Badajoz, agosto de 1936
"Los fascistas asesinan a la población de Badajoz" (II)
En realidad, los asesinos de miles de hombres y mujeres en Badajoz no disimularon su crueldad. Mataron de madrugada, mataron a la luz del día, encargándose sus propios jefes de publicitar el horror

Fotografía de un grupo de pacenses con las manos en alto al encontrarse con un grupo de sublevados.
Justo Vila
Las matanzas del verano de 1936 en Badajoz fueron dadas a conocer al mundo entero por los periodistas que entraron en la ciudad desde Portugal en la mañana del día 15 de agosto: Jacques Berthet, del Temps, Marcel Dany, de la agencia Havas, y Mario Neves, del 'Diario de Lisboa', cruzaron el Guadiana por el Puente de Palmas, viniendo de la frontera de Caya, sólo unas horas después de la caída de la plaza fuerte en manos de Yagüe. Posteriormente, el 23 de agosto, llegó a la ciudad el periodista Jay Allen.
El domingo 16 de agosto los periódicos franceses Le Populaire, Le Fígaro y Paris-Soir dan cuenta de las masacres de Badajoz. Le Populaire abre en primera página con este titular: “Los fascistas asesinan a la población de Badajoz”. Este periódico tenía la información del corresponsal de la agencia Havas. En este mismo sentido telegrafían los demás corresponsales, en cuyos diarios se pudo leer aquel día: “La sangre corre por las aceras”. “Los legionarios y los moros siguen ejecutando en masa”. “El número de víctimas, incluidos mujeres y ancianos, es innumerable”. “Los cadáveres cubren el suelo”… Días después, el 30 de agosto, fue publicada la descripción de la masacre de Jay Allen en el 'Chicago Tribune'. Allen, que fue el primer corresponsal que consiguió entrevistar a Franco, habla de 4.000 asesinados, sólo en aquellos días de agosto. Luego se siguió matando durante todo el verano, todo el treinta y seis y los años que siguieron; calculándose en no menos de nueve mil el número de asesinados en el conjunto de la provincia pacense (el proyecto de recuperación de la memoria histórica en el que en su momento intervinieron la Universidad, la Junta, las Diputaciones y Asociaciones de recuperación de la memoria histórica, manejaron en su momento, con nombre y apellidos, en torno a las doce mil víctimas en la región.
En realidad, los asesinos de miles de hombres y mujeres en Badajoz no disimularon su crueldad. Mataron de madrugada, mataron a la luz del día, encargándose sus propios jefes de publicitar el horror. La práctica indiscriminada del terror, como no me cansaré de repetir, formaba parte de una guerra psicológica que tenía un fin muy claro: paralizar al pueblo español, debilitar la resistencia que se esperaba. Distinta fue la reacción que se produjo al otro lado de los Pirineos y una vez cruzado el Atlántico, donde la opinión pública, alertada por la prensa, condena, sin paliativos, las atrocidades cometidas por los fascistas en la ciudad de Badajoz.
Los rebeldes, que ya empezaban a hablar de cruzada, cambian entonces sus prácticas propagandísticas. El jefe de prensa de los sublevados, el capitán Bolín, organiza una campaña de acoso sobre los corresponsales extranjeros, que lleva a algunos a la cárcel y a la expulsión del país (René Bru, autor de algunas de las escalofriantes imágenes que dieron la vuelta al mundo fue uno de ellos). Desde entonces, la propaganda fascista ya no parará. Los apologistas de Franco vociferan en todo el mundo que las matanzas de republicanos en Badajoz eran un mito. La “fuente” de la que beben casi todos ellos es el comandante McNeill-Moss, que considera que el “mito” se basó en cuatro artículos periodísticos: un despacho de Reynolds Packard; un artículo del Temps publicado en París, firmado por Jacques Berthet; un artículo de la Agencia Havas publicado en París, en el Populaire, firmado por Marcel Dany, y un artículo del rotativo portugués Diario de Lisboa, firmado por Mario Neves. McNeill-Moss y sus seguidores pensaban que desacreditando a estos periodistas podrían refutar o al menos suavizar la Matanza de Badajoz.
El principal método de McNeill-Moss para invalidar las crónicas de los dos franceses consiste en citar el reportaje del corresponsal portugués que los acompañaba, Mario Neves, del vespertino 'Diario de Lisboa'. Así, escribió que Neves cuenta “una historia muy diferente” y reproduce sólo fragmentos del artículo que el portugués fechó en Caya el 15 de agosto. Moss no tiene escrúpulos en censurar esta primera crónica de Neves y en ignorar completamente las que envió a su periódico al día siguiente por la mañana y a mediodía, en las que describe tales escenas de desolación y de horror que confesó no olvidaría mientras viviera. Estos relatos, los del día 16 de agosto, confirman por partida doble todos los detalles sangrientos de los despachos de los corresponsales franceses que le acompañaban: ”Desde ayer han perdido la vida en la capital extremeña centenares de personas”. “El foso de la ciudad está abarrotado de cadáveres. Son los que han sido fusilados esta mañana”.
Yo conocí hace más de 40 años años al periodista portugués Mario Neves. Hablamos largo y tendido sobre las matanzas de Badajoz, y siempre confirmó, horrorizado, lo que aquí había sucedido. Una tarde, al pie de unos cafés, le hablé del comandante MacNeil Moss y de su folleto 'La leyenda de Badajoz', que desmentía los relatos de Jacques Berthet y Marcel Dany, utilizando para ello una de sus crónicas. Entonces yo no conocía todavía la serie de Neves al completo, pues uno de sus artículos había sido censurado por la dictadura de Salazar en su totalidad, después de estar el periódico en máquinas. Mario Neves en persona refutó 'La leyenda de Badajoz' de MacNeil Moss, punto por punto (luego lo hizo en su libro 'La matanza de Badajoz'), ratificando de una vez por todas lo publicado por los otros corresponsales extranjeros.
Mario Neves entrevistó al propio teniente coronel Yagüe el día 15 de agosto en un despacho del ayuntamiento de Badajoz. Le preguntó por el número de fusilados. “Hay quien habla de 2.000”, señaló Neves. “No deben de ser tantos…”, dijo el militar, “pero con un aire de suficiencia, de perfecta confirmación de que podía ser posible”. La entrevista se celebró a las once de la mañana, es decir, apenas quince horas después de que Yagüe entrara en la ciudad (los fusilamientos en masa no habían hecho nada más que empezar).
Poco después de salir de Badajoz en dirección a Madrid, Yagüe fue entrevistado por Jhon T. Whitaker, que le preguntó si era verdad que habían sido fusiladas en esta ciudad miles de personas. La respuesta de Yagüe no deja lugar a dudas: “Naturalmente que las hemos matado. ¿Qué suponía usted? ¿Iba a llevar cuatro mil rojos prisioneros en mi columna, teniendo que avanzar contra reloj? ¿O iba a dejarlos en la retaguardia para que Badajoz fuera rojo otra vez?”
El folleto de McNeill-Moss, como trabajo de investigación es una auténtica chapuza (no resiste un mínimo examen), pero como punta de lanza de una gigantesca operación propagandística fue todo un éxito. Incluso hoy, aunque parezca increíble por la contundencia de la información existente, hay escritores poco escrupulosos que, confundiendo la ciencia histórica con lo que es simple propaganda, siguen al pie de la letra las consignas del panfleto de McNeill-Moss para negar lo que ningún historiador serio pone ya en duda.
En cualquier caso, es un fraude presentar como trabajo de investigación lo que es una simple recopilación de insensateces, por llamarlo de una forma suave. Para su desgracia, para desgracia de los seguidores de McNell-Moss y compañía, la verdad se ha abierto paso, proclamando a todos los vientos cómo se realizó la conquista de España por las fuerzas de Franco.
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