El zaguán de las tradiciones
El hijo de la voz del pueblo: Manuel García Matos y la música que nació del alma (II)
A lo largo de su vida recogió más de diez mil canciones. Gracias a él, voces que parecían perdidas quedaron guardadas para siempre

Fotografías del archivo de Carmen García-Matos, hija del músico, investigador y folklorista. / manuelgarciamatos.wordpress.com

Al día siguiente, el niño regresó al patio con el cuaderno bajo el brazo, listo para descubrir más. La abuela, como siempre, lo recibió con una sonrisa que parecía guardar mil secretos.
—¿Quieres que te cuente más de don Manuel, como la semana pasada? —preguntó ella, acomodándose en su mecedora y dejando el punto a un lado en un cesto de mimbre—. Hay mucho que saber de aquel hombre que, con un cuaderno y un oído inmenso, logró salvar el alma de un país entero.
El niño se sentó a sus pies, visiblemente ansioso.
—Como te dije, Don Manuel nació en Plasencia, pero su historia no se quedó en aquella ciudad de piedras antiguas y calles que susurran. Cuando era joven, dejó Extremadura para estudiar en Madrid, donde aprendió no solo música, sino también la disciplina y el arte de escribir lo que se canta, esa música que hasta entonces sólo vivía en el aire y en la memoria de la gente.
La abuela hizo una pausa, dejando que el niño imaginara a aquel joven con la mirada atenta, sentado en un aula, con el cuaderno sobre las rodillas.
—Pero él no se conformó con estudiar en la ciudad. Sabía que la verdadera música no estaba en las salas de conciertos, sino en los rincones más humildes de los pueblos. Por eso, cuando pudo, volvió a su tierra y comenzó a recorrerla a pie, escuchando. Iba a las casas, a las plazas, a las eras. Hablaba con la gente, preguntaba sin prisa, esperando a que las voces le regalaran sus canciones.

Obra cumbre del musicólogo, una recopilación monumental. / CEDIDA
El niño imaginó a don Manuel caminando bajo el sol, saludando con respeto a las mujeres que cantaban al lavar, a los pastores que entonaban sus viejas melodías con un viejo rabelillo.
—Él no usaba tantas grabadoras —continuó la abuela—. Su herramienta era la mirada, el oído y un cuaderno donde anotaba cada verso, cada nota, cada detalle que podía transformar en música escrita. Sabía que cada canción era un pedazo de vida, un testimonio que no debía perderse. Como aquella copla que recogió en Aldeanueva del Camino, que decía:
«Por verte, me voy al río, / aunque no sepa nadar; / si me ahogo, que me ahogue, / por verte una vez más».
La apuntó en su ‘Lírica Popular de la Alta Extremadura’, y ahí sigue, como si todavía la cantaran esta mañana.
El niño se quedó callado, dejando que las palabras lo envolvieran.
—A lo largo de su vida recogió más de diez mil canciones —dijo la abuela con un brillo en los ojos—. No solo extremeñas, sino de toda España. Gracias a él, esas voces que parecían perdidas quedaron guardadas para siempre. Fundó los extraordinarios Coros de Plasencia que cantaban con el alma del pueblo, publicó libros y trabajó para que la música popular fuera respetada y reconocida. Fue él quien transcribió aquellas canciones que se entonaban en las bodas y en los trabajos del campo, muchas de ellas ahora parte de la ‘Magna Antología del Folklore Musical de España’, esa obra que, si la abres, parece que canta sola.
El niño recordó entonces la frase que la abuela le había leído la tarde anterior, y la entendió mejor.
—¿Y qué pasó con esas canciones? —preguntó, con la curiosidad en el borde de la voz.
—Se quedaron vivas —respondió la abuela—. Porque una canción no muere mientras alguien la cante, mientras alguien la recuerde. Don Manuel lo sabía y por eso siguió caminando, anotando, incluso cuando algunos no entendían su locura.
La abuela prosiguió con una voz más seria, como quien cuenta la parte más dura de la historia:
—Como te he dicho, Don Manuel no solo recogió canciones. Fue autor de obras esenciales que aún hoy son referencia para quienes aman el folklore español. Publicó, entre otros, el trabajo ‘Lírica Popular de la Alta Extremadura’, donde puso negro sobre blanco la riqueza de la música de nuestra tierra: jotas, coplas, romances y cantares de trilla, algunos que solo sobrevivían en la memoria de las ancianas que los cantaban mientras lavaban en el río Jerte.
El niño se imaginó esas voces temblorosas, resistentes como las piedras.
—Fue también director del Instituto Español de Musicología, y gracias a su esfuerzo, la música tradicional empezó a ser estudiada con respeto en universidades y conservatorios. Su obra cumbre fue la ‘Magna Antología del Folklore Musical de España’, una recopilación monumental que recoge cantares desde Galicia hasta Andalucía, pasando por Extremadura, Castilla o Aragón. Incluye desde el canto de siega de Malpartida hasta una nana recogida en Cañaveral que decía:
«Duérmete, niño de amor, / que la luna te vigila, / y en el silencio del campo / hasta el olivo se inclina».
El niño asintió, fascinado con cada palabra.
—Pero la vida de don Manuel no fue fácil -continuó la abuela-. Vivió en tiempos difíciles, con guerras y cambios que a veces querían borrar todo lo que era distinto, todo lo que venía del pueblo. Hubo quienes no valoraron su trabajo o lo vieron como un extraño. Sin embargo, él nunca perdió la fe.
El niño notó entonces en la voz de la abuela un dejo de tristeza, y preguntó:
—¿Y qué pasó al final? ¿Murió cantando?
Ella sonrió, con esa mezcla de nostalgia y orgullo.
—Murió en 1974, cuando aún trabajaba y soñaba con más canciones por descubrir. En su casa de Madrid, rodeado de sus partituras y recuerdos. Pero su muerte no fue un final, sino un comienzo. Porque gracias a su legado, hoy podemos escuchar a nuestros abuelos, cantar esas coplas en fiestas y no perder nunca lo que somos.
El niño se quedó en silencio, imaginando a aquel hombre mayor, con el alma llena de canciones y el corazón abierto al mundo.
—Después de su muerte —dijo la abuela—, muchos continuaron su labor, y tú, mi niño, también formas parte de ese coro infinito. Porque como él decía, mientras haya alguien que cante, la historia nunca se perderá.
El niño sintió entonces que llevaba sobre sus hombros un regalo enorme y una responsabilidad hermosa.
—Abuela —dijo, con voz firme—, quiero seguir escuchando, aprendiendo y cantando. Quiero que las voces de aquí nunca se apaguen.
Ella lo abrazó fuerte.
—Ve, mi niño —le dijo al oído—. Y no dejes que el silencio le gane a las canciones.
El niño asintió, con el cuaderno bien apretado en las manos. Antes de cruzar el umbral, miró atrás una vez más.
—Mañana vuelvo, abuela.
—Aquí estaré —respondió ella—. Como las coplas: esperando ser cantada.
Y mientras el niño se alejaba, la abuela se quedó en la mecedora, tarareando bajito, como si tejiera con la voz…
- Muere Robe Iniesta a los 63 años, voz y alma de Extremoduro
- Extremadura concederá ayudas de hasta 14.000 euros para la rehabilitación de viviendas
- Extremadura abre el plazo para solicitar las ayudas de 40 euros al mes para estudiar inglés por las tardes
- La Junta no concreta el pago del 2,5% a los funcionarios, pero la subida de 2026 se abonará desde enero
- Una tesis reveló que 'Mayéutica' de Robe escondía una sinfonía secreta sobre el autoconocimiento
- ¿Llegará el PP a la mayoría absoluta en Extremadura? ¿Lo tiene todo perdido el PSOE? Las elecciones, en 6 gráficos
- Estas son las cinco mejores canciones de Robe Iniesta: leyenda absoluta de la música extremeña
- Extremadura siente la muerte de Robe Iniesta: 'Se va la rebeldía y el talento de Extremadura