Entrevista | Marta Armingol y Laureano Debat Autores de ‘Colonización. Historias de los pueblos sin historia’
«Los pueblos de colonización son un fenómeno complejo, con muchas contradicciones»

Marta Armingol y Laureano Debat, autores de ‘Colonización. Historias de los pueblos sin historia’. / Pedro Armañac
Ella es profesora y escritora, tercera generación de una familia de colonos en Los Monegros; él es un periodista y escritor argentino. Juntos han visitado un centenar de poblados de colonización, de ellos más de treinta extremeños, para escribir una obra sobre un experimento franquista que, entre las décadas de los 40 y los 70 del siglo pasado, involucró a más de 55.000 familias. Allí han recogido los testimonios de algunos primeros pobladores que aún viven, de quienes nacieron ya allí, y de las personas que siguen llegando. Estos días repiten visita a la región para presentar el libro. Será en Vivares (hoy domingo), en Entrerríos (mañana) y en Valdelacalzada (el martes).

Plaza en la localidad de Entrerríos, en la provincia de Badajoz. / El Periódico
¿Qué razones llevan a crear estas poblaciones?, ¿había precedentes en España?
Laureano Debat: Desde las pérdidas de las colonias americanas y su consecuente crisis económica, España buscó durante muchas décadas volver productivas tierras que nunca lo fueron. Y lo hizo a través de diferentes experimentos poblacionales.
Marta Armingol: El precedente más claro de la colonización franquista es Joaquín Costa y sus planes de regadío: la creación de embalses de agua y canales que la llevarían a terrenos improductivos. Sin las políticas de Costa no habría pueblos de colonización.
L. D.: Y el antecedente más directo es la II República. Algunos de colonización fueron fundados sobre comunas que se habían conformado con expropiaciones anteriores del Instituto de Reforma Agraria. Eso se corta con la guerra civil. Con la llegada de la dictadura, este organismo es reemplazado por el Instituto Nacional de Colonización y se le da una tónica muy diferente a todo el proyecto.

Marta Armingol y Laureano Debat. / Marina Armañac
¿Quiénes se mudaron a estos pueblos?, ¿qué les motivo a hacerlo?
M. A.: La gran mayoría eran familias de campesinos pobres y sin nada que perder, peones rurales a los que se les daba la posibilidad por primera vez de tener un terreno en propiedad.
L. D.: Franco jugó bien esa carta motivacional: la idea de que el campesino pudiera ser propietario. Claro que el régimen no les regaló nada, aunque eso fue lo que se dijo desde la propaganda. Pero la realidad es que estuvieron muchos años pagando las pocas hectáreas que producían.
¿Cómo fue el inicio para estas personas que empezaban desde cero?
M. A.: Durísimo. Muchos de los terrenos eran pura piedra o tenían demasiado salitre y tardaron años en dar fruto y ser productivos. Eso, sumado al control estricto de la dictadura, que exigía cotas de producción que a veces eran imposibles de asumir, generaba mucha frustración en los colonos. Fueron inicios duros en un contexto en el que toda la posguerra en España fue dura, los pueblos de colonización no podían ser la excepción.
L. D.: Hay testimonios que hablan de la dureza de la dictadura y de las penurias de los primeros años, de dormir en barracones cuando aún no estaban hechas las casas. Pero también de mucha solidaridad entre los vecinos mezclada con el temor que se tiene a lo desconocido. De todo un poco.

Un rincón de La Bazana, pedanía de Jerez de los Caballeros. / El Periódico
¿Qué innovaciones aportó la arquitectura de estas poblaciones?
L. D.: La arquitectura moderna entró de lleno gracias a figuras como Fernández del Amo o De La Sota, en aquel entonces jóvenes arquitectos a los que se les propuso crear pueblos desde cero. No imagino nada más motivador para un arquitecto que un encargo así. Y pusieron en práctica cosas de las vanguardias arquitectónicas mezcladas con aspectos de la arquitectura popular: el diálogo de los materiales con su entorno, la separación de las calles para animales y para personas, el minimalismo en las fachadas y la integración de la arquitectura con otras artes.
M. A.: Esto último se nota, sobre todo, en las iglesias de colonización, donde aparecen obras muy contemporáneas, de inspiración abstracta y que rompen con el arte sacro tradicional. Y dentro de edificios más despojados e iluminados que los que caracterizan, por ejemplo, a las iglesias góticas.
La creación de estos poblados se prolongó durante varias décadas, ¿prueba de alguna forma esto que el balance fue positivo? No sé si, por ejemplo, creen que evitó que en territorios como el extremeño la emigración fuese todavía mayor.
M. A.: Algunos testimonios del libro reflejan que las cuatro hectáreas de las parcelas solo las podía heredar el primogénito y el resto de hijos se veían abocados a emigrar. Sin embargo, nosotros no tenemos los suficientes datos para saber si esto fue la tónica general. Por tanto, es difícil hacer un balance con un fenómeno tan complejo.
L. D.: Nos inclinamos más a pensar en una constelación de balances, conformados por las historias de cada familia colona, dentro de la cual, incluso, puede haber posiciones antagónicas. Y a nosotros, en particular, nos cuesta pensar cualquier dictadura militar en términos positivos.

Vegaviana, pueblo de colonización en la vega del río Árrago. / El Periódico
¿Consiguieron desarrollar estos pueblos una identidad propia?
M. A.: La identidad propia es una cuestión generacional y creo que empieza a darse ahora, con gente de mi generación, que hemos crecido en los pueblos de colonización y sin añoranza por ningún origen abandonado o perdido, como puede ser el caso de la generación de mis padres o mis abuelos. No es casualidad que muchas de las investigaciones sobre el fenómeno, libros, novelas, ensayos, provengan de gente de mi edad.
L. D.: En nuestros viajes, me llamó la atención que nadie, en ningún pueblo de colonización, se había tomado la molestia de ir a conocer otros pueblos en otras regiones de España. Supongo que eso habla de la falta de una identidad colona. Pero quizás sea algo que está empezando a construirse, quizás falte más tiempo aún para saberlo.
¿Cómo surge la idea del libro?
L. D.: Cuando nos conocimos, yo no tenía ni idea de qué eran los pueblos de colonización. Y me parecía extraño, porque hacía ocho años que vivía en España y nunca había escuchado hablar de ellos. Después me di cuenta de que no era nada raro: todas mis amigas y amigos españoles tampoco sabían qué eran. Entonces, nos dimos cuenta de que había una veta por explorar.
M. A.: Sí, sobre todo porque cuando empezamos a documentarnos, no encontramos ningún libro como el nuestro. La gran mayoría eran estudios sobre arte y arquitectura, o libros sobre el cincuenta aniversario de cada pueblo y algún que otro ensayo histórico. Entonces nos propusimos hacer un libro que no existía: un viaje por más de cien de los trescientos pueblos de colonización y que diera cuenta del fenómeno en todo el país y desde múltiples perspectivas.

Vivares, entidad local menor de Don Benito. / El Periódico
¿Se trata esta de una experiencia olvidada?, ¿su vinculación con el franquismo ha jugado en su contra en este sentido?
L. D.: La España rural estuvo históricamente olvidada, algo que suele ocurrir en todos los países del mundo con sus zonas rurales, al menos desde la conformación del estado nación como tal y sus centros neurálgicos de poder concentrados en las grandes ciudades. Pero en los últimos años, como todos sabemos, la literatura, la política o la sociología parecen haberse empezado a ocupar de lo rural o del interior o de cómo se lo quiera llamar. Lo que nos llama la atención es que en este viraje los pueblos de colonización apenas fueron tenidos en cuenta.
M. A.: Las causas pueden ser muchas, pero la más acentuada es que se trata de un fenómeno complejo, con muchas contradicciones, con dinámicas muy difíciles de entender y con muchos aspectos aún por explorar. Evidentemente que no se trata de algo para análisis simplistas o maniqueos.
L. D.: No sé si fueron olvidados por su vinculación con el franquismo o por eso sumado a otros factores que vuelven muy complicado el análisis: los artistas rojos que participaron de las iglesias, una arquitectura sumamente moderna dentro de un régimen claramente conservador, muchos canales que dieron vida a tierra improductiva y trabajo a muchas personas se construyeron con el régimen de las colonias penitenciarias con trabajos en condiciones inhumanas.
M. A.: Todo esto vuelve al tema muy complicado de simplificar y se requieren años, paciencia y mucho esfuerzo para analizarlo en su justa dimensión.

La iglesia de Pajares de la Rivera, cedida en 2021 por el Obispado de Coria-Cáceres al ayuntamiento de Riolobos. / El Periódico
¿Por qué piensan que ha habido resistencia en algunos de ellos a cambiar sus topónimos vinculados a la dictadura?
M. A.: Los argumentos que nos dieron en esos pueblos eran que había cosas más importantes de las que ocuparse, que eso ya pasó y que tener nombre franquista no significaba que el pueblo lo fuera.
L. D.: También hay factores políticos de quienes gobiernan que, evidentemente, influyen entre su población y que generan que muchos sean reticentes al cambio de nombre.
¿Cuál es la situación hoy en día de estos pueblos?, ¿sus habitantes consiguieron crear lazos con el territorio?
M. A.: La mayoría de los pueblos siguen vivos, algunos con más población, otros con menos, pero los lazos con el territorio sí que se consiguieron crear, los terrenos se volvieron productivos en su mayoría y el proceso siguió para adelante. Incluso, muchos pueblos de colonización tienen actividad turística, algo impensado en sus orígenes.
L. D.: Hemos visto de todo en nuestros viajes, desde pueblos casi abandonados hasta otros que han quintuplicado su población original. Se dan muchos procesos en torno a los pueblos de colonización, no solo la despoblación sino también la repoblación y hasta la burbuja inmobiliaria.

Una calle de Guadiana. / El Periódico
[A Marta Armingol]Usted nació en un pueblo de colonización (La Cartuja de Monegros, en Huesca), ¿sigue residiendo allí?
No, con dieciocho años salí del pueblo para estudiar fuera y ya no volví a vivir, pero vuelvo en vacaciones, fiestas y fines de semana. Me gusta presumir de que tengo pueblo y de que aún lo disfruto.
¿Y cómo fue crecer en un pueblo de colonización?
Crecer en un pueblo de colonización, como en cualquier otro, te daba muchísima libertad. Sin embargo, conforme íbamos haciéndonos más mayores y conocíamos a niños y niñas de otros pueblos tomábamos consciencia de que nuestro pueblo era nuevo. Las calles eran más amplias y rectas que las de los pueblos viejos, la iglesia mucho más amable, luminosa y colorida, las casa muy iguales y más nuevas. Además, nuestras familias hablaban de otros lugares, de donde ellos habían venido y a los que nos llevaban de vez en cuando para que conociéramos nuestras otras raíces. Pero la realidad es que nuestra pertenencia se ligó al pueblo de colonización, en mi caso, a La Cartuja de Monegros.
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