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Angelita Capdevielle: custodia viva de las canciones de Extremadura

Una imagen de la investigadora, al piano.

Una imagen de la investigadora, al piano. / Museo Casa Pedrilla

Alonso Redondo

Alonso Redondo

Cáceres

Aquella tarde, el niño llegó corriendo por el patio, con el cuaderno bajo el brazo y la cabeza llena de preguntas. Había oído hablar de Doña Angelita Capdevielle Borrella en la biblioteca del pueblo, pero quería conocer la historia que no se contaba en los libros.

La abuela se abanicaba bajo la parra, mientras un rayo de sol se filtraba entre las hojas y dibujaba sombras sobre la mesa de chapa blanca como recién pintada. Sobre ella, un platino con hijos recogidos por la mañana, con la fresca y un botijo lleno de agua con una fundita de ganchillo para evitar que se colara algún mosquito del verano.

—Abuela, ¿quién fue Doña Angelita? —preguntó metiéndose un higo en la boca, como si se lo fueran a quitar.

La abuela lo miró con algo de resignación, pero sonrió y presta respondió:

—Hijo, Doña Angelita no fue una mujer cualquiera. Fue una investigadora y guardiana de nuestra memoria. Recorrió los pueblos de Cáceres recogiendo canciones, romances, coplas y cuentos que las abuelas, los pastores, los artesanos y los niños guardaban en la voz y en el corazón. Su trabajo es como un puente entre nuestra tierra y las voces que la habitaron hace años.

El niño se sentó y abrió su cuaderno, listo para escuchar la historia verdadera.

—¿Yqué tipo de canciones recogía?

—De todo un poco, hijo —dijo la abuela—. Canciones de trabajo, de cuna, romances antiguos, coplas amorosas, burlescas, satíricas… Todo lo que se cantaba en las plazas, en los corrales, en los fogones, incluso al borde del río mientras las mujeres lavaban la ropa. Por ejemplo, en Malpartida de Cáceres anotó esta copla de cuna:

«Duérmete, niño, que la luna vigila,

y en su luz clara la noche brilla»

—¿Y cómo hacía para encontrarlas? —preguntó el niño, fascinado.

—Con paciencia y respeto; Doña Angelita tenía su propio oído. Se sentaba con las personas, las escuchaba con atención y anotaba cada palabra, cada giro del habla, cada silencio. Muchas veces pasaba horas en los pueblos más pequeños, como Hervás, Trujillo, Valencia de Alcántara o Guijo de Granadilla, hasta que la canción salía completa.

Otra imagen de Angelita Capdevielle.

Otra imagen de Angelita Capdevielle. / Museo Casa Pedrilla

—¿Y cómo sabía que eran importantes?

—Porque oía con el oído, pero escuchaba con el corazón, hijo. Cada canción decía algo sobre la vida del pueblo, sobre sus costumbres, sus amores, sus penas.

—¿Y qué hacía con esas canciones?

—Las recopilaba en cuadernos y archivos, hijo. Algunas las publicó, otras se quedaron en las hojas amarillentas de sus apuntes. Creó un archivo de tradición oral en Cáceres que sigue siendo referencia hoy, y gracias a su esfuerzo, estas canciones no se han perdido. Incluso organizaba variantes de un mismo tema, para mostrar cómo cambiaban según la familia o el pueblo.

El niño abrió los ojos con asombro... —¿Entonces aún se pueden escuchar?

—Sí, hijo —respondió la abuela—. Algunas en grabaciones, otras en archivos escritos, y muchas siguen vivas en quienes las cantan hoy. Como esta que recogió en Hervás:

«El hilo une lo que la voz separa,

y en cada puntada, la memoria se aclara»

—¿Y no se cansaba, abuela?

—Imagina, hijo. A veces recorría varios pueblos en un solo día, tomando notas, preguntando, escuchando. Dormía poco y caminaba mucho, pero nunca se quejaba. Sabía que cada canción era un tesoro y que si no se recogía, podía perderse para siempre. Y lo hacía con humildad, sin buscar reconocimiento alguno, como se hacen las cosas de verdad.

—¿Y qué más descubrió?

—Muchas cosas —dijo la abuela, con una chispa en los ojos—. Canciones que hablaban de bodas, del trabajo en el campo, de los días de fiesta, de amores imposibles, de milagros y santos, y hasta de bromas y críticas disfrazadas de humor. Cada canción era un reflejo del alma del pueblo.

—¿Lo entiendes? —

—Sí, abuela —respondió él, apoyando los codos en la mesa—. Quiero saber cómo recorría todos esos pueblos y qué encontraba allí.

—Pues verás, hijo —empezó la abuela—, Doña Angelita tenía un espíritu incansable. Se levantaba antes del amanecer, y a veces tomaba el tren o la carreta, otras veces caminaba kilómetros por caminos polvorientos solo para llegar a un pueblo pequeño donde se decía que alguien todavía recordaba canciones antiguas.

—Abuela, ¿y cómo sabía a quién preguntar?

—Ella tenía un oído especial —dijo la abuela—. Observaba, escuchaba rumores, y preguntaba a los niños, a los pastores, a las abuelas y a los artesanos. Todos sabían que podían confiar en ella. Muchas veces la dejaban entrar en la cocina mientras se cocinaba, o se sentaba con ellos en los bancos de la plaza. En Madroñera, por ejemplo, recogió una copla que hablaba de la vendimia:

«Las uvas caen, la cesta espera,

el sol se esconde y la sombra impera»

—¿Solo coplas de trabajo? —preguntó el niño.

—No, hijo —rió la abuela—. También anotaba canciones de juego, de amor, de santos, de fiestas y hasta de bromas pesadas.

—¿Siempre lo escribía todo? —preguntó el niño, fascinado.

—Siempre —afirmó la abuela—. Cada palabra, cada giro del lenguaje, cada acento local. Era tan meticulosa que incluso anotaba cómo el viento o el río afectaban la manera de cantar.

—¿Y qué hacía después con todas esas canciones?

—Las clasificaba y organizaba —explicó la abuela—. Por temas, por pueblos, por variantes. Creaba verdaderos mapas de la tradición oral.

Portada de su cancionero.

Portada de su cancionero. / CEDIDA

El niño escribió rápido, queriendo no perder ni una palabra.

—¿Y descubría secretos de la gente? —preguntó con curiosidad infantil.

—Sí, hijo —dijo la abuela, bajando la voz como para compartir un misterio—. Descubrió que muchas canciones eran como espejos: reflejaban la vida de cada pueblo. Por ejemplo, en Guijo de Granadilla escuchó a un pastor cantar sobre la soledad del campo:

«Solo en la loma escucho mi voz,

y en cada eco encuentro mi razón»

—¡Qué valiente! —exclamó el niño—. ¿Nunca se cansaba?

—A veces —admitió la abuela—, pero su pasión por la tradición oral era más fuerte que el cansancio. Sabía que cada canción podía desaparecer si no se recogía. Por eso, en pueblos muy pequeños, incluso en casas aisladas, se sentaba pacientemente a escuchar y a escribir, siempre con respeto y cariño.

—Abuela, ¿y todavía podemos escucharlas hoy?

—Sí, hijo —dijo ella—. En 1969 se publicó su obra máxima, ‘Cancionero de Cáceres y su Provincia’. Algunas están en este cancionero y otras en archivos y grabaciones. Y recuerda, su manera de trabajar sirvió de ejemplo a muchos, mostrando que el rigor y la sensibilidad pueden ir de la mano.

El niño cerró su cuaderno, pero no su mente.

—Gracias, abuela. Hoy he aprendido que la historia más grande no siempre se escribe: a veces se canta, a veces se guarda, y a veces una mujer como Doña Angelita la conserva para que todos podamos escucharla.

La abuela asintió, con una sonrisa tranquila:

—Exacto, hijo. Cada canción tiene un pedacito de alma, y cada oído que la escucha la hace vivir un poco más. Y tú, si escuchas con cuidado y escribes lo que escuchas, podrás ayudar a que nunca se pierda.n

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