Con sumo gusto
¿Crisis, qué crisis?
Cuando llegan los 40 queremos ‘vivir lo mismo, pero más guapos’. El objetivo es parecer de 30 para ligar con las de 25. Aquí es cuando la vergüenza ajena alcanza su máximo exponente

David Broncano. / EL PERIÓDICO
Los 40 son los nuevos 30; los 30 son los nuevos 20, y los 20 son los nuevos 10. O 12 como mucho. Nos asola una epidemia de salud mental de aúpa, de la que poco se habla —porque no interesa— que diría el bueno de tu cuñado Zoilo, pero no es el caso de la infantilización. Cuarentones aniñados con gorra de baseball hacia atrás, treintañeros en el parque con su Derby Motoreta y veinteañeros que les dan en casa Dalsy o Apiretal cuando se ponen malos.
Claro ejemplo de la infantilización de muchos señores es el presentador David Broncano. Reto al sagaz lector a hacer el siguiente experimento: sintonice el programa de David Broncano, en La 1 creo que lo echan, cierre los ojos e imagine que es un chaval de 16 años: tocar el bombo por que sí, preguntas bobas como cuánto dinero tiene el invitado, reflexiones absurdas o infantiles… Es como si el programa lo dirigiera un post adolescente. Eso en efecto es un guion, porque Broncano es un excelente presentador y hace o dice lo que demanda su público, pero refleja muy bien que entre los 30 y los 50 muchos se han, o nos hemos, apalancado en el forever young. Ya escucho el crepitar de antorchas acercándose a mis aposentos, por lo que hoy no hablaré de los niños grandes. Hoy escribiré sobre la crisis de los 40, que algo tendrá que ver, supongo.
El carné de moto
Tengo 43 años, como el licor 43, y llevo unos 3 años con ganas de sacarme el dichoso carné de moto. ¿Casualidad?, no lo creo. Hay dos momentos en la vida de todo hombre en los que desea una moto, aquellos que la han deseado: con 16 años y con 40. ¿Acaso la crisis de los 40 es una segunda adolescencia? Podría ser.
A medio camino entre la nostalgia (vade retro, satanás), el miedo al envejecimiento y el espejismo de la reinvención personal, los cuarentañeros contemporáneos compramos más, gastamos peor y a menudo damos algo de vergüenza ajena. Somos los jodidos Navy Seals de las compras emocionales; el Afrika Korps del milanuncios.
Volviendo a la motillo, tengo una Yamaha de 125 que es como una bicicletina, solo me ha faltado echarla por encima de un cercado. Habida cuenta de la hipertrofia muscular que me caracteriza, dicen por ahí que en la moto parezco una persona normal montada en una mini moto. ¿Y ahora por qué quiero una moto grande? ¿para sentir el viento de la libertad en mi sutil cabello? No, para subirme los atributos: +3 al atractivo, +5 al interesante y +3 al mojo. ¿Qué queríamos cuando teníamos 16 años? Ligar. Pues eso.
Gimnasios boutique, nutricionistas holísticos, batidos detox, meditación guiada con sonido de ballenas. La promesa no es estar sano, sino parecer de 30. No se trata de vivir más, sino de postergar la decrepitud estética. El cuarentón es ahora presa fácil de una industria fitness que huele a desesperación y vende ilusión en shots de jengibre a precio de Black Label.
Tender a cuidarse más
Bien es cierto, y por suerte, que la población en general tiende a cuidarse más. Con la finalidad de vivir más y mejor los hábitos de alimentación y ejercicio son cada vez mejores entre gran parte de la ciudadanía. Cuando llegan los 40 le damos un twist al lema, y queremos ‘vivir lo mismo, pero mas guapos’: suplementos alimenticios, blanqueamientos dentales, rayos UV... El objetivo es parecer de 30 para ligar con las de 25. Aquí es cuando la vergüenza ajena alcanza su máximo exponente en algunos ejemplares con crisis aguda.
El habitual lector de este espacio de El Periódico Extremadura es sabedor de la alergia que me genera la nostalgia como sentimiento, pero en este episodio es menester mencionarla. Casetes, la Super Nintendo, zapatillas Reebok Pump, reediciones de perfumes noventeros que olían a rayos, y ahora huelen a rayos con agua. El mercado vende pasado para anestesiar el presente (spoiler). El cuarentón que padece la crisis tiende a ser nostálgico: quiere volver a cuando no tenía responsabilidades. Pero ahora tiene un sueldo, y la industria sabe que la añoranza convierte en oro hasta una caja con las 7 bolas de dragón, que sórdidamente acaricio mientras escribo estas líneas.
Quizá seamos eso los cuarentones en crisis: post adolescentes sin el tiempo que teníamos, pero con el dinero que no teníamos. La ecuación es perfecta para el mercado: impulsivos, nostálgicos y con cash. Aquello que a los 16 era capricho inalcanzable, hoy es compra compulsiva justificada con frases tipo «me lo he ganado» o «la vida son dos días». Gracias, Broncano, por llenar las webs de segunda mano de motos, chupas de cuero y mega drives con el Ecco the Dolphin.
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