ANIVERSARIO DEL 23-F / MÁS EXTREMADURA
Rodríguez Ibarra: "Yo oía los disparos pero seguía vivo, pensé que tenía mucha suerte"
El expresidente autonómico era diputado por la provincia de Badajoz cuando Tejero asaltó el Congreso

Juan Carlos Rodríguez Ibarra / EL PERIÓDICO
Alfonso Pinilla
El 5 de mayo de 2016 conversé con Juan Carlos Rodríguez Ibarra acerca de su experiencia en el 23-F, pues era diputado por Badajoz en el Congreso cuando el teniente coronel Tejero asaltó el hemiciclo. La entrevista completa con el expresidente de la Junta de Extremadura fue publicada en el número 4 de “Tiempo Presente. Revista de Historia”, y aquí destaco algunos pasajes de nuestra conversación, aprovechando la efeméride del acontecimiento.
-Crisis económica, desencanto de la población, continuos atentados de ETA, “ruido de sables”, un gobierno dividido y un presidente cada vez más solo. Esa es la situación de España cuando se inicia 1981. La oposición fue contundente contra Suárez, especialmente el PSOE…
- Sabíamos que el gobierno era débil, que Suárez ya no daba más de sí. La imagen de Adolfo Suárez en aquel momento era distinta a la que hoy tenemos de él. En aquel año 80, principios del 81, se trataba de un hombre acabado, que se descomponía al hablar en la tribuna […]. Su partido, además, estaba roto, pues los barones lo traicionaban. Había ministros de Suárez que, tras los Consejos, le contaban a Felipe lo que se había hablado y lo que estaba pasando. El país iba muy mal. Los socialistas considerábamos que el gobierno había fracasado. Es cierto que fuimos duros con Suárez, pero es que la situación era muy complicada. La moción de censura que llevamos a cabo en mayo de 1980 era una manera de escenificar el fracaso del gobierno.
Una de las cosas más duras que viví aquella noche fue la humillación constante a la que nos sometieron
A lo largo de aquella noche nunca fuimos conscientes de que el golpe había fracasado, más bien creíamos todo lo contrario
-¿Explorasteis la idea de un gobierno de concentración presidido por un militar? Eso es lo que se ha publicado, al menos, cuando se recuerda aquella conversación entre Múgica y el general Armada en Lérida el 22 de octubre de 1980.
-Nadie de la ejecutiva ordenó a Múgica que hiciera ese contacto. Enrique Múgica habla con Alfonso Armada a título personal, nunca instado por el partido. De hecho, el PSOE se entera de esa conversación por la prensa. En aquella reunión de Lérida, según leímos en los periódicos, también estuvo Joan Raventós, un hombre serio y poco dado a conspiraciones, así que no creo que allí se tratara nada parecido a la organización de un gobierno de concentración presidido por Armada. Felipe González nunca barajó un gobierno de concentración porque veía que UCD iba a caer y el PCE no era un peligro para nosotros. Estaba claro que el PSOE iba a gobernar más pronto que tarde. Además, la figura de Felipe se engrandece cuando Suárez dimite.
"La actitud de los ocupantes siempre fue violenta"
- ¿Cómo viviste el asalto al Congreso?
-En plena votación de investidura de Calvo Sotelo, un ujier entra corriendo y rompe una puerta de acceso. Enseguida pensé que se trataba de un golpe. En un principio, confundí a Tejero con Ynestrillas. La situación era muy tensa, los comentarios en voz baja continuos. Había sorpresa y temor por el hecho de que aquello fuera un golpe de Estado. Recuerdo que, cada vez que entraba Tejero, los guardias cargaban las metralletas…
Tejero, desde la tribuna, ordena tirarnos al suelo, pero nadie lo hace. Entonces comienzan los disparos. Es en ese momento cuando nos tiramos al suelo, instintivamente, para salvar la vida. Yo oía los disparos pero seguía vivo. Pensé que tenía mucha suerte porque creía que los demás estarían muertos, fueron unos segundos dramáticos.

Juan Carlos Rodríguez Ibarra / EL PERIÓDICO
Pero una de las cosas más duras que viví aquella noche fue la humillación constante a la que estuvimos sometidos. La actitud de los ocupantes siempre fue violenta. Estaba prohibido hablar, leer y escribir. Tan sólo podías ir al baño cuando Tejero daba permiso. Resultaba humillante observar cómo diputados ilustres, importantes figuras políticas de nuestro país, levantaban el dedo para ir al aseo. Y después, dentro, un guardia civil apuntaba mientras orinabas. El trato, desde luego, fue vejatorio […]. Lo más terrorífico de todo aquello era, sin duda, la falta de información. Nunca nos enteramos de lo que estaba ocurriendo en la calle […]. A lo largo de aquella noche, nunca fuimos conscientes de que el golpe había fracasado, más bien creíamos todo lo contrario. Los guardias seguían manteniendo una actitud muy dura contra nosotros […]. En honor a la verdad, en contra de lo que se ha escrito sobre la “cobardía” de los diputados tirándonos al suelo cuando disparaban las metralletas, yo sostengo que hicimos lo mejor que se podía hacer en esos momentos. Con un solo muerto que hubiera habido, el golpe habría resultado imparable.
- Hay detalles del 23-F que aún hoy son un misterio…
- Yo me fijé en un detalle que aún no he podido explicar y que nadie lo ha hecho. A lo largo de toda la noche, había muchas personas de paisano, pululando por las tribunas del hemiciclo, con unas carpetas negras que tenían pegatinas en su exterior. Nunca he sabido quiénes eran esas personas ni cuál era su cometido allí. Es uno de los muchos misterios del golpe, al que podrían añadirse, por ejemplo, las famosas cintas magnetofónicas que guardan las conversaciones de los ocupantes del Congreso con el exterior. Nadie sabe dónde están y nunca han podido analizarse.
- Y luego está la conversación entre Tejero y Armada a las 12 de la noche, en el edificio acristalado del Congreso, cuando el general comunica al teniente coronel de la Guardia Civil que ha sido autorizado por sus superiores para ofrecer dos cuestiones que solventarían la crisis: una, que Tejero se vaya al extranjero durante un tiempo prudencial hasta que todo se tranquilice; y dos, que, una vez liberado el hemiciclo, Armada proponga a los diputados un gobierno de concentración presidido por él para salir del marasmo. Tejero le impidió acceder al hemiciclo, pues no estuvo de acuerdo con el contenido de ese gobierno de concentración, pero, ¿crees que la propuesta de Armada habría tenido éxito si Tejero lo deja pasar?
- Los diputados no hubiésemos aceptado la situación que pretendía el general Armada. Ni formalmente ni en el fondo político la cuestión era tolerable. Bajo amenaza de muerte, quizá hubiéramos votado a favor de Armada, pero esa votación no tiene valor al día siguiente. Y, desde luego, si se retiran los guardias civiles, no votamos. Aquello hubiera sido un esperpento “valle-inclanesco”. Supongo que esa propuesta de gobierno de concentración esgrimida por Armada a las 12 de la noche obedecería a un intento desesperado para desactivar a Tejero, engañándolo. No tiene otra explicación, porque desde luego la propuesta era descabellada: ¿Suárez habría votado presidente a Armada, en quien no confiaba desde hacía tiempo? Ninguno de los diputados lo hubiésemos aceptado.
- El 23-F estuvo a punto de dar al traste con todo lo conseguido en la Transición. Hoy se sigue discutiendo sobre aquel proceso histórico, pues hay actores políticos que lo impugnan duramente. Parece que la concordia no está de moda…
- La Transición fue lo mejor que se pudo hacer para España. Se llegó al límite de lo asumible. Si la izquierda se hubiera radicalizado en exceso, sus adversarios no lo hubieran aceptado. De igual manera, si la derecha se hubiera enrocado en sus principios, la izquierda nunca habría hablado con ella. La Constitución supuso un texto de gran valor histórico porque fue asumida por la mayoría. Era un pacto entre ganadores y perdedores de la Guerra Civil. Los hijos de los perdedores no acumulamos odio contra los ganadores, por eso pudimos forjar un texto constitucional que, por primera vez en nuestra Historia, no impusiera los pensamientos de media España sobre la otra media. Fue un texto basado en la concordia y eso tiene mucho mérito. Quienes dicen que la izquierda se moderó demasiado, hay que preguntarles qué habría de haber hecho. Si la izquierda se hubiera radicalizado, el pacto habría sido poco probable y, en todo caso, la Constitución resultante hubiera servido sólo para la mitad de los españoles. No era esto lo que buscábamos. Después de una historia tan convulsa, España necesitaba una Constitución hecha para todos, asumida tanto por la izquierda como por la derecha. Esa fue la gran obra de la Transición.
Alfonso Pinilla es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura. Autor de Golpe de Timón y El Laberinto del 23-F
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