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Aniversario del 23-F / Más Extremadura

El desenlace del 23-F : una solución política a un golpe militar

Las sentencias del 23-F ponen de manifiesto que el plan golpista pretendía escenificar una situación de máxima gravedad en el país que justificara la conformación de un gobierno de concentración presidido por el general Alfonso Armada

Tejero en el Congreso.

Tejero en el Congreso. / EFE

Alfonso Pinilla

El general Alfonso Armada cruza la Carrera de San Jerónimo a las 12 de la noche el 23 de febrero de 1981. Lleva dos mensajes al teniente coronel Tejero: uno, que se retire del Congreso y desaparezca un tiempo en el extranjero, para lo cual un avión le aguarda en Getafe; y dos, que hay una solución política al golpe, consistente en un gobierno de concentración presidido por el propio Armada y que se someterá al criterio de los diputados, una vez que las tropas se retiren del hemiciclo. Armada cuenta con el permiso de sus superiores para realizar esta oferta y con la tácita aquiescencia del Rey. Sabino Fernández Campo, Secretario General de la Casa Real, recuerda las palabras que le dirigió al general Armada justo antes de su misión: «Bueno, pues vete... Si tú crees que lo puedes solucionar, vete tú, pero no digas que vas en nombre del Rey. El Rey no te puede decir que vayas en nombre suyo porque no tiene facultades para eso. Ahora, si tú dentro de este barullo que hay, dentro de este golpe que se ha producido, tienes capacidad para llegar allí y obtener la libertad a los que están, ofreciéndote como presidente o lo que sea... Luego ya veremos lo que pasa. Pero que quede claro que todo esto lo haces por tu cuenta...».

Alfonso Armada.

Alfonso Armada. / EL PERIÓDICO

Alfonso Armada tenía una estrecha relación con Juan Carlos I, había sido el predecesor de Sabino Fernández Campo en la Zarzuela durante los difíciles años de la Transición, y aquella noche pretende convertirse en el “clavo ardiendo” al que, según sus cálculos, el monarca y la clase política se aferrarán para salvar la democracia en peligro. Armada había ordenado a Tejero el asalto al Congreso el sábado 21 de febrero y le prometió –según la declaración ante el juez del propio teniente coronel de la Guardia Civil– que dos horas después aparecería en el hemiciclo para hacerse cargo de la situación.

La oferta de exilio temporal

Pero la toma del Congreso ha tenido lugar a las 18.20 de la tarde y han pasado casi seis horas sin rastro del general. Tejero está nervioso, y cuando Armada aparece, pasadas las doce de la noche, le pide explicaciones: «¿Qué ha ocurrido?». «La situación se complicó», responde Armada, y a continuación le ofrece un exilio temporal y una salida política al golpe que acaba de dar, lo que resulta inaceptable para el teniente coronel. Esa salida consiste en un gobierno de concentración con políticos de todos los partidos del arco parlamentario –menos los nacionalistas– repartiéndose las carteras del ejecutivo. Junto a los políticos, habrá algún militar, empresarios y un periodista. En la presidencia, Alfonso Armada.

La operación Armada pasó por la Zarzuela como el rayo de sol por el cristal de una ventana: sin romperlo ni mancharlo. El Rey no impulsó la solución Armada, pero tampoco la impidió

La sabia gestión de la crisis por parte de Sabino Fernández Campo convirtió lo que podría haber sido un atolladero para la Corona en el episodio que consolidó la autoridad del Rey

 «Yo no he asaltado el Congreso para esto», responde un indignado Tejero, que no tarda en expulsar al general Armada del edificio acristalado donde se ha producido la discusión. Cabizbajo, el general llega al Palace, donde está instalado el “gabinete de crisis”, y admite el resultado de su gestión: «He fracasado». Es la una y cinco de la mañana del 24 de febrero. Quince minutos después se emite por televisión el discurso donde Juan Carlos I anuncia que ha ordenado al Ejército mantenerse fiel a la Constitución. El golpe no ha terminado, pero está herido de muerte. Tejero se rendirá a las 12 de la mañana, en presencia del general Armada, como ha exigido.

Las dos sentencias

Las dos sentencias del 23-F –la dictada por el Consejo Supremo de Justicia Militar en junio de 1982 y la de la Sala Penal del Tribunal Supremo en abril de 1983– ponen de manifiesto que el plan golpista pretendía escenificar una situación de máxima gravedad –el Congreso secuestrado, Valencia tomada por los tanques– que justificara la conformación de un gobierno de concentración presidido por el general Armada como última tabla de salvación de un sistema a la deriva. Sobre un ejecutivo así ya había venido hablando el general con buena parte de la clase política y con el Rey a lo largo de 1980, pero ese gobierno habría de surgir de una moción de censura contra Suárez sin mácula constitucional. El presidente conoce los planes y, para frustrar esa moción, dimite el 29 de enero de 1981, pensando que así neutralizará la operación Armada. Pero, lejos de quedar varado, el plan del general se acelera y desemboca en el 23-F.

No hay pruebas de que los políticos que coquetearon con Armada conocieran la versión anticonstitucional de su plan, y es poco probable que, tras los tiros en el hemiciclo y las zancadillas a Gutiérrez Mellado, los diputados hubieran aceptado la salida que pretendía proponerles el general. Tampoco hay evidencias de que Juan Carlos I supiera que aquel día iba a asaltarse el Congreso, pero tal y como se desprende de las palabras de Sabino Fernández Campo arriba citadas, la operación Armada pasó por la Zarzuela como el rayo de sol por el cristal de una ventana: sin romperlo ni mancharlo. El Rey no impulsó la solución Armada, pero tampoco la impidió. “Dejó hacer” con la condición de que no se le inmiscuyera: «que quede claro que todo esto lo haces por tu cuenta». La sabia gestión de la crisis por parte de Sabino convirtió lo que podría haber sido un atolladero para la Corona en el episodio que consolidó la autoridad del Rey, transformándolo en “salvador de la democracia” aquella noche.

Alfonso Pinilla es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura. Autor de Golpe de Timón y El Laberinto del 23-F

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