El zaguán de las tradiciones
El hijo de la voz del pueblo: Manuel García Matos y la música que nació del alma (I)
Se sentaba con las mujeres mayores, con los pastores, con los niños que apenas sabían leer pero sabían cantar. Y escribía... No recogía canciones: recogía vidas

Fotografía del archivo de Carmen García-Matos, hija del músico, investigador y folklorista. / manuelgarciamatos.wordpress.com

Como cada tarde, cuando el reloj marcaba las cinco y el aroma del café con leche se mezclaba con la brisa del patio, el niño se sentaba a los pies de su abuela. Ella, con la calma de quien guarda muchas vidas en la memoria, rebuscaba entre papeles antiguos hasta dar con uno de esos libros que parecían más hechos de suspiros que de tinta.
—¿Ese libro también canta? —preguntó el niño.
Ella sonrió. Le acarició el pelo con una ternura cultivada a lo largo de generaciones y dejó caer los dedos sobre la tapa deslucida.
—Este guarda canciones —dijo—. Pero, sobre todo, guarda la historia de un hombre que supo escucharlas como nadie. Un extremeño como nosotros, con alma de viajero y corazón de plaza. Se llamaba Manuel García Matos. Aunque a mí me gusta llamarlo el padre del folklore.
El niño parpadeó, curioso. La abuela lo miró un instante antes de continuar, con esa cadencia de quien narra no solo con palabras, sino también con silencios.
Nació en Plasencia, una ciudad de piedra y música, de catedrales que parecen cantar cuando les da el sol. Corría el año 1912. España era otra, pero el canto ya estaba ahí, agazapado entre los muros, en los tendederos, en las gargantas anónimas de lavanderas y vendedores de plaza. Desde pequeño, en vez de jugar al escondite, él se quedaba quieto, con los ojos grandes y los oídos abiertos, atrapado por las melodías de la calle. Los mozos que rondaban al anochecer, las mujeres que tarareaban mientras cocinaban, los ecos de una copla en una romería... Todo eso se le metió tan dentro que ya nunca se fue.

El musicólogo placentino cuenta con su propio sello postal. / EL PERIÓDICO
Estudió música en Madrid. Aprendió a escribir lo que se canta de oído, a traducir el alma popular al pentagrama. Pero nunca abandonó su raíz. Al contrario: cuanto más sabía, más claro tenía su propósito. Se propuso lo que a muchos les habría parecido una locura: recoger la música del pueblo antes de que el tiempo la borrara.
No iba con grabadora, como hacen hoy algunos. Iba con un cuaderno, y con un oído que sabía distinguir entre un secreto y una canción. Viajó por caminos de tierra, cruzó veredas donde el polvo aún se pegaba al alma. Llegaba a los pueblos como quien regresa a casa, se sentaba con las mujeres mayores, con pastores, con los niños que apenas sabían leer pero sabían cantar. Y escribía. Con respeto. Con devoción. No recogía canciones: recogía vidas.
Sabía que en aquellas melodías estaba lo más valioso que teníamos. Lo nuestro no estaba en los teatros, decía, sino en los patios, en las cocinas, en los altares improvisados para los santos. Por eso fundó coros que cantaban como se canta en las bodas y en los duelos. Por eso publicó libros donde el aliento popular encontraba por fin lugar entre las letras. Dignificó lo que otros habían despreciado.
En uno de los libros, escrito con tinta azul ya desvaída, se leía:
«Soy la copla que se escapa
por la rendija del viento,
y en la voz de una pastora
se convierte en monumento».
El niño lo leía en voz baja, dejando que cada palabra le hiciera cosquillas en el pecho. No entendía todo, pero lo sentía suyo. Como si la melodía hubiera estado allí, en el patio, desde siempre.
No era famoso. No lo buscaban las cámaras. Muchos lo veían como un excéntrico, un hombre raro que preguntaba demasiado. Pero gracias a él, hoy sabemos cómo sonaban nuestras abuelas cuando eran niñas, qué cantaba un mozo de Segura cuando se iba de quintos, o qué melodía se entonaba para dormir a los niños en Las Villuercas. Reunió más de diez mil piezas. Diez mil paisajes en forma de canción.

Una de las publicaciones de García Matos. / manuelgarciamatos.wordpress.com
Y vino por aquí, claro. Extremadura fue su tierra madre y su gran inspiración. En sus pueblos encontró la pureza de una voz que no necesita escenario. En Las Hurdes, en el Ambroz, en La Vera... comprendió que aquí se canta por vivir, no por brillar.
El niño, con los ojos cerrados, imaginaba a aquel hombre medio alto, cuaderno en mano, caminando por una plaza polvorienta, deteniéndose junto a un pozo para escuchar a una mujer que, sin saberlo, estaba haciendo historia con su voz. Imaginaba la letra apurada, los ojos atentos, la sonrisa agradecida.
Todo eso está guardado. En libros, sí. En grabaciones antiguas, en partituras amarillentas. Pero sobre todo en la memoria viva de quienes aún cantan. Porque una canción no muere mientras alguien la recuerde.
La abuela lo sabía. Lo había visto tantas veces: una mujer que entona una copla mientras barre, un hombre que silba en la era sin saber que lleva siglos en la boca. La memoria popular es tozuda. Y bella.
El niño pidió copiar una de esas coplas para llevarla a clase. Su letra era torpe, sí, con ces como lunas y eles estiradas como notas de flauta, pero había algo en ese gesto que recordaba a otro niño, muchos años atrás, en Plasencia, copiando también los sonidos del mundo con la pasión de quien sabe que eso es importante.
La abuela, mientras lo observaba, recordó una anécdota. Contaban que don Manuel, cuando no podía dormir, se levantaba en la noche, encendía una vela y escribía melodías que le venían desde muy adentro. Decía que algunas canciones no se aprenden, sino que se recuerdan desde antes de nacer.

Otra publicación de García Matos. / manuelgarciamatos.wordpress.com
Y quizás era eso lo que el niño sentía. Una especie de certeza antigua, una voz que no era suya pero que lo habitaba. La luz de la tarde teñía la estancia de un dorado viejo, como si también el sol quisiera escuchar.
No todos lo entendieron. Ni todos lo apoyaron. Pero él siguió caminando, grabando, anotando. Sabía que, si no lo hacía, muchas de esas canciones desaparecerían como hojas llevadas por el río. Porque cuando un pueblo deja de cantar, deja también de contarse.
Y entonces, el niño preguntó si él también podría ser recolector de canciones. La abuela le respondió con una caricia y una frase que le quedó grabada para siempre:
—Tú ya lo eres, mi vida. Cada vez que escuchas con el corazón, cada vez que respetas una voz vieja, estás haciendo lo mismo que él.
Y en ese instante, entre el eco lejano de una copla en la calle y el aroma de un café que aún flotaba en el aire, el niño supo que acababa de heredar algo más que una historia: había heredado una forma de mirar el mundo.
—Hasta la semana que viene.
- Alonso Redondo es investigador y especialista en folklore extremeño
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