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La historia de Extremadura tiene nombre de mujer

Leandra Rebollo, la cocinera que alumbró el milagro del arroz en Olivenza

«¡Ay, beato, y tus pobres sin comer!», así se encomendó la ribereña a San Juan Macías, a quien se le atribuye el único milagro reconocido por la Iglesia con el que más personas pudieron comer, tras el de la multiplicación de los panes y los peces

Leandra Rebollo junto a Pablo VI en la canonización de San Juan Macías (1975)

Leandra Rebollo junto a Pablo VI en la canonización de San Juan Macías (1975) / Cedida

Maribel Arenas Vadillo

Leandra Rebollo Vázquez cargaba consigo un perfecto rostro de espanto mientras descendía, a paso urgente y tropezado, por las escaleras de la casa del párroco de Olivenza Luis Zambrano. Minutos antes, con la fórmula «¡Ay, beato, y tus pobres sin comer!» se había encomendado a su coterráneo Juan Macías y, en respuesta a su clamor, un milagro parecía estar siendo obrado.

Como cada domingo desde que llegó a esa localidad pacense que supo ser territorio luso hasta 1801, Rebollo preparaba pucheros de garbanzos o arroz para que, al menos ese día, la comunión de manos sin pan y cuerpos esmirriados que había sembrado la posguerra tuviera algo con lo que calmar los rugidos de sus estómagos.

Unos cuatro años antes de aquel día de enero de 1949, el, hoy ‘venerable’, Luis Zambrano había llegado a Olivenza desde Ribera del Fresno para abrir uno de los centros de la institución que él mismo fundó: el Hogar de Nazaret. Pronto hizo de su casa un comedor para los más pequeños y de los anafres de hierro de su cocina, el punto de partida de la prebenda a llevar, el último día de la semana, a las casas de los más castigados por la guerra del hambre.

Fernanda Blasco, testigo del milagro del arroz en 1949

Fernanda Blasco, testigo del milagro del arroz en 1949 / El Periódico

Una de las primeras jóvenes que comenzó a colaborar en aquel comedor, además de trabajar como maestra, fue la oliventina Fernanda Blasco, quien hoy, a sus 100 años, recuerda a aquellos batallones de chicas que repartían la comida condimentada, usualmente acompañada de naranjas como postre, por las casas ubicadas tras la iglesia de Santa María de Magdalena, o en el corazón de las caballerizas del cuartel y ‘La casa de todos’, donde se hacinaban quienes carecían de un hogar.

Un caldito 'arrebañado'

Para garantizar ese servicio que comenzaba a prestarse a las 13.00 horas, se formaron cuatro grupos, uno por semana del mes, encabezados por una responsable que debía asegurar el aprovisionamiento de los alimentos a transformar al calor de un carbón vegetal devorado por las llamas de los fogones de antaño. Sin embargo, aquel 23 de enero de 1949 la materia prima no llegó por cuenta de un olvido.

 «Si el día anterior la hubieran avisado de que la comida no iba a llegar, Leandra hubiera puesto en remojo unos garbanzos o lentejas, pero a esa hora ya no podía hacerlo», recuerda Blasco, tras remarcar que la despensa del hogar se alimentaba a base de las donaciones de las gentes de la parroquia de Don Luis Zambrano.

Capilla habilitada en la cocina donde se obró el milagro

Capilla habilitada en la cocina donde se obró el milagro / El Periódico

Solo quedaban «tres tazones de arroz» que poder echar a la olla, y así se lo hizo saber Rebollo a la madre del cura, Doña Josefa, quien la instó a «hacer un caldito ‘arrebañando’ lo que hubiera por ahí» para poder hervir en él los pocos granos de que disponía en la cocina.

«Cuando puso el arroz para que se cociera, le salió del corazón decir ‘¡Ay, beato, tus pobres sin comida!, ¡Ay, beato, tus pobres sin comida!’. Y se fue a hacer otras cosas», continúa Blasco para rememorar, con el ímpetu de una niña y la precisión de un relojero, la sorpresa que se llevó Leandra cuando regresó a los fogones y vio que la olla estaba «al borde y sin verterse».

«Llamó a la madre del sacerdote, mandaron avisar a Don Luis, quien estaba terminando la misa, y este, al llegar, pidió un cucharón y una fuente para que empezaran a darle de comer a los niños hasta que la olla quedó baja», explica con el orgullo de haber sido una de las primeras personas que, junto con su entonces directora general pudo «ver brotar el arroz del fondo de la olla».

Transcurridos setenta y cinco años de aquel acontecimiento sobrenatural que a ella, que entonces tenía 25 años, la hizo quedar «pasmada» y a Leandra la hizo salir corriendo al ver, por segunda vez, que el recipiente al fuego volvía a llenarse, la oliventina centenaria sigue sin saber con certeza cuál fue el número de ollas de matanza que fueron llenadas aquel día con un arroz que, si bien nunca llegó a probar, sí pudo palpar con sus dedos cuando Don Luis Zambrano cogió «unas cuartillas» de papel para guardar pequeñas pizcas del grano milagroso que, posteriormente, mandaría analizar el Vaticano.

Cuatro horas para 26 años

Fueron cuatro las horas durante las cuales los vagos de arroz no dejaron de emanar del fondo de la cazuela, al tiempo que los más curiosos se acercaban desde todos los puntos de la localidad para comprobar si era cierto que «el arroz se estaba multiplicando en la casa de Don Luis».

 Finalmente, aquel milagro cuyo germen fue la fe que Rebollo le profesaba al beato Juan Macías -con quien compartía el lugar natal de Ribera del Fresno- llegó a su fin cuando las jóvenes que salieron a repartir la comida dijeron que ya no había nadie más por alimentar. Entonces, Don Luis Zambrano mandó apartar la olla de aquel fogón que en ningún momento necesitó más carbón del depositado para la primera cocción y el arroz dejó de brotar.

Según hace constar la Santa Sede en las ‘Normas para proceder en el discernimiento de presuntos fenómenos sobrenaturales’, cuya última versión fue aprobada por el Papa Francisco este pasado 4 de mayo, la «maduración espiritual en la fidelidad al Evangelio» incluye la posibilidad de que el Espíritu Santo pueda «llegar» a los «corazones» de los feligreses, a través de «acontecimientos sobrenaturales» como «apariciones», «visiones» u «otros fenómenos».

Cuando puso el arroz para que se cociera, le salió del corazón decir ‘¡Ay, beato, tus pobres sin comida!, ¡Ay, beato, tus pobres sin comida!’. Y se fue a hacer otras cosas

No obstante, dicho documento también advierte del riesgo de que algunos fieles puedan verse «arrastrados detrás de un acontecimiento» atribuido a una presunta «iniciativa divina» que «no es más que el fruto de la fantasía de alguien, deseo de novedad, mitomanía o tendencia a la falsedad».

«Don Luis, nuestro padre, llamó al obispado porque aquello era una cosa que no era natural, pero era la Iglesia católica la que tenía que, si lo creía oportuno, determinar si era un milagro o no. Pero nosotros lo habíamos visto y dábamos fe», precisa Blasco como una de las personas que testificaron ante un tribunal eclesiástico, formado años después, en el que se le llegó a preguntar si el cura podría haberse ocultado arroz en las mangas de la sotana para depositarlo en la olla.

En este sentido, la oliventina incluso confiesa que, en aquel tiempo, «veía aquello de la canonización del beato tan lejos, tan lejos» que llegó a pensar que no llegaría a vivirlo porque «generalmente, hacían falta siglos para las canonizaciones». Sin embargo, no solo llegó a convertirse en fuente primaria del reconocimiento del milagro del arroz por la Iglesia católica en 1974, sino que, además, pudo cumplir su sueño de viajar a Roma al asistir, acompañando a Leandra Rebollo, a la canonización del, ya santo, Juan Macías durante el pontificado de Pablo VI en 1975.

Una reliquia por ajuar funerario

Según aclara el vicario parroquial de Olivenza, Kevin Mora, el suceso del arroz es «el único milagro (reconocido por la Iglesia católica) en el que más gente ha comido» desde el de la multiplicación de los panes y los peces.

Concretamente, lo hace ante el mural que luce en la capilla habilitada en la cocina donde el mismo fue obrado. En él, sobre azulejos que mezclan el color azul y blanco, se vislumbra la escena en la que Leandra Rebollo le explica lo sucedido a D. Luis Zambrano. Tras ellos, cuelga de la pared un retrato de San Juan Macías con una cazuela a sus pies y el ‘pocito’ en el que, cuenta la leyenda, el beato obró su primer milagro, así como una suerte de gran ventanal que ilustra la multiplicación de los panes y los peces.

«Aún hoy hay quien sigue diciendo que fue un invento del cura», señala Mora. Sin embargo, agrega el vicario, también hay quienes conservan, como reliquia con la que ser enterrados, pellizcos de aquel arroz que, independientemente de que sea ‘divino’ para unos y ‘dudoso’ para otros, supo saciar el hambre de muchos y cuenta una historia que lleva el rostro de una mujer.

San Juan Macías, de Ribera al Perú

Nacido el 2 de marzo de 1585 en la localidad pacense de Ribera del Fresno, San Juan Macías perdió a sus padres a una muy corta edad, quedando bajo la tutela de un tío con el que comenzó a trabajar como pastor. Tiempo después, conoció a un mercader con el que se embarcaría, en el año 1616, al continente americano.

Como primer milagro -este no reconocido por la Iglesia católica- se le atribuye que un día, mientras Macías sacaba a pastar a su rebaño se encontró a un chico que lloraba ante la boca de un pozo porque uno de sus cerdos había caído en él. Acto seguido, según precisa el consistorio ribereño, el hoy santo le rezó a la virgen y el agua del pozo comenzó a subir hasta que pudieron rescatar al animal perdido.

Tras arribar al puerto de Cartagena de Indias (actual Colombia) se dirigió al corazón del entonces Reino de Nueva Granada, visitando Pasto (ciudad colombiana fronteriza con Ecuador) y Quito (actual capital de Ecuador) hasta llegar a Perú, lugar en el que terminaría el resto de sus días.

Recién llegado a su destino final, Macías encontró empleo en una hacienda ganadera ubicada a las afueras de la capital. Fue en ese lugar donde descubrió su vocación para la vida religiosa y, tras dos años de ahorrar todo cuanto pudo se instaló de forma definitiva en la ciudad de Lima.

Posteriormente, se preparó para entrar en la Orden de Predicadores como hermano lego en el convento de dominicos de Santa María Magdalena, donde había sido admitido y donde tomó los hábitos el 23 de enero de 1622.

Allí ocupó el cargo de portero, siendo ese el lugar de su santificación. En este sentido, cabe destacar que el portón del monasterio era el punto al que “mendigos, enfermos y desamparados de toda Lima acudían buscando consuelo”, junto a miembros de la nobleza limeña y hasta el propio virrey de la época, según precisa la biografía expuesta a la entrada del centro parroquial que hoy lleva su nombre en Olivenza.

 Finalmente, San Juan Macías murió el 16 de septiembre de 1645, siendo canonizado el 28 de septiembre de 1975 por Pablo VI en Roma, un año después del reconocimiento del milagro del arroz.

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