama», añade.

Perdió 10 kilos y poco a poco fue reconciliándose con ella misma. No estaba enfadada con él, por el que sentía «mucho amor y compasión», sino con ella. Y sin darse cuenta, se castigaba. «Se me caía la ropa y no me compraba nueva, no bebía cerveza, no comía chocolate,... Me privaba de todo tipo de placer sin darme cuenta, luego entendí que era una forma de autocastigarme, por esa sensación de que, como no había podido evitarlo, yo tampoco tenía derecho a vivir», comenta De León.

«A los jóvenes les preocupa el fracaso en los estudios y no tener trabajo a pesar de estar formados»

José Luis Jiménez - PSICÓLOGO DEL TELÉFONO DE LA ESPERANZA

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Encontró en la escritura y en la meditación una vía de escape. En un templo budista de Granada asistió a un curso sobre ‘Entender la muerte para valorar la vida’, que le ayudó a reconciliarse con la vida y a entender que «la muerte también es una forma de vida». Y poco a poco fue recuperando sus rutinas, aunque el duelo siempre estaba presente. Volvió a las aulas y allí, junto a sus alumnos, formó el grupo ‘El club de la cicatriz’, a través del que se reunía con ellos una tarde a la semana para hablar de la vida y la muerte. «Mis alumnos me preguntaban y me contaban sus experiencias por la muerte de sus abuelos, de sus padres,... En aquel grupo hablábamos de lo que sentíamos y era reparador».

Después, la Asociación de Profesionales en Prevención y Postvención del Suicidio (Papageno) le ofreció participar en una terapia de ayuda, para compartir su historia con otros supervivientes al suicidio, como se denomina a las personas que han perdido a algún ser querido de esta manera. Y a través de ahí decidió crear Ubuntu, la Asociación Andaluza de Supervivientes del Suicidio, que ya tiene sedes en varias ciudades de esa comunidad y desde la que ayuda a personas de todo el territorio nacional, entre ellas a las de Extremadura, ya que en la región no existe ningún colectivo específico de duelo por suicidio. Realizan reuniones en las que lo principal es la escucha. «El objetivo es que tengan un sitio para sentirse acogidos, solo el que ha vivido esta situación es capaz de entenderlo» y conseguir que estos supervivientes «puedan transferir todo ese dolor en amor, para que los que se han ido puedan seguir viviendo en nosotros. Solo muere el que se olvida y nosotros no los olvidamos», apostilla esta superviviente.

Casos como el de Susi De León se reparten por toda la geografía española porque desde la pandemia se han incrementado los problemas de salud mental y los intentos de suicidios; sobre todo entre los jóvenes (sigue siendo más común entre los mayores de 65 años pero ha repuntado la incidencia en los más jóvenes). De hecho, tal y como advierte la Organización Mundial de la Salud el suicidio es la primera causa de muerte externa en jóvenes y adolescentes, duplicando la mortalidad por accidentes de tráfico.

Las estadísticas

Y los datos lo demuestran. Según los últimos publicados por el Teléfono de la Esperanza se han casi triplicado los casos de atenciones a jóvenes con suicidios en curso, bien preparados o ya consumados, aunque sin resultado de muerte. En concreto, hasta junio de este año, este colectivo, cuyo objetivo es abordar de forma urgente, gratuita, anónima y especializada las situaciones de crisis emocionales -en los teléfonos 914 59 00 55 (fijo) y 717 033 717 (móvil)-, ha recibido 64 llamadas de menores de 25 años que estaban a punto de quitarse la vida. Frente a las 24 del mismo periodo del año anterior. También han crecido casi un 80% las demandas de atención a jóvenes que han tenido alguna idea suicida y casi un 50% los que han experimentado alguna crisis.

De momento no hay datos oficiales de suicidios consumados, se publican con más de un año de retraso por lo que los únicos de los que se dispone actualmente son del año 2020, cuando se registraron 91 suicidios en Extremadura (61 en Badajoz y 30 en Cáceres) frente a los 81 del ejercicio anterior, lo que supone un repunte de casi el 11%. De momento no se sabe a ciencia cierta si esa tendencia ha continuado en el 2021, lo que sí es una realidad, y así lo reconocen también desde la subdirección de Salud Mental del Servicio Extremeño de Salud (SES), es que las consultas por estos motivos se han incrementado de forma considerable.

Según una encuesta del Consejo de la Juventud de Extremadura más del 50% de los jóvenes a los que preguntó manifestó tener síntomas relacionados con la ansiedad, un 43% reconoció haber tenido problemas de sueño a consecuencia de sus preocupaciones y casi un 48% se había sentido deprimido. «Entre los 17 y los 36 años tienen preocupaciones por el fracaso en los estudios, porque tienen una baja tolerancia a la frustración o porque no encuentran trabajo a pesar de estar muy formados», comenta José Luis Jiménez, uno de los psicólogos que colabora con el Teléfono de la Esperanza en Extremadura. Son tres y a ellos les derivan los casos que requieren de una atención más especializada.

Desde Salud Mental alertan además de un repunte de jóvenes que se autolesionan, buscando el mismo objetivo que con el suicidio. «Es algo multifactorial, tiene que ver la pandemia, pero también con el momento que vivimos, en una sociedad individualizada, basada en la imagen y en las pantallas, donde estamos constantemente expuestos y hay una pérdida de las relaciones sociales», comenta el subdirector de Salud Mental del SES, Ignacio Torres. Y advierte de que la mayoría de ellos no sufre ningún tipo de trastorno psiquiátrico, sino que presenta «sufrimiento emocional».

Ante este aumento de la demanda asistencial los equipos de Salud Mental están comenzando a organizarse para dar respuesta a esta problemática. «Estas personas no necesitan tranquilizantes, sino acompañamiento», apunta el doctor Ignacio Torres. Se les intentará atender desde Atención Primaria.

¿El problema? El déficit de profesionales. Lo reconocen desde la Asociación Extremeña de Rehabilitación Psicosocial (AERP). «A día de hoy es necesario más personal, más plazas tanto de atención diurna como residencial, más medios y una repensada profunda de cómo atender en el futuro más inmediato las necesidades que observamos. En muchas ocasiones nos sentimos con impotencia de no poder ir más allá de lo puramente inminente y urgente, teniendo que dejar atrás aspectos preventivos o dilatando situaciones más allá de lo deseado», critica Carolina Mogollón, presidenta del colectivo. Precisamente esta semana la Asamblea de Extremadura aprobó instar a la Junta a diseñar, en seis meses, un plan específico de salud mental para jóvenes.

Cualquier persona que requiera ayuda puede marcar el 024, dirigirse al Teléfono de la Esperanza o al 112.  

«Preguntar cómo estás es la mejor manera de prevenir el suicidio»

El subdirector de Salud Mental, Ignacio Torres. EL PERIÓDICO

Los equipos de Salud Mental de la región están haciendo un esfuerzo sobrehumano para atender a las personas que acuden a sus consultas con problemas emocionales. Lo que ocurre es que, tal y como advierte el subdirector de este área, Ignacio Torres, estos pacientes no padecen ningún tipo de trastorno mental, ni necesitan tratamiento, solo ser escuchados y acompañados. Por eso se plantean una reorganización del sistema y formar, a través de diferentes campañas, a distintos sectores sociales para que puedan ayudar a estas personas y colaborar así en la prevención del suicidio.

¿Es real ese aumento de intenciones autolíticas en jóvenes?

Sí notamos un aumento de lo que sería la ideación suicida e incluso de las autolesiones, pero no disponemos de datos oficiales. Lo que sí es un hecho es que hemos recibido muchas consultas. Hay un aumento de la actividad asistencial, no siempre relacionado con el suicidio pero sí con el aumento del sufrimiento emocional de la población, a pesar de que ese sufrimiento no sea un trastorno mental diagnosticado.

¿Hay algún plan para prevenir el suicidio desde el SES?

Sí, ya hicimos una primera parte, donde se formó al sector educativo. Y ahora nos planteamos abrir la prevención del suicidio a más colectivos. El objetivo es abrirlo a la sociedad porque es un mito que solo los profesionales de la salud mental pueden prevenir el suicidio. Lo que hay que transmitir a la población es que el acompañamiento en el dolor emocional es fundamental. Y el acompañamiento es algo humano. Vamos a emitir diez vídeos dirigidos a la prevención en la universidad, al grupo LGTBI, a los mayores, a las mujeres,... Y se van a realizar cursos de formación a los profesionales 18 sectores diferentes, para que sepan reconocer y atender estas conductas. La OMS dice que la principal prevención en el suicidio es la formación.

¿Cuáles son los signos de alerta a los que hay que atender?

Lo fundamental que hay que transmitir es que hay que preguntar. Preguntar es romper el tabú, porque cuando preguntamos a alguien ‘¿estás bien?’, ‘¿estás pensando en hacer esto?’, le estamos dando la oportunidad de hablar de lo que realmente le preocupa. Eso es el acompañamiento. No hay que ir buscando signos por las personas, hay que hablar de la misma manera que preguntamos a alguien que se agarra la barriga si le duele. Lo importante no es lo que ves, lo importante es la respuesta. Hay que meterse además en la cabeza que la idea del suicidio ni se mete en la cabeza ni se contagia por hablar de ello. Sería recomendable que fuéramos pasando a ese punto y siempre que alguien nos preocupe, preguntar, porque los signos son tan amplios y las personas somos tan diferentes que encontrarlos es difícil.

Pero a veces no lo hacemos por no incomodar a la persona...

Necesitamos atrevernos a preguntar. Si lo haces le vas a dar a la otra persona la oportunidad de su vida de descomprimirse emocionalmente y de sentirse acompañada, al menos eso es lo que dice la ciencia. La campaña ‘Por diez razones’ que vamos a poner en marcha va sobre eso, de romper el tabú y de sentirnos empoderados para preguntar. Nos oprimimos por no incomodar o por no hacer daño, pero no es así; el daño ya lo lleva y si esa persona se siente acompañada va a tener el elemento más potente de la prevención del suicidio. 

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