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Consecuencias de las llamas

Los días después en Jarilla: pérdidas de agua, gargantas naturales quemadas y el tesoro de su sierra arrasado

Desde el ayuntamiento trabajan estos días en la reconstrucción de las infraestructuras y reclaman ayuda a las administraciones: "Los pueblos pequeños tenemos recursos limitados y necesitamos manos. Si no, no salimos de esta"

Los días después de Jarilla: "Las gargantas y las gomas que llegaban a los desagües de las casas se han perdido, está todo quemado"

Jorge Valiente

Rocío Muñoz

Rocío Muñoz

Jarilla

Jarilla, con apenas 140 habitantes, es un pequeño tesoro del norte de Cáceres. Sus casas de piedra, balcones de madera y callejuelas conservan la esencia tradicional extremeña, mientras en su sierra se abren valles y gargantas rodeados de robledales, encinares y frutales que cambian de color con las estaciones. Ahora, gran parte de este paraje natural ha quedado reducido a cenizas.

Aún se aprecian troncos humeantes y, de vez en cuando, fresnos y encinares siguen doblegándose sobre las sendas naturales que rodean el pueblo. Por eso, los vecinos trabajan cada día desde que el fuego se apagó para tratar de reconstruir su pequeño tesoro.

"Poco a poco"

"Estamos intentando volver a la normalidad, arreglando las gomas de la vía pública que llegan a los desagües de las casas y que se han quemado al estar al descubierto. Eso ha hecho que perdamos muchísima agua. También estamos quitando todas las ramas de los olivos y los árboles que se han caído… poco a poco", cuenta el alcalde, Ángel Peña.

Tiznado de negro, lamenta que "se ha quemado todo el término, aquí ya no hay color, salvo algún pequeño trozo junto a la carretera". Desde el pico Cabeza del Santo, en la cima de la localidad, la sierra está bañada por dos gargantas naturales que lucen arrasadas.

Dos gargantas arrasadas

Una es la Perdida, que discurre entre bosques de alcornoques y encinas en paralelo a la ruta senderista que lleva a Piedras Labradas, un templo romano con vistas a Trasierra que también ha sufrido graves daños. La otra es la garganta Cabera, un arroyo que bordea el término municipal y que se encuentra junto a la presa del embalse local. Ambas desembocan en el río Ambroz y están calcinadas.

El sendero que conduce hacia estos restos romanos también ha quedado devastado. "Los bloques de piedra se han salvado en parte, pero todo el pasto que les rodea se ha perdido", subraya Peña.

El fuego también se ha llevado casas de campo, naves ganaderas, alpacas guardadas para el invierno y el pasto de la dehesa. Por eso, desde el Ayuntamiento reclaman ayuda a las administraciones: "Si no, no salimos de esta, porque los pueblos pequeños tenemos recursos limitados y necesitamos manos".

El reto de la reestructuración se acentúa en este municipio porque la mayoría de los vecinos son mayores. En la puerta de una casa, tres mujeres comentan lo ocurrido. Es el tema que marcará al pueblo durante meses.

La fuerza de los mayores

Celestina Manzano asegura sentirse algo más tranquila, pero "con mucha pena. Desde fuera no se entiende igual". Le preocupa, además, el riesgo de lluvias torrenciales: "Tengo miedo de que caiga una tromba de agua, porque se puede llevar el pueblo por delante, y como no dejan limpiar las gargantas…".

A su lado, Teodora Iglesias respira aliviada: "Aunque quedan troncos echando humo, ya da igual. Está todo arrasado y no hay peligro de que vuelva a arder". Teme especialmente por los árboles de la zona, que continúan desplomándose. "Hay que andar con mucho cuidado cuando paseas por los caminos".

Recuerda con nitidez el momento del incendio y considera que la hora jugó una mala pasada. "Se echó la noche encima y los aviones no pudieron volar. Si hubiese sido a las siete de la mañana, quizá no se hubiera dejado avanzar tanto. El pueblo otras veces ha apagado sus propios incendios en la dehesa, pero esta vez era imposible. No se veía el camino y no se podía llegar en coche".

La ola de incendios: "Madre, ese es nuevo"

Isabel Granado, que asiente con la cabeza, cuenta cómo lo vivió. "Vi caer el rayo y la bola de fuego que salió hacia arriba. Estaba con dos amigos y fuimos los primeros en llamar al 112, porque al principio confundían este incendio con el de Cuacos de Yuste. Les dijimos que era en la sierra de Jarilla y la respuesta fue: Madre, ese es nuevo".

Días después, cuando el fuego ya estaba controlado y avanzaba hacia el Valle del Ambroz y el Jerte, habló con un bombero. "Me dijo que tuvieron que echarle valor para salvar al pueblo del monstruo que venía", concluye.

Donde antes reinaba el verde hoy quedan cicatrices, pero Jarilla no se rinde. Entre gargantas, encinares y balcones de madera, el pueblo confía en que la vida vuelva a brotar, pero no quieren esperar solos. Reclaman apoyo para reconstruir su entorno y mantener vivo un pueblo que, pese a las heridas, seguirá luchando por reconstruir su pequeño tesoro.

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