El zaguán de las tradiciones
Magdalena Rodríguez Mata: El cancionero perdido de Extremadura
Las mujeres también fueron protagonistas del folklore, aunque muchas quedaron invisibles por la falta de reconocimiento

Partitura manuscrita del cancionero perdido de Magdalena Rodríguez, que hasta hoy sigue sin aparecer al completo. / CEDIDA
Aquella tarde de finales de verano, el niño bajó corriendo del doblado con un cuaderno viejo en las manos. Las tapas estaban gastadas y el polvo le había dejado un cerco gris en los dedos. Al llegar al patio, donde la abuela descansaba bajo la parra, agitó el hallazgo como si fuera un trofeo.
—¡Mira, abuela! —exclamó—. He encontrado un cuaderno que dice ‘Cancionero’. ¿Sabes de quién será?
La mujer, con el abanico en una mano y el vaso de agua fresca en la otra, lo observó con una mezcla de ternura y gravedad. Tras un silencio, respondió:
—Ese título me recuerda a Magdalena Rodríguez Mata, una mujer que dedicó su vida a recoger la música del pueblo, pero cuyo gran cancionero se perdió con el tiempo.
El niño se acomodó a su lado, con el lápiz preparado en su libreta de deberes. Tenía el gesto serio, como si de pronto hubiera comprendido que estaba a punto de escuchar una historia importante.
Una vida dedicada a enseñar y escuchar
—Magdalena nació hacia 1899, en una familia donde la educación tenía peso. Se formó como maestra en la Escuela Normal de Córdoba y, con mucho esfuerzo, consiguió seguir estudiando en Madrid. En 1935, el Ministerio de Instrucción Pública le autorizó a matricularse en la Facultad de Filosofía y Letras para cursar Pedagogía, un campo entonces reservado casi por completo a los hombres.
—¿Y qué tiene que ver eso con la música, abuela? —interrumpió el niño.
—Mucho, hijo. En aquella época, los estudios de pedagogía y filología se cruzaban con la investigación folklórica. El Centro de Estudios Históricos, fundado por Ramón Menéndez Pidal, había creado una sección de Folklore que enviaba investigadores a los pueblos para recoger romances, coplas y canciones. Magdalena, con su oído fino y su sensibilidad, se integró en esas redes; eran las llamadas misiones pedagógicas.
—¿Y viajó por Extremadura?
—Sí. Recorrió pueblos de Cáceres y Badajoz, desde La Vera hasta la Serena, anotando canciones de cuna, cantares de siega, romances de bodas, coplas humorísticas y hasta juegos infantiles. Se dice que llegó aquí por un traslado de trabajo de su hermano, pero nada es preciso. Escuchaba en los patios, en las cocinas, en las eras al caer la tarde. No se limitaba a copiar las letras: también recogía las melodías, las variantes, los giros dialectales y las circunstancias en que se cantaban.
El niño escribió con rapidez: coplas, melodías, variantes.
—¿Cómo lo hacía, abuela?
—Con paciencia y respeto. Llevaba siempre consigo un cuaderno, y a veces un pequeño aparato de grabar, aunque eran caros y difíciles de transportar. Pero sobre todo llevaba una actitud humilde. La gente confiaba en ella porque no se reía de sus acentos ni de sus historias. Era consciente de que cada canción era un fragmento de la memoria colectiva.
El cancionero perdido
El niño levantó la vista, intrigado.
—¿Y qué pasó con ese cuaderno?
La abuela frunció el ceño, como si le doliera recordar.
—Magdalena logró reunir lo que se llamó un ‘Cancionero extremeño completo’; lo que podría haber sido el primer cancionero extremeño de música tradicional, ya que estaría escrito tres años antes que el de Bonifacio Gil (sin contar la recopilación del folklore bético–extremeño del folklore frexnense). Así lo mencionó el propio Menéndez Pidal, que valoraba su labor como ejemplar. Pero ese cancionero nunca se publicó. Algunas libretas se dispersaron en mudanzas, otras se perdieron en el exilio, y con el tiempo se fue borrando de la memoria. Hoy, los pocos estudiosos que lo conocen, lo llaman «el cancionero perdido de Extremadura».
—¡Qué injusticia! —exclamó el niño.
—Más injusto aún —añadió la abuela— es que alguien publicó parte de su trabajo sin citarla, cambiando textos y presentándolos como propios. Así lo explicó hace poco la catedrática Matilde Olarte en una conferencia. Ella reivindicó que Magdalena fue «la primera mujer en imprimir un cancionero extremeño», aunque el reconocimiento se lo llevara otro.
El niño apretó los labios, indignado.
—Entonces… ¿la olvidaron?
—En parte sí. Los grandes nombres, como el de Manuel García Matos, que publicó en 1951 su ‘Lírica popular de la Alta Extremadura’, quedaron como referencia indiscutible. Y Magdalena, que trabajó con el mismo rigor y antes que muchos, fue quedando en la sombra.
El Auto de Navidad y el Colegio Estudio
El niño hojeó su cuaderno, buscando sitio para más notas.
—¿Y qué hizo después?
—Tras la Guerra Civil, la vida de Magdalena cambió. Se vinculó al Colegio Estudio de Madrid, heredero del espíritu del Instituto-Escuela, donde la pedagogía moderna unía música, arte y ciencias. Allí colaboró con Jimena Menéndez Pidal en el montaje del Auto de Navidad de 1940. Para la obra, se utilizaron cantos tradicionales recopilados en los expedientes del Centro de Estudios Históricos, y gran parte provenía de la labor de Magdalena.
—¿Y eso se conserva?
—Sí, hijo. En el Archivo Histórico de la Fundación Estudio se guardan las partituras, grabaciones y fotografías de aquel proyecto. Estudiarlas hoy nos permite vislumbrar una parte del legado de Magdalena.
Guerra, exilio y silencio
El niño la miró con atención renovada.
—¿Y qué fue de ella durante la guerra?
—Demostró un gran compromiso humano. Participó en el traslado de niños huérfanos desde Madrid hasta Alicante, intentando salvarlos del hambre y de los bombardeos. Al terminar la guerra, se exilió. Pasó por Estados Unidos, donde colaboró con redes culturales españolas en el exilio, y finalmente se instaló en México, donde murió en 1970. Allí continuó como pedagoga y mantuvo el vínculo con la música popular, aunque ya sin la fuerza institucional que había tenido en España.
El niño, con los ojos brillantes, preguntó:
—Entonces, ¿se puede recuperar su cancionero?
—Tal vez —respondió la abuela—. Los investigadores creen que algunos manuscritos podrían estar en fondos privados o en archivos vinculados a la familia Menéndez Pidal. También es posible que aparezcan en el Archivo Estudio, en la Real Academia de la Historia o en colecciones de la Universidad de Salamanca, donde se estudia su figura. Pero hasta hoy, sigue sin aparecer completo.
La importancia de recordar
El niño se quedó pensativo.
—¿Y por qué debemos hablar de ella, si su obra está perdida?
La abuela lo miró con ternura y firmeza.
—Porque su historia enseña varias cosas. Primero, que las mujeres también fueron protagonistas del folklore, las más importantes diría yo, aunque muchas quedaron invisibles por la falta de reconocimiento. Segundo, que el patrimonio oral es frágil: basta una guerra, un exilio o un descuido para que un cuaderno lleno de canciones desaparezca. Y tercero, que nuestra memoria colectiva no depende solo de lo que se publicó, sino de lo que fue recogido con amor y rigor.
—¿Y cómo eran esas canciones?
—Eran como la vida misma: sencillas y profundas. No tenemos coplas textuales de su cuaderno —aclaró la abuela—, porque no lo tenemos. Pero reflejan el espíritu de lo que ella recogía: la voz del pueblo hecha música.
Una misión para el presente
El niño cerró el cuaderno con decisión.
—Entonces tengo que seguir leyendo más de Magdalena y aprender a: escuchar, anotar, guardar.
La abuela le acarició la cabeza, con una sonrisa tranquila.
—Eso es lo que necesitamos, hijo. Cada generación debe volver a escuchar y a escribir. El cancionero perdido de Magdalena nos recuerda que el patrimonio popular es tan frágil como la memoria de quienes lo cantan. Si tú recoges las canciones que aún viven en los pueblos, estarás continuando su labor.
—¿Lo oyes, hijo? —susurró—. Son las canciones que aún esperan ser rescatadas… ve a por ellas. n
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