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Plasticidad neuroafectiva y vínculos diversos

Deseo, amor y apego

Relaciones heterosexuales, homosexuales y queer

Una pareja consulta un móvil.

Una pareja consulta un móvil.

Jesús Ramírez Muñoz

Jesús Ramírez Muñoz

La vida amorosa y sexual de los seres humanos se sustenta en tres sistemas neuropsicológicos interdependientes pero distinguibles: el deseo sexual, el amor romántico y el apego emocional. Cada uno cumple funciones adaptativas específicas: el deseo impulsa la búsqueda de reproducción y novedad sexual; el amor romántico favorece la elección preferencial de pareja; y el apego sostiene los vínculos prolongados, esenciales para la cooperación y la crianza compartida.

Estos sistemas están mediados por circuitos cerebrales y neuromoduladores particulares —como la dopamina, la oxitocina, la testosterona y la vasopresina—

Estos sistemas están mediados por circuitos cerebrales y neuromoduladores particulares —como la dopamina, la oxitocina, la testosterona y la vasopresina— y, aunque tienden a integrarse en la narrativa del amor monogámico tradicional, en la práctica su sincronización es variable y está fuertemente influenciada por factores como la cultura, la orientación sexual, la identidad de género y las configuraciones vinculares (Fisher, 1998; Fisher & Aron, 2006). Desde un enfoque neurocientífico y evolutivo, se ha evidenciado que los tres sistemas afectivos —deseo sexual, amor romántico y apego— están mediados por circuitos cerebrales específicos y neuromoduladores distintos, aunque interrelacionados.

Asociado con la dopamina

El deseo sexual está asociado principalmente con la dopamina y se activa en regiones como el núcleo accumbens y la amígdala, respondiendo a la novedad, la estimulación sensorial y los estímulos eróticos. El amor romántico, por su parte, involucra áreas del sistema de recompensa como el área tegmental ventral y el núcleo caudado, cuya activación es comparable a la observada en conductas adictivas, lo que explica la intensidad emocional y la selectividad de esta experiencia. Finalmente, el apego emocional se vincula a la acción de la oxitocina y la vasopresina, que promueven la confianza, la empatía y la estabilidad relacional a largo plazo.

Estudios de neuroimagen por resonancia magnética funcional (fMRI) han demostrado que estas activaciones se presentan de forma similar en personas heterosexuales y homosexuales, lo que indica una base neurobiológica común para el amor romántico más allá de la orientación sexual (Aron et al., 2005; Zeki&Romaya, 2011).

Aunque la arquitectura neuronal subyacente a los sistemas de deseo, amor y apego es común a la especie humana, su expresión y articulación varían significativamente en función de la orientación sexual, el género y los modelos vinculares. En los vínculos heterosexuales cisnormativos, predomina la expectativa cultural de sincronizar los tres sistemas en una sola pareja exclusiva. Sin embargo, tanto las experiencias clínicas como las investigaciones sociales han evidenciado que esta integración no siempre es estable ni universal, y que la disociación entre deseo y apego es más común de lo que se suele admitir. Estudios sobre relaciones no monogámicas, queer o poliamorosas muestran que estos sistemas pueden reorganizarse simbólicamente y emocionalmente según normas, acuerdos y prácticas éticas alternativas, que cuestionan la hegemonía de la monogamia y reconfiguran los afectos desde marcos más flexibles y consensuados (Sheff, 2014). Así, las configuraciones afectivas no se explican únicamente por determinantes biológicos, sino que emergen también de construcciones culturales, lenguajes simbólicos y narrativas relacionales que moldean la vivencia emocional.

Estudios sobre relaciones no monogámicas, queer o poliamorosas muestran que estos sistemas pueden reorganizarse simbólicamente y emocionalmente según normas, acuerdos y prácticas éticas alternativas, que cuestionan la hegemonía de la monogamia y reconfiguran los afectos desde marcos más flexibles y consensuados

En las relaciones homosexuales se observan patrones diferenciados en la articulación de deseo, amor y apego. Por ejemplo, en vínculos entre hombres gays, el deseo y el amor tienden a disociarse con mayor facilidad sin que ello implique una fragilización del apego, lo que facilita acuerdos explícitos de no exclusividad sexual (Sheff, 2014). En el caso de mujeres lesbianas, en cambio, suele observarse una mayor fusión entre amor y apego, con vínculos afectivos profundos y duraderos, aunque también pueden establecerse arreglos vinculares flexibles.

Estudios de neuroimagen

Desde la neurociencia afectiva, estudios de neuroimagen han confirmado que no existen diferencias estructurales relevantes en la activación cerebral al experimentar amor romántico entre personas heterosexuales y homosexuales, lo que sugiere que las diferencias en las formas de vinculación no responden tanto a factores biológicos, sino a las construcciones culturales y los marcos simbólicos que organizan la experiencia afectiva (Aron et al., 2005; Zeki &Romaya, 2011).

En configuraciones queer y poliamorosas, los tres sistemas neuroafectivos —deseo, amor y apego— pueden operar simultáneamente en direcciones múltiples: el deseo puede orientarse a varios cuerpos, el amor puede extenderse a más de una pareja, y el apego puede organizarse en redes emocionales distribuidas. Esta multiplicidad requiere altos niveles de autorreflexión, negociación ética y simbolización explícita de los vínculos, lo que se traduce en una práctica afectiva profundamente deliberada y simbólicamente rica. En este sentido, las relaciones queer no solo diversifican las formas de vinculación, sino que también promueven una conciencia reflexiva sobre los afectos y los marcos simbólicos que los configuran (Klesse, 2022; Rittenhour&Sauder, 2023).

Perspectiva evolutiva y sociocognitiva

Desde una perspectiva evolutiva y sociocognitiva, estas formas relacionales no deben entenderse como anomalías modernas, sino como reconfiguraciones actuales de una plasticidad social ancestral. La evidencia etnográfica y antropológica sobre grupos humanos originarios sugiere que la crianza cooperativa y el apego múltiple fueron estrategias adaptativas que favorecieron la supervivencia, al distribuir el cuidado infantil y ampliar las redes de cooperación (Hrdy, 2009; Burkart et al., 2009; Hill&Hurtado, 2009). En este marco, la descentralización del vínculo exclusivo, característica de relaciones queer y poliamorosas, puede interpretarse como una reactivación evolutiva de modelos vinculares plurales, empáticos y cooperativos.

Estas redes vinculares, además, expanden la tolerancia a la ambigüedad, fortalecen la comunicación intersubjetiva y estimulan la flexibilidad afectiva. En términos simbólicos, pueden considerarse formas de reorganización entrópica del lazo social: no implican desorden, sino una mayor adaptabilidad, complejidad y riqueza expresiva en la vida afectiva. Desde este prisma, la plasticidad neuroafectiva no se limita a adaptarse a distintas preferencias sexuales e identidades de género, sino que habilita nuevas formas de pensar la arquitectura emocional y los fundamentos éticos de las relaciones humanas (Bogin et al., 2014; van Schaik &Burkart, 2010).

En conclusión, aunque deseo, amor y apego comparten una base neurobiológica común, su articulación concreta varía sustancialmente según el entorno cultural, la orientación sexual y la estructura vincular

En conclusión, aunque deseo, amor y apego comparten una base neurobiológica común, su articulación concreta varía sustancialmente según el entorno cultural, la orientación sexual y la estructura vincular. Lejos de representar desviaciones respecto al modelo monogámico normativo, las relaciones queer y poliamorosas constituyen expresiones legítimas, complejas y funcionales de la vida emocional humana. Estas formas vinculares no solo amplían la diversidad relacional, sino que promueven nuevas exploraciones de la conciencia emocional, la cooperación social y la organización simbólica del afecto.

Plasticidad neuroafectiva

En este contexto, el concepto de plasticidad neuroafectiva adquiere una relevancia central. Lejos de operar como una estructura rígida, la afectividad humana muestra una notable capacidad de reorganización, moldeada por la experiencia, el entorno cultural y las tecnologías simbólicas. Esta plasticidad permite que los vínculos —ya sean heterosexuales, homosexuales o queer— se estructuren de formas diversas, modulando la expresión del deseo, los modos de amar y las formas de apego.

¿Cómo interactúan estos sistemas neuroafectivos en diferentes configuraciones vinculares?, y ¿Cómo estas interacciones se relacionan con niveles diferenciados de conciencia reflexiva, simbolización emocional y estructuración social?. A través de una mirada amplia que articule lo neurobiológico, lo evolutivo, lo cultural y lo ético, se comprende mejor que la diversidad relacional no solo refleja, sino también expande, la complejidad emocional de la especie humana. ¡No se le pueden poner puertas al campo!

El autor es vicedecano del Colegio Oficial de Biólogos de Extremadura

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