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Éxodo rural

‘El 47’: la historia de miles de extremeños

El Goya a Mejor Película obtenido por la cinta de Marcel Barrena revive la historia de miles de extremeños que, desde finales de los cuarenta hasta principios de los setenta, tuvieron que decir adiós a su tierra. En Cataluña, Madrid o País Vasco, los emigrantes encontraron un porvenir más prospero. Hoy, tres de ellos han decidido compartir su historia con este diario

Escena de la película ‘El 47’ .

Escena de la película ‘El 47’ . / Mediapro Studios

Cáceres

Hace una semana, Marcel Barrena y todo el elenco de ‘El 47’ subieron al escenario para recoger el premio más importante otorgado por la Academia de cine. Compartido con ‘La Infiltrada’, el galardón a Mejor Película pone en el foco, de nuevo, la historia de vida de miles de extremeños. También de andaluces o de murcianos que durante finales de los cuarenta, cincuenta y sesenta dejaron atrás su tierra natal para buscar un futuro mejor en las zonas del norte y del este, donde el sector de la minería del carbón (en Asturias), de la minería y de la industria del hierro (en el País Vasco) o de la industria textil, entre otras, (en Cataluña) los recibieron con los brazos abiertos. 

Es en el barrio de Torre Baró, en el distrito Nou Barris de la Ciudad Condal, donde se ambienta el argumento de la reciente ganadora del Goya. Un poblado en el que sus habitantes tenían que construir sus primeras chabolas durante la noche porque, si no tenían techo al salir la luz del sol, las autoridades ordenaban su hundimiento. Un poblado que carecía de servicios, donde la escuela estaba de todo menos acondicionada para los estudiantes y donde los cortes de agua estaban a la orden del día. Un poblado al que se accedía por una pendiente que el autobús se negaba a subir. 

Pero esa barriada también tuvo a Manuel Vital, que llegó hasta allí desde Valencia de Alcántara, en Cáceres. Un extremeño que, por supuesto, bajo el amparo de la fuerza colectiva (militó en el Partido Socialista Unificado de Cataluña y en la entonces clandestina Comisiones Obreras) practicó una disidencia pacífica para revertir la situación de desigualdad entre las diferentes áreas urbanas y equiparar las infraestructuras entre ellas. 

Imagen de archivo de emigrantes extremeños.

Imagen de archivo de emigrantes extremeños. / El Periódico

Una lucha que ‘El 47’ personifica en su figura y, concretamente, en la consecución de la llegada de la línea de autobús que da nombre al filme hasta Torre Baró. Sin embargo, son muchas las historias de migrantes que, en los años que abrazan a la Transición, contribuyeron a la modernización de las urbes. Que partieron, no siempre con todas las facilidades, y que dejaron, al menos, un pedazo de sí mismos atrás. Historias que tienen nombres y apellidos y que, hoy, quedan reflejadas en las páginas de este diario. José López León, Dolores Tarreño Hidalgo, Francisco Mancera Caballero. Aquí sus testimonios. 

José López León

77 años, 59 viviendo en Cataluña. La pacense Fuente de Cantos vio nacer a José López León en 1948. Un chaval que, con solo 12 años, dejó la escuela y empezó a trabajar de camarero. Iba, bandeja en mano, allí donde se le requería: Feria de San Juan de Badajoz, feria de Montijo, de Valencia del Ventoso, de Bienvenida o de Zafra. 

Pero llegó el verano, no había trabajo y un primo suyo vivía en Barcelona. No había más que hablar. Su hermano y él se montaron en un tren «de cartón piedra» que, desde Sevilla, los llevó hasta la capital catalana. Un viaje que José describe como «horroroso». Los nada desdeñables dos días y medio de trayecto lo justifican. Pero, además, este extremeño, que aún no había cumplido los 18 años, estaba dejando atrás, más allá de su bandeja, la vida tal y como la conocía. 

Sea como fuere se plantaron en Cataluña. Era 1966. Su hermano se fue a Badalona y él se quedó en la periferia barcelonesa, concretamente, en el barrio de Ciudad Meridiana, una especie de ciudad dormitorio en aquel entonces. Estaba constituido por doce bloques de viviendas que se levantaron a finales de la década de los cincuenta y que estaban pensados para los migrantes que procedían de Extremadura, Andalucía o Murcia. Colindante, el barrio de Torre Baró, el que aparece en la película. 

Eso sí, las diferencias entre ambos eran importantes: los elevados muros de hormigón del primero contrastaban con las chabolas del barrio de Manuel Vital, el protagonista de ‘El 47’. Además, Ciudad Meridiana contaba con algunos servicios, mientras que en Torre Baró eran, sencillamente, inexistentes. 

Pero las relaciones entre una y otra zona fueron habituales. El fuentecanteño cuenta cómo las asociaciones vecinales, que tenían, apunta, "mucha fuerza en la comunidad", se juntaban cuando había que hacer grandes reivindicaciones. Por ejemplo, cuando hubo que conseguir que las barriadas tuviesen un acceso adecuado mediante una calzada y los vecinos salieron, durante tres meses, a protestar a la autovía. "Hubo muchos palos", cuenta el extremeño. 

Con todo, José califica de "muy difíciles" los primeros años en Barcelona: "Uno venía de Extremadura sin nada", dice. Comenzó trabajando de lo suyo, de camarero, "haciendo jornadas de doce, trece o catorce horas". De hecho, se instaló en la casa de los dueños del bar en el que trabajaba. También se dedicó a la construcción, pero los fines de semana recuperaba su bandeja para servir mesas. No paraba. 

Eso sí, no tiene queja en cuanto al acogimiento. "Yo entiendo el catalán, pero no lo hablo, y nunca he tenido problemas. Se nos recibió de forma fabulosa", apunta.

Fue en la década de los setenta cuando el protagonista de esta historia (que no de la película, aunque las similitudes sean palpables) prosperó y encontró trabajo como comercial en un concesionario de coches a alta gama. Antes se había marchado a Obejo, en Córdoba, y a Badajoz para hacer el servicio militar, pero volvió a la Ciudad Condal porque "la novia" lo esperaba. 

Al poco tiempo se casó y tuvo dos hijos. Se compró una casa propia en Ciudad Meridiana, pero no tardó en mudarse al centro de Barcelona; ya tenía su vida hecha en Cataluña. Sin embargo, nunca perdió los lazos con Extremadura. "Voy dos meses en verano", cuenta José, que reconoce su desagrado ante algunos comentarios como "ya están aquí los forasteros", cuando vuelve a Fuente de Cantos. "¿Por qué forastero? Si yo he nacido allí", se pregunta. 

Además, argumentos para demostrar el cariño hacia su tierra no le faltan. Fundó, en julio de 1999, la Asociación Cultural Extremeña Zurbarán. Entre sus pilares, la Caldereta, la Fiesta de la Chanfaina, las actividades del ‘Coro Zurbarán’, el Certamen de Poesía, el de Fotografía y, por supuesto, el Certamen Internacional de Pintura ‘Zurbarán’. Lo más seguro es que José no vuelva a vivir nunca a Extremadura. Y, después de una vida fuera, es comprensible. Pero ha encontrado la forma de borrar los 1.000 kilómetros que lo separan de Fuente de Cantos: su tierra, siempre a su lado.

Francisco Mancera Caballero

Bienvenida fue otra de las fábricas exportadoras de migrantes durante el primer cuarto de la segunda mitad de siglo. Allí nació Francisco Mancera Caballero aunque se crió, en realidad, en la también pacense Medina de las Torres. Su historia de vida, y por la que ocupa estas líneas, no es muy diferente a la de José. Al menos, en lo referente a su emigración. 

Fue en 1966 cuando replicó el viaje del fuentecanteño: realizó ese trayecto ‘interminable’ desde Sevilla hasta Barcelona que duró dos días y medio. En su caso, la motivación para marcharse no nació de la falta de trabajo, sino de un conflicto con su jefe por unas horas impagadas. "Con 18 años no me paraba nadie y yo no iba a aguantar a un sinvergüenza", expresa Francisco.

Tenía unos amigos en Cataluña y no dudó en probar suerte allí. ¿Su primer destino? Una ‘mestressa’, lo que en castellano podría traducirse como habitación de alquiler. Aunque tuvo que compartirla con otros dos compañeros, acabó mejor parado que aquellos que, como en ‘El 47’, vivían en los poblados de Chabolas. Él, en cambio, llegó a un piso de Hospitalet de Llobregat. 

Las localidades en las que ‘aterrizaban’ los migrantes extremeños, andaluces, murcianos o castellanomanchegos dependían del destino escogido por el hermano, primo o tío que hubiese partido en los años previos. Por eso, Francisco se marchó a Cornellá a solo seis meses de llegar a Cataluña.

Su experiencia como soldador le valió un puesto en el gremio que, eso sí, se prolongaría bastante más en el tiempo: 40 años se ha dedicado el extremeño al metal. 

El culebrón (gentilicio coloquial de la localidad que lo vio nacer) no tuvo grandes dificultades para adaptarse. Por un lado, porque en aquel momento "Franco prohibía hablar el catalán", recuerda, por lo que el idioma no fue un problema. 

Por otro, porque el trabajo abundaba: los migrantes se beneficiaban al no tener problemas para acceder a un puesto, y la población local celebraba la llegada de mano de obra. 

"Nosotros hemos contribuido a que Cataluña sea más grande", dice orgulloso el extremeño, que habla por toda la población foránea. 

Como José, nunca ha querido perder el contacto con su tierra. Frecuenta Medina de las Torres, donde tiene una casa, y es socio de la Asociación Cultural Extremeña San Isidro. A través de ella, siente su tierra más cerca. Tras pasar del teléfono a su compañera, que acapara la tercera de las historias, Francisco vuelve a una de sus actividades favoritas: la jota.

Dolores Tarreño Hidalgo

Dolores Tarreño Hidalgo.  De los tres, la pionera. La tercera protagonista de esta ‘saga’ fue la primera que emprendió rumbo a Cataluña. Lo hizo sola, con 16 años y "porque en el pueblo no tenía casi para comer". La necesidad mandaba y ella y su familia requerían de un salario y un plato sobre la mesa. 

Era 1964. Fue un viaje de "casi un día" en autobús el que llevó a la extremeña desde su Medina de las Torres natal hasta Cornellá. Allí, por suerte, la esperaban familiares y amigos del pueblo. 

De hecho, uno de esos familiares la acogió en su casa de la localidad catalana, donde Dolores permaneció tres años. 

Pero, cada historia es un mundo y los inicios que el de Fuente de Cantos recuerda como "momentos difíciles", para esta mujer fue "muy bueno". Eso sí, el destino le pondría a prueba tiempo después. Pero, para eso, aún faltan unas líneas. 

La medinense marchó a tierras catalanas con un trabajo asegurado. "Un familiar me avisó de que una trabajadora del servicio de una casa interina se marchaba, y me quedé su puesto", cuenta la extremeña. Como sus compañeros de página, Dolores reconoce que "era fácil encontrar trabajo en aquel entonces". 

Sin embargo, unos 1.000 días después de abandonar Medina, la protagonista de esta historia contrajo matrimonio, dejó de trabajar y tuvo a su primera hija. Un momento dulce que se vio empañado por un acontecimiento que se saborea muy reciente. 

Es la noche del 20 de septiembre de 1971 y el río Llobregat se desborda: el agua supera los 80 kilómetros por hora y los dos metros de altura. Los barrios cornellanenses de Almeda, Centro y Riera quedan anegados. Más de 20.000 vecinos y vecinas resultan afectados directamente. Dolores Tarreño Hidalgo fue una de ellos. 

"Teníamos una niña de un año y nos quedamos con la ropa puesta", lamenta la extremeña. La administración les facilitó un piso y la pareja trató de rehacer su vida. No obstante, unos años y dos hijos más después, su marido enfermó y la medinense se quedó viuda. 

Momentos amargos que no han podido con Dolores, que ha sabido sobreponerse a las dificultades y criar una familia que, por cierto, no aparta la mirada a Extremadura. "Cada año vuelvo a mi pueblo con mis hijos y mis nietos", cuenta la mujer. 

Una de tantas migrantes que no tuvieron miedo de dejar atrás su vida para conseguir algo mejor. Estas páginas van por ellos. Gracias por sus testimonios.

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