La investigación arqueológica tras el gran referente del Tarteso
Descifrando el Turuñuelo
El yacimiento de Guareña atrae a 27 instituciones, que colaboran con el equipo principal en la investigación.
En Extremadura se analiza la cerámica y la arquitectura, mientras las ‘caras del Tarteso’ se estudiarán en Madrid

Carla Fernández vectoriza una pieza de cerámica con el ordenador. Junto a ella, Laura Fernández sujeta una pieza remontada en el Turuñuelo. / jorge armestar
Varias cajas de plástico, las mismas que en los supermercados amontonan piezas de fruta, pero llenas de bolsas con inscripciones numéricas en rotulador y restos de cerámica con más de 5.000 años de antigüedad. Están apiladas esperando su turno, en un extremo de la mesa de trabajo que comparten Carla Fernández y Laura Salguero en una pequeña sala del Instituto de Arqueología de Mérida (IAM-CSIC). Son dos de las incorporaciones al equipo investigador de Construyendo Tarteso en esta campaña y están ocupándose de analizar la cerámica que ha revelado la excavación. Tienen por delante cientos de fragmentos por catalogar.
El trabajo en el que se centran ahora se inició ya con la campaña de excavación en marcha, lavando todo lo que se iba extrayendo y haciendo una primera criba con las piezas que se podían «remontar» (reconstruir) y las que no. «Eso puede suponer horas mirando decenas de fragmentos en una mesa para ver cuáles pueden formar parte de una misma pieza». Sólo con las primeras se continúa avanzando en el análisis después: se limpian a fondo, se dibujan a mano y también se vectorizan, para que haya un registro digitalizado completo de lo hallado en el yacimiento.
Una pequeña sala de ladrillo visto e iluminación artificial en la planta baja del edificio, en plena plaza de España, actúa como laboratorio para llevar a cabo el análisis más pormenorizado en el que se trabajará hasta la próxima campaña de excavaciones en el yacimiento tratésico de Casas del Turuñuelo (en Guareña), en la primavera de 2024. Son cientos de porciones de cerámica, uno de los pocos materiales que están analizando en Extremadura. «Pero no es poco», reivindica Esther Rodríguez, codirectora del yacimiento de Casas del Turuñuelo junto a Sebastián Celestino. «De hecho es el elemento más abundante», anota. La consecuencia de eso es que para procesar todo el material necesitas un equipo grande como el que tiene ahora mismo Construyendo Tarteso. Son 14 personas en el equipo principal y una red de 27 instituciones colaborando en el análisis de todos los materiales que está arrojando el yacimiento en el que los estudiosos del Tarteso han clavado sus ojos desde hace años. La última incorporación es la universidad de Tübinguen (en Alemania) que va a realizar análisis de los recipientes para tratar determinar qué contenían.
Con patrimonio a la cabeza
Pero una de las colaboraciones más relevantes es la del Instituto de Patrimonio Cultural de España, que será el que se encargue del análisis y la restauración de los rostros que aparecieron el pasado mes de abril y que han cambiado la historia, al ser las primeras representaciones humanas tartésicas. Lo harán a partir de octubre, cuando se cierre la exposición Los últimos días del Tarteso, a la que se acaban de incorporar las piezas en Alcalá de Henares.
«La cerámica es lo que más abunda. Por cada marfil, hay 300 platos, y por eso en muchos yacimientos ni se llega a estudiar»
También se estudian en Madrid otro tipo de restos como las semillas o los metales. Todos los metales que se extraen van al Servicio de Restauración y conservación de la Universidad Autónoma; y por eso hace un mes se enviaron allí los hallazgos de la última campaña: los herrajes de una puerta. No es mucho esta vez, pero allí están analizando también ya todos los calderos y braseros que han ido apareciendo en años anteriores. Sólo en la habitación de la grada en la que este año aparecieron los fragmentos de los rostros, hallaron en la campaña del año pasado asas de al menos una docena de braseros.
En cuanto a las semillas, carbones y sedimentos, se trasladan al Centro de Ciencias Humanas y Sociales del centro de arqueología en Madrid.
A estos centros se une el equipo experto en arqueozoología del Instituto Valenciano de Conservación, Restauración e Investigación que lideró el análisis de los restos del sacrificio de caballos; e incluso la Universidad de Cambridge (Inglaterra), que se ofreció a analizar los tejidos de lino o la esteras de esparto que aparecieron en 2015.

Laura Salguero dibuja a mano una de las piezas de cerámica a estudio. / jorge armestar
«Somos uno de los proyectos con más gente. Nuestra filosofía es que cuanta más información se pueda extraer del yacimiento, mejor; porque el yacimiento está abierto a que se hagan investigaciones de muchas áreas», apunta. Y no les han faltado candidatos hasta ahora. «Son laboratorios muy especializados que pueden extraer mucha información. Aquí no tendríamos recursos ni capacidad para abordar todo el estudio», reconoce la investigadora principal. Y más aún cuando, como ella misma reconoce, los hallazgos en el Turuñuelo «se van eclipsando unos a otros». Antes de las caras que han dado este año la vuelta al mundo fueron la bañera, la escalera, el sacrificio de caballos o la escultura de mármol del Pentélico.
Sí que lideran en el IAM-CSIC el trabajo con la cerámica en todo caso y el de la arquitectura del edificio. De hecho, tras el verano se van a desplazar al yacimiento para estudiar los restos que dejaron allí depositados de una techumbre completa que hallaron en la última campaña en una de las habitaciones, con las vigas de madera, el entramado vegetal que se coloca encima y el mortero que hace de suelo de la parte superior.
En distintos centros de Madrid analizarán las caras que hallaron este año, además de metales y semillas
«La cerámica es la fea del baile», dice Rodríguez. Y tiene una explicación: aparece tal cantidad de material en la mayor aparte de los yacimientos que supone muchas horas de trabajo a las que en realidad no se les saca demasiado partido en comparación con la investigación de otros restos; por eso, muchos equipos ni lo estudian o únicamente analizan las piezas más exóticas o las que vienen de fuera, porque ayudan a fechar cada estrato.
Cajas y cajas de material
«Por cada marfil que se encuentra hay 300 platos de cerámica», dice la codirectora de la excavación del Turuñuelo, para dar una idea del volumen con le que se trabaja. Y de lo que se descarta también. No es fácil determinar una cifra, ni siquiera de la última campaña. Pero sí hay algún dato que permite dar una idea del volumen de trabajo que supone. «Hace unos días pesamos la cerámica no selecta de una de las unidades que hemos excavado este año y eran 90 kilos», cuenta Laura Salguero. Solo en esta campaña se han extraído 25 unidades con más o menos volumen de cerámica. Son cajas y cajas de material.

Parte de la bañera decorada que apareció en 2022, en el IAM-CSIC. / jorge armestar
De los restos que pueden tener algún valor, se suele poner el foco en la cerámica griega o etrusca porque permite fechar ese estrato, o en la cerámica decorada, que puede aportar por esa ornamentación algún valor distintivo. ¿Qué pasa con la cerámica común, con los platos, los cuencos, las cazuelas? «Normalmente no se estudian y al final es con lo que ellos están comiendo y, por tanto, es un foco de información social y económica brutal porque te están diciendo qué comen y cómo lo comen», dice Rodríguez.
La Universidad de Cambridge se interesó por estudiar los textiles en varias campañas anteriores
Y no solo eso: «Cuando documentamos piezas del Turuñuelo hemos visto que hay cuencos que se están produciendo en Cancho Roano (el yacimiento tartésico de Zalamea de la Serena) y eso no dice que ha habido habitantes de Cancho Roano que ha ido con su plato a comer al Turuñuelo», explica. Eso supone que el siguiente paso en la investigación será poner esa cerámica común «en relación con los banquetes que se celebran al final de la vida de estos edificios, para determinar si la gente de otras comunidades está participando de esos banquetes».
Esa segunda fase del estudio de la cerámica se inicia una vez que termina el registro de cada pieza y le da verdadero sentido a la excavación: poner cada pieza en contexto e ir componiendo el puzle del espacio, la sociedad, la economía y la cultura de la época en ese punto y en relación con el resto de yacimientos. «Es la parte más interesante», reconoce Esther Rodríguez.
Y aunque no es común que se llegue con la cerámica a establecer esas conexiones por la cantidad de material que obliga a manejar, en el Turuñuelo están llegando a esa fase, extrayendo conclusiones. «Hemos analizado un plato y un adobe del edificio, y vimos que la arcilla es la misma. Y eso significa que hay gente ya entonces que sabe dónde tiene que ir a extraerlo, que hay un dominio de los materiales», pone como ejemplo la codirectora de la excavación.
Pero no solo eso. En una de las primeras campañas, compararon la arcilla de un macetero que había construido un antepasado de alguien de la zona y la de una de las piezas que sacaron del yacimiento. «Era la misma composición, y eso nos dice que ese hombre seguía sacando la arcilla del mismo sitio que lo hacían en el Tarteso», añade. Y aún más: «Que se extraiga la arcilla aquí significa que en la comunidad había gente que era capaz de manipularla como alfareros y hornos para la cocción, aunque no los encontremos nunca», apostilla.
Del túmulo al laboratorio
El estudio de las piezas de cerámica reveladas en el yacimiento de Casas del Turuñuelo se inicia a los pies de la excavación. Allí mismo arranca la limpieza de los fragmentos y también se almacenan en las instalaciones anexas, para ir trasladándolas poco a poco al laboratorio de Mérida, donde no hay capacidad para acumular todo el material. Carla Fernández y Laura Salguero se ocupan de la tarea a caballo entre el yacimiento de Guareña y la sede del Instituto de Arqueología de Mérida.
Viendo las piezas que pueden remontar o no ya distinguen entre piezas selectas y no selectas. «Las selectas son los fragmentos decorados, un borde, base o asa; o los que responden a manufacturas a mano porque son mas singulares», cuenta Carla Fernández, experta en cerámica. El resto, se almacena y se trasladará al final del estudio al Museo de Arqueología de Badajoz, depositario de todos los restos hallados.
La segunda fase es inventariarlo todo «en función del tipo de pasta, el tipo de cocción, la forma a la que responden y la funcionalidad», añade, aunque con un estudio muy preliminar. Si tienen decoraciones, «ya pueden servir para establecer paralelos con otras colecciones", y eso es una información de gran valor.
El siguiente paso es dibujarlas. Tiene su complejidad y hay herramientas que ayudan a trasladar al papel la forma exacta de la pieza, pero incluso hace 5.000 años, ya había «producciones bastante estandarizadas», dice la investigadora. Sacando la sección de la pieza es posible identificar a qué tipología pertenece y si está en otro yacimiento.
A continuación se vectoriza digitalmente y con todos los detalles para contar con un archivo digitalizado. Y tras ese estudio empieza la fase de análisis, esa en la que los investigadores buscan dar a las piezas del yacimiento si sitio en la Historia.
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