El zaguán de las tradiciones
Los del Caldero (parte I)
Estudiantes de Magisterio (Cáceres) se unieron allá por 1975 para rescatar el folklore extremeño sin maquillajes ni artificios, con los mismos instrumentos, el mismo acento y la misma emoción

Derecha, los integrantes utilizaban utensilios de cocina, al modo de antaño. / Alonso Redondo
Aquella mañana de otoño, el niño revolvía entre cajas viejas en el ‘doblao’ de la casa de la abuela cuando, debajo de una manta polvorienta, de esas colchas chinas muy finas, descubrió un objeto plano, cuadrado, con una portada de dos colores marrones y franjas verticales. El título en letras grandes decía:’ El Caldero – Verdeguea’. Fascinado por aquel hallazgo, bajó corriendo las escaleras, tropezando casi con los peldaños, hasta llegar al patio donde la abuela regaba sus macetas de albahaca y geranios con un vasino de porcelana viejo y un gorro de paja con un lazo para el calor y proteger las manchas de la piel.
—¡Mira lo que he encontrado! —exclamó enseñándole la carátula.
La mujer, con su calma habitual, metió el vaso en una caldereta de zinz antigua, reluciente y recién pintada con purpurina, y miró el disco con una sonrisa cargada de recuerdos.
—Ay, hijo, lo que traes entre las manos no es un simple vinilo. Eso es parte de nuestra historia, de la historia de Extremadura. Ese grupo se llamó El Caldero y nació aquí, en Cáceres, en los años setenta, cuando muchos jóvenes tenían hambre de cantar y de reencontrarse con las raíces del pueblo.
El niño lo acarició con curiosidad, como si sujetara un tesoro.
—¿Y quiénes eran esos?
La abuela suspiró y se acomodó en su sillón de mimbre, dispuesta a desplegar la memoria.
—Eran estudiantes de la Escuela de Magisterio de Cáceres, allá por el curso 1975-76. No eran músicos de conservatorio ni buscaban ser estrellas. Eran muchachos y muchachas que venían de distintos pueblos de la provincia: de El Torno, de Hervás, de Baños de Montemayor, de Moraleja, de Gargantilla… Todos traían en la mochila la música que habían oído en su infancia, las canciones de sus abuelos, los romances que sonaban en las cocinas y en las fiestas patronales, las jotas de las romerías, de las bodas y las nanas que arrullaban en las noches frías. Y de esa diversidad nació la idea de unirse y formar un grupo.
El niño frunció el ceño.
—¿Por qué se llamaban El Caldero?
La abuela sonrió.
—El caldero es el utensilio humilde y necesario de todas las casas campesinas. Con él se cuece la caldereta de cordero, el frite extremeño, las patatas revolconas, las sopas que alimentan a familias enteras. Representa lo común, lo que se comparte, lo que sostiene. Ellos querían ser ese recipiente que recogiera y mezclara las voces del pueblo. Un nombre sencillo, pero cargado de simbolismo. Pero, fueron los primeros en hacer música con él, hasta entonces en Cáceres no habían visto tocar a nadie el caldero y fue el público el que les puso el nombre. ¿Quién canta hoy? Esos de El Caldero.
El niño abrió mucho los ojos.
—¿Sabían ya lo que querían hacer?
—Sí, hijo. Desde el primer momento lo tuvieron muy claro, pero más claro aún tenían lo que no querían. No deseaban parecerse a los grupos que adornaban el folklore hasta hacerlo irreconocible. No querían los clichés ni la postal turística. Los estándares de la sección femenina. Su objetivo era cantar como se cantaba en los pueblos: con los mismos instrumentos, el mismo acento y la misma emoción. Eso les llevó a hacer un trabajo de campo muy serio: recorrían aldeas, escuchaban a los mayores, anotaban letras, memorizaban melodías. Aprendían los giros dialectales, la manera de tocar la pandereta, el ritmo de los tamboriles, la cadencia de las voces femeninas en las bodas. Querían rescatar las canciones tal cual, sin maquillajes ni artificios, porque entendían que cada copla era un pedazo de memoria colectiva.

Escuela de Magisterio, germen del grupo en los años 70. / El Periódico Extremadura
El niño se quedó pensativo, como si empezara a comprender la dimensión de aquella tarea.
—¿Y dónde ensayaban?
—Ah, ahí aparece la figura de una mujer generosa —respondió la abuela—. María Antonia Fuertes, directora de la Escuela de Magisterio en aquél entonces, les abrió el salón de actos para que pudieran reunirse y cantar. Por las tardes, después de las clases, entre las tres y las cuatro, se juntaban y empezó a formarse un auténtico huracán que revolucionaría para siempre la manera de interpretar el folklore. Imagínate a aquellos jóvenes, con guitarras, panderetas, calderos, sartenes, almireces y voces frescas, ensayando hasta tarde, repitiendo una jota una y otra vez hasta lograr que sonara como en la memoria de los pueblos. Era un hervidero de ilusión y compañerismo.
El niño sonrió, imaginando la escena.
—¿Y cuándo salieron a cantar en público por primera vez?
La abuela acarició con ternura la portada del vinilo.
—Su primera gran actuación fue en el Festival de Tarifa. Allí se presentaron sin artificios, tal cual eran: un grupo espontáneo de estudiantes extremeños que cantaban como lo habían aprendido en las cocinas y en las eras. Subieron al escenario con naturalidad, sin trajes llamativos ni poses ensayadas. Y el público se rindió. Porque transmitían verdad, y la verdad siempre emociona.
El niño, entusiasmado, tomó su libreta y apuntó apresuradamente: auténticos, como el pueblo, sin adornos.
—Eso es —continuó la abuela—. Y no se trataba solo de cantar bien, sino de comprender y transmitir la historia que había detrás de cada canción. Se esforzaban por saber cuándo se cantaba un romance, en qué fiesta surgía una copla, qué significaban esas palabras antiguas que ya casi nadie usaba. Documentaban todo lo que podían, porque sabían que el tiempo apremiaba y que muchas de esas canciones podían desaparecer para siempre.
El niño la miraba fascinado.
—Entonces eran como guardianes de la memoria.
—Sí, hijo. Aunque quizá ellos no fueran plenamente conscientes, estaban guardando un tesoro. Y pronto en Cáceres empezó a correrse la voz: en los bares, en las plazas, la gente hablaba de esos estudiantes de Magisterio que cantaban como los abuelos. Muchos se sorprendían: «¿Y estos de dónde han salido?». Otros se emocionaban al escuchar una melodía que creían olvidada. La música de El Caldero era más que música: era identidad, orgullo, raíz.
La abuela hizo una pausa, como dejando que el recuerdo flotara.
—Yo misma los escuché una vez en Cáceres, en una actuación modesta, pero inolvidable. Fue como un viaje al pasado. Aquellas voces me devolvieron a las canciones que cantaban mis padres, a las fiestas del pueblo, al sonido de las eras en verano. Sentí que el tiempo se encendía de nuevo.
El niño acarició con cuidado el disco que tenía entre las manos, como si así pudiera escuchar las notas dormidas en su interior.
—¿Y después qué pasó? ¿Grabaron más? ¿Se hicieron famosos?
La abuela le sonrió con dulzura.
—Todo eso te lo contaré mañana, que la historia es larga y merece ser contada con calma. Hoy quédate con esto: El Caldero no fue un grupo cualquiera. Fue un grupo que desde su origen supo lo que quería, trabajó con rigor y puso en valor la voz del pueblo extremeño. Y eso, hijo, es mucho más que la fama.
El niño asintió en silencio, abrazando el vinilo contra el pecho.
Esa noche, mientras se dormía, juró que al día siguiente insistiría para que la abuela le contara el resto de la historia, porque intuía que aquel grupo humilde había dejado una huella grande.
Se fue susurrando:
A los amos de esta casa, a los amos de esta casa, Dios les dé mucho dinero, mucho trigo en la troje y salud que es lo primero. A los amos de esta casa.
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