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La central nuclear, en el aire

El futuro de Almaraz: empleos en tiempo de descuento

El horizonte de cierre ha hecho que, por vez primera en más de cuatro décadas, actualmente no se estén formando nuevas licencias de operador nuclear en la central, empleos que requieren un alto grado de cualificación

Panorámica de la Central Nuclear de Almaraz.

Panorámica de la Central Nuclear de Almaraz.

Cáceres

Las salas de control son los centros neurálgicos desde donde se maneja y vigila todo lo que de importancia sucede en una planta nuclear. Almaraz cuenta con dos, una por reactor, en cada una de las cuales hay permanentemente tres trabajadores, más un jefe de turno común. En total son una plantilla de 62 empleados. Obtener la licencia de operador nuclear requiere un periodo de unos dos años y medio de formación, un permiso que es tan específico que ni siquiera les habilita para operar en otras instalaciones. El horizonte de cierre ha hecho que, por vez primera en más de cuatro décadas de funcionamiento, a día de hoy no se estén formando nuevas licencias en la central cacereña, una de las razones (otra es el aprovisionamiento de combustible), por las que se ha fijado en los primeros meses de 2025 el límite para revertir su clausura si se quiere evitar que la planta tenga que parar, aunque solo fuese temporalmente para reorganizarse. «Nuestra plantilla de sala de control está planificada de acuerdo con el PNIEC, una prórroga de la autorización de explotación llevaría asociada la formación de nuevo personal», precisan desde la CNA «Si esa prórroga se produjera poco antes del cierre, nos veríamos obligados a parar la producción a la espera de que las nuevas licencias de operación estuvieran formadas», se agrega.

"La preparación es muy larga y extremadamente dura"

«Mi relación con el sector nuclear se puede decir que empezó desde que tengo uso de razón, ya que es lo que he mamado en casa durante toda mi vida», comienza diciendo Alberto Navas Martín (39 años), operador de sala y supervisor en la Unidad 1. Su padre llegó con 23 años a Navalmoral de la Mata para tomar parte en las labores de construcción de la planta. Vino desde Aldea del Rey, un pequeño pueblo próximo a Puertollano (Ciudad Real). Ha estado trabajando en la central hasta su jubilación, en 2017. «Aquí conoció a mi madre, que es morala, y formaron su familia, mi hermano y yo», agrega. Ambos han tenido «la suerte» de trabajar en la central (su hermano es capataz de operación) y de seguir así con la «tradición familiar».

Navas es titulado en ingeniería técnica industrial por la Universidad de Salamanca y posteriormente obtuvo el grado en ingeniería mecánica por la de León. Cuenta con la licencia de operador de sala (2009– 2011), y con la de supervisor (2021–2023). «Me gustaba mucho la arquitectura también, pero yo sabía que la ingeniería tenía más salida, y para mí era como un sueño poder entrar aquí», cuenta. Sabía que lograrlo «era muy complicado», aunque contó a su favor con que «justo cuando acabé de estudiar» coincidió con un momento de relevo generacional en la plantilla.

El requisito inicial para poder optar a la licencia de operador de reactor es ser titulado en ingeniería técnica o de un grado de ingeniería en diferentes ramas y «haber superado los estudios universitarios en los años contemplados en el programa de estudios, y con nota elevada», recoge la web de Foro Nuclear, la patronal del sector. A los candidatos que cumplen este requisito inicial, detalla Navas, se les somete a «diferentes pruebas psicotécnicas y entrevistas» que sirven para ir seleccionando el tipo de personalidad que más se ajusta al trabajo en sala de control hasta completar las plazas disponibles. «Debe ser gente metódica, poco impulsiva, reflexiva, que sea capaz de trabajar en condiciones óptimas bajo presión y situaciones de estrés». Esto último «es muy importante», como también lo es que sean «capaces de trabajar en equipo», enumera. 

«Las situaciones que se salen de lo normal prácticamente solo las vivimos en el simulador»

Lo que afrontan a continuación quienes superan estas pruebas iniciales es un proceso de preparación «muy largo y extremadamente duro. Son tres años en los que tu vida se convierte prácticamente en estudiar, comer y dormir» dejando a un lado «tus planes con amigos, con la familia o la pareja», incide. Clases por las mañanas, «en las que el instructor de operación explica detalladamente el temario de ese día», que toca estudiar luego por las tardes. La materia diaria ronda las «ochenta o cien páginas», y semanalmente hay que pasar un examen en el que el aprobado parte del 8 sobre 10. «Puedes imaginarte la cantidad de temario que se va acumulando, y que tienes que ir repasando continuamente, ya que cada cierto tiempo realizas un examen en el que entra todo lo que has dado hasta ese día. En mi caso, entre las clases por la mañana y el estudio por la tarde, las doce horas diarias no me las quitaba nadie», afirma.

«En mi caso, entre las clases por la mañana y el estudio por la tarde, las doce horas diarias no me las quitaba nadie»

Cerca de tres años después de haber comenzado la formación es cuando «llega el día de la verdad». En realidad son tres jornadas las que dura la prueba del Consejo de Seguridad Nuclear. «Te examinas de todo el temario y si no llegas al 8 no te conceden la licencia de operador». «Un mal día», te puede llevar a «tirar tres años por la borda».

Antes, todo este proceso se hacía en San Sebastián de los Reyes, ya que es en esta localidad madrileña donde tiene su sede la firma que lo desarrolla (Tecnatom, ahora Westinghouse) y donde estaba físicamente el simulador de Almaraz. Desde 2020, una vez que se trasladó este equipo hasta la instalación cacereña, la preparación se hace en la propia central.

Alberto Navas, ayudante de jefe de turno de sala de control.

Alberto Navas, ayudante de jefe de turno de sala de control. / El Periódico

El camino que hay que recorrer para contar con la licencia de supervisor «es similar». Después de «varios años de experiencia como operador, la empresa puede proponerte para optar a ella», y si aceptas, «básicamente» se vuelve a pasar por el mismo periodo de formación, si bien esta vez la duración es de 2 años y los exámenes tienen un enfoque algo diferente, puntualiza.

La sala de control es el lugar en el que se centralizan todos los controles de la central. Es el cerebro de la planta, donde se monitorizan los equipos y donde se gestionan las incidencias que puedan producirse. En este contexto, el papel de estos trabajadores es clave. Su «función principal» consiste en operar la planta «de forma segura, asegurando en todo momento el cumplimiento de las especificaciones técnicas de funcionamiento», explica Navas. En general, es en los turnos de mañana cuando se ejecuta «el grueso del trabajo», pues es «cuando coincidimos con los mantenimientos» y se ejecutan las tareas recogidas en la programación diaria.

Prácticas en simulador

«La responsabilidad es enorme, ya que siempre tenemos que estar preparados para responder de la forma más segura en el caso de que se produzca el fallo de algún equipo», remarca. Para ello se aplican los protocolos indicados para estas situaciones y que se practican «cada vez que vamos al simulador». Esto sucede dos semanas al año, en las que se ensayan operaciones normales, pero que poco habituales, como son los arranques y paradas del reactor o los acoplamientos y desacoplamientos de la turbina, pero también situaciones críticas.

«Es un gran error que tendrá consecuencias muy graves, ya que somos el único país de nuestro entorno que quiere cerrar sus centrales nucleares»

La planta, asevera, «siempre ha funcionado muy bien, pero gracias a la experiencia acumulada», a la «profesionalidad de todo el personal que trabaja en ella» y a las mejoras implantadas, «cada día funciona mejor», y «podemos decir que las situaciones que se salen de lo normal prácticamente solo las vivimos en el simulador».

A tres años vista del cierre previsto del primer reactor de Almaraz, este moralo se muestra «muy agradecido del tiempo que he trabajado aquí», aunque lamenta que el cierre vaya a suponer «poner fin a una carrera profesional de gran sacrificio». La clausura de la central le obligará a «empezar desde cero». «Supongo que tendría que abandonar la región» en busca de otros horizontes laborales, vaticina, porque «desgraciadamente en Extremadura no abunda el trabajo». Además, «estoy seguro de que no tendrían ni punto de comparación en ningún aspecto con este».

Para la región, apostilla, el cierre de Almaraz significará «tanto la pérdida de conocimiento como de unos puestos de trabajo de alta cualificación que difícilmente podrán ser sustituidos». En su opinión, prescindir de la tecnología nuclear «es un gran error que tendrá consecuencias muy graves» tanto en términos de aumento de emisiones de CO2, como de incremento del precio de la electricidad.

«Me veré obligada a buscar nuevos horizontes lejos de mi región»

Son siete las mujeres que actualmente forman parte de la plantilla que trabaja en las salas de control de Almaraz. Una de ellas es Cielo María Justo (Jaraíz de la Vera, 31 años), graduada en Ingeniería Química por la Universidad de Cádiz. Es operadora desde 2019, y desarrolla su labor en ambas unidades, tanto en reactor como en turbina. 

Fue en las prácticas que completó en la CNA mientras cursaba su grado universitario (también hizo en la central el proyecto de final de carrera) cuando decidió que sería en la planta cacereña donde buscaría su futuro laboral. «Durante este periodo yo ya tenía claro que quería trabajar aquí porque me llamaron muchísimo la atención la magnitud de los equipos, lo procedimentados que estaban todos los procesos, la forma de trabajar, el ambiente laboral…», aduce. Así que tras graduarse y trabajar unos meses en otra instalación de generación de electricidad cercana, en este caso termosolar, «en cuanto sacaron las plazas, me postulé».

En la primera criba de candidatos, lo que se busca es seleccionar personas que no sean «ni muy impulsivas, ni muy nerviosas, que sean capaces de mantener la calma y de soportar situaciones de estrés siempre con coherencia», detalla. Que tenga esas cualidades, pero también «con muchas ganas de estudiar y mucha capacidad de sacrificio», puntualiza, porque el periodo de estudio «es una carrera de fondo en la que tienes que ser muy constante a lo largo de tres años. Todos los días hay que dedicar bastantes horas al estudio, y ya cuando se acercan los exámenes finales, dedicarle prácticamente tu vida, que gira en torno a esto». «Es muy duro, cada semana nos sometemos a exámenes en los que la nota mínima es un 8» y «al final del proceso» hay que pasar otra prueba en la sede del Consejo de Seguridad Nuclear, en Madrid, que es «donde se obtiene finalmente la licencia», agrega.

«Profesionalmente dejaré atrás un oficio que realmente me apasiona, en el que tanto esfuerzo y sacrificio he puesto, y en el que me siento totalmente realizada como ingeniera»

De su promoción empezaron ocho y acabaron cinco, aunque reconoce que este fue «un caso especial», porque a finales de la década pasada la continuidad de la central ya estaba «en el aire» por lo que «la desmotivación» para estudiar y para comenzar una vida «ligada al sector nuclear era mayor». 

En cualquier caso, señala, el aprendizaje «no acaba» al obtener la licencia, ya que una vez que acceden al puesto siguen cursando programas de formación tanto teórica «como en un simulador de alcance total en el que nos vamos renovando continuamente». Entre otras cuestiones, apunta, porque la central nuclear tiene que irse adaptando «a las nuevas exigencias» de seguridad que se le imponen y eso lleva aparejado que «siempre» se estén implantando modificaciones de diseño que implican ponerse al día en el manejo de los nuevos equipos.

Si finalmente la instalación cacereña se desmantela, «desde el punto de vista personal, me veré obligada a buscar nuevos horizontes lejos de mi región, y por tanto de mi familia y amigos; y profesionalmente, dejaré atrás un oficio que realmente me apasiona, en el que tanto esfuerzo y sacrificio he puesto, y en el que me siento totalmente realizada como ingeniera». Su marido también es empleado de la CNA, por lo que el impacto personal y profesional será doble. «Dos personas que están altamente cualificadas tendrán que buscar trabajo fuera de la región», subraya. 

 «Van a cerrar una central nuclear que es un referente mundial», lamenta, para argumentar a continuación que su planta «gemela» de North Anna, que está en Virginia (Estados Unidos) y que fue utilizada como modelo para construir la extremeña, «cuenta con una licencia para operar 80 años, y nosotros la vamos a cerrar a los 40». «Es contradictorio que nuestros representantes españoles en la Comisión Europea aboguen por la energía nuclear y sea aquí en nuestro país donde se quiere acabar con ella», esgrime. 

Además, por el lado de la opinión pública, indica que el calendario de cierre del parque atómico español llega en un momento en el que «cada vez es más el conocimiento que se tiene de la energía nuclear», por lo que los recelos frente a esta tecnología «van desapareciendo». 

Las 24 horas de los 365 días del año las salas de control están dotadas de tres personas por unidad (operadores de reactor y turbina y un supervisor) más un jefe de turno común a las dos unidades. Antes de finalizar el año, «conocemos ya nuestro calendario durante todo el siguiente», precisa. Este se distribuye en turnos en los que se van trabajando días de mañana, tarde y noche; en periodos de formación y de retén (en los que puede tocar sustituir a un compañero, por lo que tienen que estar disponibles); y en días de descanso.

Cielo María Justo en la de las salas de control de la Central de Almaraz.

Cielo María Justo en una de las salas de control de la Central de Almaraz. / El Periódico

Estos días de parada de recarga, aunque uno de los dos reactores esté detenido, no es una etapa de menos trabajo para los operadores de sala. «Todo lo contrario -aclara-. En recarga nosotros trabajamos bastante más, porque hay que estar preocupados por el mantenimiento de los equipos», y de que los que tienen que estar en funcionamiento lo hagan correctamente. También se ocupan de supervisar el movimiento de combustible, ya sea desde el reactor a la piscina o posteriormente de esta al ATI. 

Sin trato diferenciado

En un tipo de ocupación laboral que tradicionalmente ha estado muy masculinizada, Cielo María Justo asegura que ni en el proceso de formación ni posteriormente ha tenido un trato diferenciado por ser mujer, «ni para bien ni para mal, algo que se agradece muchísimo: que tengamos las mismas oportunidades de proyección y de trabajo y el mismo sueldo». «Tengo la suerte de tener como supervisora» a la primera mujer que ha desempeñado esta ocupación en la Central Nuclear de Almaraz, remarca. Y aparte de sus otras compañeras en sala de control, «no me quiero olvidar tampoco de dos auxiliares de operación, que tienen que desarrollar un trabajo en el cual la fuerza es importante, porque deben abrir y cerrar válvulas», y «ellas hacen su trabajo igual» que los auxiliares masculinos.

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