Con sumo gusto
Mi primer Vuitton
La falsificación de productos de moda representa uno de los fenómenos más extendidos y persistente de la economía sumergida global. En España esta realidad ha alcanzado proporciones preocupantes

Prendas falsificadas de Burberry. / EL PERIÓDICO
Hablaba hace unos meses de los Cryptobró, como colectivo de jóvenes a la búsqueda de invertir y reinvertir sus cuatro duros, o los ahorros de sus padres, en activos de dudosa confianza. El fin de tan notable empresa no es el de vivir, si no el de hacerse ricos. La cosa no es solo no trabajar, y que ‘tu dinero trabaje por ti’, es que además quieren alcanzar un estatus económico alto, más o menos el de sus padres multiplicado por cien. ‘Masivo’, dicen ahora los flipaos. Cualquier aspirante a rico conoce una de sus primeras normas: para llegar a serlo debes empezar por parecerlo. Y es por todo esto que vemos pasear por los alrededores de los McDonald´s a grupitos de chavales con camisetas de D&G y Dior.
La falsificación de productos de moda representa uno de los fenómenos más extendidos y persistentes en la economía sumergida global. Esta práctica, consistente en la producción y comercialización no autorizada de bienes que imitan marcas registradas, afecta de forma significativa a sectores como el textil, el calzado o los complementos de lujo. En España, esta realidad ha alcanzado proporciones preocupantes, no solo por su impacto económico y jurídico, sino por la normalización social del consumo de estos productos.
La percepción del valor
Desde la perspectiva del consumidor, la adquisición de artículos falsificados plantea cuestiones relacionadas con la percepción del valor, la ética del consumo y la accesibilidad económica. A su vez, la industria legal sufre consecuencias directas en términos de pérdida de ingresos, deterioro de la imagen de marca y desincentivación de la innovación.
Las grandes marcas de lujo, como Hermés, por ejemplo, aunque denuncian esta industria, insisten en que a ellos no les causa pérdidas. Alegan siempre que una clienta que consuma sus bolsos, con un precio que va desde los pocos miles de euros hasta cantidades de auténtica fantasía, nunca va a consumir ese producto falsificado. Eso dicen las grandes marcas, pero yo no lo tendría tan claro en estos tiempos que corren, de ricos en camiseta y currantes de Chanel.
Disociación a la que aluden las marcas
Esta disociación a la que aluden las marcas, de que sus clientes no comprarían jamás a un mantero del paseo marítimo de Marbella, la están rompiendo los chavales de la generación z, es decir, los nacidos entre finales de los 90 y primeros de los 2000. Hay personas de clases medias que disfrutarían mucho con unas buenas gafas de Dior, pero les tira para atrás el hecho de que se de por sentado que son una falsificación, aunque no lo fueran. Sería el caso contrario al de las ricas que evitan al mantero o al proveedor asiático, porque ‘eso es de cutres’. Afortunadamente, al menos a criterio de este letrado de provincias, esa barrera psicológica de acceso está desapareciendo, y en parte gracias a los chales de veintipocos años.
Vaya por delante que no defiendo, ni muchísimo menos, la industria de las falsificaciones, al contrario. A diferencia de generaciones anteriores, muchos jóvenes de la Gen Z no ven la compra de imitaciones como algo vergonzoso, sino como una forma de protesta contra los precios elevados de las marcas de lujo. En redes sociales, algunos influencers exhiben con orgullo sus compras de productos falsificados y comparten enlaces para adquirirlos. Muchos lo ven como una protesta frente a los precios elevadísimos de los productos que les gustan, y otros simplemente como una compra inteligente. Creo que son un poco mas honestos los segundos. Cuando una generación entera se pone de acuerdo en que llevar falsificaciones no es algo negativo, y se le suma que las empresas perjudicadas son multinacionales con facturaciones cósmicas, ande yo de Prada y ríase la gente.
El mercadillo en Portugal
Y no, las grandes marcas no tienen razón cuando dicen que sus clientes no consumirían jamás falsificaciones. Hace como 25 años, viviendo yo en Badajoz, fuimos un amigo y yo a un mercadillo furtivo de falsificaciones que ponían a las afueras de algún pueblo de Portugal. Para la Jet Set pacense era ideal, porque no era muy conocido y había que conducir un ratito por Portugal, lo que garantizaba la discreción que requieren estos deslices. Parece ser que las falsificaciones eran tan buenas, que ni en España podían venderlos, ¿cómo no íbamos a ir?. De camino le comenté al amigo que fijo que habría bastante pijo portugués y español, y así fue. Esas Señoras que dicen los de Hermés que jamás comprarían falsificaciones allí estaban, comprando cazadoras de Ralph Laurent a 20 euros. Yo me compré una roja, con un color super saturado que ni el mas cortijero se pondría, y que nunca usé. Qué época mas bonita, éramos completamente imbéciles.
Esta rebelión que se ha sacado la Gen Z de la manga indudablemente tiene consecuencias para la industria de la moda, y no solo para las grandes firmas, sino también para distribuidores, tiendas y demás agentes del sector. La lectura positiva que le saco es que el paradigma ha cambiado: las marcas caras, sus falsificaciones, personas con alto poder adquisitivo, trabajadores, tiendas y mercadillos han hecho un totum revolutum en el que cada uno puede ir sin complejos con lo que le dé la gana, que el dedo acusador socioeconómico es cada vez más débil. Sobre esa vorágine de marcas y personas está tu cuñado con su Rolex, más falso que un duro de madera, pero que luce orgulloso en su brazo rodeando tus hombros, altanero pero entrañable.
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