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Cómo vestir sin dañar el futuro

A.1.4.#Tirandodelhilo: la industria textil al descubierto

La industria de la moda rápida genera jornadas esclavizantes en países sin recursos.

La industria de la moda rápida genera jornadas esclavizantes en países sin recursos. / EFE

Ana Belén Pérez García

Comprar ropa es un acto que el ser humano ha naturalizado por completo en las últimas décadas. Aquellos pequeños comercios de arreglos de ropa parecen algo ya olvidado y casi extinto en las calles de unas ciudades llenas de grandes cadenas de ‘fast fashion’ por cualquier lado. Pero, ¿quién va a querer reparar una prenda producida para ser efímera?

Para los que aún no estén muy familiarizadon con el concepto de tener que diferenciar un tipo de ropa según su método de producción, el ‘fast fashion’ o moda rápida es un modelo de negocio basado en la producción de grandes volúmenes en cadena y constante flujo, bajo condiciones laborales precarias y explotadoras, abusos de los derechos humanos y salarios esclavistas, que consume recursos naturales limitados y no permite a la tierra tiempo para regenerarse. Este sistema induce una constante alienación de nuestras necesidades para poder permitir la continuidad de un sistema frenético de «usar y tirar», ya que estos productos siguen tanto la obsolescencia programada debido a su (escasa) calidad como la psicológica que nos imponen las tendencias fugaces.

Este sistema induce una constante alienación de nuestras necesidades para poder permitir la continuidad de un sistema frenético de 'usar y tirar'

Confeccionar una prenda conlleva conocimientos de diseño, patronaje, costura, manufactura de la materia prima, transporte…, y mucho tiempo y esfuerzo. Si tuviésemos que calcular las horas y pagarlas justamente, una prenda no podría costar el precio que generalmente vemos en este tipo de negocios.

El 24 de abril de 2013 se produjo el colapso del complejo textil «Rana Plaza» en Dacca (Bangladesh), donde murieron 1134 personas y otras 2437 resultaron heridas. Es aquí donde comienza la lucha que lleva ya más de una década reuniendo a asociaciones, entidades y campañas de recogidas de firmas para mejorar y asegurar un trabajo digno, legislación y seguridad para las personas que confeccionan la ropa que occidente consume.

75 horas de trabajo semanales

Estas condiciones de trabajo vulneran los Derechos Humanos, con jornadas laborales de 75 horas de trabajo semanales, sin salario mínimo y/o pagos por prenda confeccionada, horas extra sin pagar justificándose en las pérdidas económicas de la empresa por la presión de las grandes multinacionales, como ocurrió durante el COVID-19, sin condiciones de seguridad ni salidas de emergencia en los espacios de trabajo, falta de transparencia en la cadena de suministro, en la producción y en los informes de las grandes empresas, lo cual dificulta poder mejorar su situación. No estamos hablando de personas que trabajen por libre elección, sino por la completa necesidad de sobrevivir.

En esta situación se dan abusos, violencia e incluso violaciones a trabajadoras y una gran falta de reparación, justicia o ayuda para las víctimas. Más de la mitad de estas personas son mujeres, mayormente jóvenes y migrantes, quienes sufren violencia y presión no sólo por vivir esta realidad sino también por tener que conciliar la vida familiar y el hogar. Las mujeres cobran menos por trabajos del mismo valor y es más habitual que trabajen en exceso e incluso que acepten trabajos al margen de las empresas para poder ganar más dinero.

Desde niños

Niños y niñas son utilizados también para la confección y poder así aportar algo más de dinero a sus familias, lo cual atenta contra los Derechos Humanos y de la infancia. Una investigación en las fábricas de Bangladesh por parte del Centro de Solidaridad de las Trabajadoras de Bangladesh (BCWS) y FEMNET, concluye que el 75% de las más de 600 personas entrevistadas afirmaron haber experimentado violencia de género en las fábricas y, entre ellas, un 75% son víctimas de acoso sexual de manera habitual.

En países como Camboya, Bangladesh o Vietnam, los sindicatos son reprimidos o incluso prohibidos y sus líderes perseguidos, como el asesinato de Shahidul Islam, dirigente sindical de la Federación de Trabajadores de la Confección y la Industria de Bangladesh (BGIWF) en 2023. Generalmente, las mujeres no tienen permitido participar en las asambleas ni en los sindicatos.

El 75% de las más de 600 personas entrevistadas afirmaron haber experimentado violencia de género en las fábricas y, entre ellas, un 75% son víctimas de acoso sexual

Numerosas asociaciones y campañas como Clean Clothes Campaign, Carro de Combate, Who made my clothes de Fashion Revolution y GreenPeace exigen a las marcas transparencia, salarios dignos y protocolos eficaces contra el acoso en las fábricas, mientras se reclama a las instituciones una legislación de diligencia debida en derechos humanos y con perspectiva de género. Por parte de las grandes empresas no hay transparencia en sus informes de Responsabilidad Social Corporativa, y aunque existen normativas por parte de los países de producción no se aplican realmente.

Más allá de toda burocracia y legislación, que ya llevan muchos años de retraso y de falta de eficiencia, está en nuestras manos y en nuestro bolsillo la elección de no poner nuestro dinero al servicio del sufrimiento ajeno. No aceptar, permitir o fomentar para otras personas lo que no aceptaríamos para nosotros mismos. Existen alternativas de consumo éticas y sostenibles para las personas y el medioambiente, que están más cerca del consumo textil de antaño que de innovaciones futuristas.

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