Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

El zaguán de las tradiciones

Los de El Caldero (parte II)

Aquel grupo de estudiantes se convirtió en un referente del folklore extremeño. Enseñó a mirarlo con respeto. Demostró que la música popular no necesitaba disfraces. Tal como era, tenía fuerza, belleza y dignidad

Alonso Redondo

Alonso Redondo

Cáceres

A la mañana siguiente, el niño se despertó temprano y bajó corriendo al patio con el disco en las manos. La abuela ya estaba allí, barriendo las hojas caídas del membrillo que anunciaban que un nuevo otoño estaba por venir. Había hecho sacar las ‘pilistras’ a su nieto porque iba a llover y el agua de lluvia era la mejor para regarlas.

—Abuela, ayer me dejaste con la intriga. Me tienes que contar qué pasó después con El Caldero.

La mujer rió suavemente, dejó la escoba apoyada en la pared y se sentó en su sillón de mimbre.

—Lo prometido es deuda, hijo. Hoy te contaré cómo aquel grupo de estudiantes se convirtió en un referente del folklore extremeño y cómo su huella sigue viva y hoy, cincuenta años después, su música sigue siendo referente y fuente de donde todos quieren beber; su estilo continúa vivo.

La abuela tomó el disco y lo sostuvo entre sus manos.

—Después de aquellas primeras actuaciones, llegó un momento decisivo. Todo proyecto necesita un empujón, y para El Caldero ese empujón lo dio un hombre muy querido en Cáceres: Rosendo Nevado, el mítico joyero de Sierra de Fuentes casado con Doña Pepita del Campo. Era un hombre apasionado por la cultura de su tierra y, cuando escuchó a aquellos muchachos, supo que merecían apoyo. Les financió su primer trabajo. Imagina lo que supuso para ellos: grabar un disco, dejar constancia de sus canciones, poder compartirlas más allá de los escenarios improvisados. Ese gesto fue un regalo que abrió caminos. Los de El Caldero siempre realizaron su labor altruistamente, nunca cobraron dinero por sus actuaciones. En su ADN estaba escrito el altruismo. Más tarde empezaron a cobrar algo siempre a las instituciones, diputaciones, ayuntamientos…

El niño estaba atónito.

—¿Un joyero pagó entonces su primer disco?

—Así es, hijo. Y gracias a él se pudo registrar en vinilo aquella música que hasta ese momento solo vivía en la memoria y en la voz de la gente. En sus grabaciones recogieron romances antiguos, jotas, canciones de siega, tonadas de boda y coplas de fiestas. Siempre con el mismo criterio: interpretar tal cual se habían cantado en los pueblos. Esa fidelidad los hacía diferentes. Mientras otros grupos adaptaban el folklore con arreglos modernos, ellos permanecían fieles al origen.

La abuela cerró los ojos un instante, como si escuchara de nuevo aquellas voces.

—Yo recuerdo perfectamente el sonido de sus discos. No eran sofisticados, pero transmitían la fuerza de lo auténtico. Y esa autenticidad los llevó a recorrer escenarios dentro y fuera de Extremadura. Fueron a festivales, a encuentros de música tradicional, y en todas partes causaban sorpresa. La gente decía: «Estos cacereños suenan como si vinieran directamente de una plaza de pueblo».

—Entonces, ¿cómo se desplazaban a los pueblos para que la gente los escuchara?

Don Teófilo Rodríguez Porras les ayudó a dar la entrada para una furgoneta de 9 plazas con la que se desplazaban a los pueblos y así pudieron ir empezando a exportar su música, su estilo…

El niño apuntaba en su cuaderno sin perder detalle.

—Entonces, ¿eran distintos de los demás?

—Mucho. Lo que los hacía distintos era que no domesticaban el folklore. En aquellos años había un riesgo grande: que las canciones del pueblo se convirtieran en un producto de escaparate, algo edulcorado para turistas. El Caldero demostró que la música popular no necesitaba disfraces. Tal como era, tenía fuerza, belleza y dignidad. Por eso fueron tan importantes. Enseñaron a mirar el folklore con respeto, a entender que era patrimonio, no simple entretenimiento.

El niño levantó la vista.

—¿Y la gente de Extremadura cómo los recibió?

—Con orgullo, hijo. Escuchar a El Caldero era reconocerse. Era volver a oír las canciones que habían acompañado a generaciones en las fiestas, en los trabajos del campo, en los momentos de alegría y de duelo. Era como mirarse en un espejo y descubrir que lo nuestro también tenía valor. Y eso dio mucha fuerza a los extremeños, que durante mucho tiempo habían sentido que su cultura quedaba relegada. Ángel Carril también fue un referente para el grupo El Caldero, los animó a presentarse a concursos y dar a conocer sus voces. Desde su posición, como Director del Centro de Cultura Tradicional de Salamanca, ayudó de manera decisiva a la proyección del grupo.

La abuela se inclinó hacia él y le habló con voz más baja, como compartiendo un secreto.

—Por eso digo que El Caldero fue más que un grupo. Fue un símbolo. Inspiró a otros músicos, animó a los investigadores a seguir recopilando canciones, y demostró a los jóvenes que el folklore no era cosa de viejos, sino un tesoro para el presente. Gracias a ellos se abrió camino para que más tarde surgieran otros proyectos, otras grabaciones, otros grupos que continuaron la tarea.

—Y ¿cómo serían sus actuaciones?

—Anda, pues yo te voy a contar una. Recuerdo que en Garganta La Olla el cura tenía muchas ganas de que El Caldero fuera para allá; ni cortos ni perezosos, cogieron su furgoneta y sus coches y allí se presentaron. La plaza estaba llena a más no poder hijo, no cabía un alfiler. Pusieron dos remolques juntos y allí su pusieron a cantar una canción tras otra. Aquello simplemente eras magia, las personas mayores, rejuvenecieron al recordar sus canciones, sonidos igual que antaño. Tal fue la emoción que el concierto se alargó más del doble y se quedaron a dormir en los salones parroquiales.

Otra noche, en Aldea del Obispo, después de una actuación memorable y de más de dos horas de duración, decidieron salir a rondar por las calles del pueblo. Desde antes de la Guerra Civil española no se recordaban en el pueblo ninguna ronda ni cantes por las calles. Para aquellas gentes eso fue mágico, recordando cómo eran las rondas de antaño. Poco a poco las luces del interior de las casa se fueron encendiendo al escuchar la ronda, la emoción inundó a los habitantes de aquél pueblo que, ni cortos ni perezosos, se echaron una manta por encima y, emocionados, acompañaron la ronda hasta el amanecer.

El niño acarició la portada del disco y con un brotecillo de agua saliendo de sus ojos dijo:

—Entonces su legado sigue vivo.

—Claro que sí. Cada vez que alguien canta una de esas coplas recogidas por ellos, cada vez que un grupo de jóvenes decide investigar las canciones de su pueblo, ahí está el espíritu de El Caldero.

La abuela sostuvo el vinilo con cuidado, como si sujetara un trozo de vida.

—Mira, hijo. Lo que El Caldero nos enseñó es que la música del pueblo no necesita adornos. Solo necesita respeto y amor. Ellos fueron fieles a eso. Y gracias a su trabajo, muchas canciones que pudieron perderse quedaron guardadas. Ahora la responsabilidad es nuestra: seguir cantándolas, seguir transmitiéndolas, no dejarlas morir.

El niño la miró con ojos muy brillantes.

—Entonces nos toca a nosotros continuar.

La abuela asintió, acariciándole el pelo con ternura.

—Exactamente, hijo. Cada generación debe escuchar, aprender y transmitir. Esa es la lección de El Caldero. Que lo nuestro merece ser guardado, compartido y celebrado.

El silencio del patio se llenó de resonancias invisibles, como si las voces de aquellos jóvenes de 1975 aún estuvieran cantando en algún rincón. El niño, con el disco apretado contra el pecho, comprendió que aquel hallazgo del desván no era un simple objeto antiguo. Era una semilla de memoria que ahora le correspondía a él cuidar. Y en ese instante, mientras la abuela sonreía con la serenidad de quien ha visto pasar el tiempo, el niño supo que las canciones del pueblo nunca mueren si alguien las canta de nuevo.

Juntos empezaron a entonar: «Ha venido un oficio de Valdefuentes sobre El Mohino, que vayan a por él dos hombres o tres porque es muy malino…».

Tracking Pixel Contents