La huella de Roma en el norte de Extremadura
El collado de las Piedras Labradas
El incendio que en agosto afectó al término municipal cacereño de Jarilla ha permitido localizar nuevos restos arqueológicos, entre lo que destacan epígrafes de época romana, que están vinculados al antiguo templo del Collado de las Piedras Labradas

Una de las nuevas piedras encontradas en el yacimiento. / EL PERIÓDICO
José Antonio Ramos / J. Esteban Ortega / O. De San Macario
Los recientes incendios forestales que han asolado las comarcas del norte cacereño durante este verano han dejado tras de sí no solo un panorama desolador, sino también un hallazgo de gran relevancia histórica. En el término municipal de Jarilla se han encontrado interesantes restos arqueológicos, entre los que destacan epígrafes de época romana. Las elevadas temperaturas y la desaparición del manto vegetal dejaron al descubierto varias piedras labradas con inscripciones latinas.
Ellos han dado luz definitiva sobre uno de los misterios más persistentes de la arqueología del norte de Cáceres: la identidad de la divinidad adorada en el antiguo templo del Collado de las Piedras Labradas
Los investigadores Jaime Río-Miranda, Gabriela Iglesias y Juan Carlos Olivares ya habían estudiado algunos epígrafes romanos encontrados en la zona. Ellos han dado luz definitiva sobre uno de los misterios más persistentes de la arqueología del norte de Cáceres: la identidad de la divinidad adorada en el antiguo templo del Collado de las Piedras Labradas, un enclave sagrado de época romana cuya función cultural ha sido objeto de debate entre especialistas durante décadas.

Piedra con inscripciones localizada en la zona. / P. PLAZA
En lo alto de los Montes de Tras la Sierra, en un entorno natural de extraordinaria riqueza ecológica y paisajística, se alzan los restos de uno de los enclaves arqueológicos más notables del norte de Cáceres: el templo romano del Collado de las Piedras Labradas. Este edificio, de carácter claramente cultural, constituye uno de los testimonios más relevantes de la presencia romana en esta zona fronteriza entre los valles del Ambroz y del Jerte, en las estribaciones occidentales de la sierra de Gredos.
El análisis detallado de esta inscripción ha llevado a concluir que la divinidad venerada en el templo sería Caesaro, en forma dativa (Caesaro, «a César(o)»), lo que representa un hallazgo de gran valor para la historia religiosa del territorio
En los últimos años, diversas publicaciones han hecho referencia al templo y a los altares votivos hallados en sus alrededores. Según Río-Miranda y Olivares, una inscripción conservada en el Museo Sayans de Casas del Castañar, y que procede del propio Collado, ha permitido proponer una lectura coherente del teónimo (nombre de la divinidad), hasta ahora incompleto o ilegible. El análisis detallado de esta inscripción ha llevado a concluir que la divinidad venerada en el templo sería Caesaro, en forma dativa (Caesaro, «a César(o)»), lo que representa un hallazgo de gran valor para la historia religiosa del territorio. El hallazgo, en cualquier caso, abre nuevas vías de investigación sobre las formas religiosas en la Alta Extremadura durante el periodo romano y revaloriza el Collado de las Piedras Labradas como un importante centro de culto en la antigüedad.
Ámbito cultural lusitano
Es curioso que el nombre de la divinidad venerada en el Collado de Piedras Labradas coincida con el nombre del caudillo lusitano, Caisarus, que en el contexto de las guerras de lusitanas venció al pretor romano Lucio Memmio allá por el 153 a.C. En cualquier caso, no parece probable que el mencionado templo pudiera haber estado dedicado al líder lusitano, heroizado tras su muerte.

Restos del templo romano tras el incendio de agosto. / EL PERIÓDICO
Los que sí podemos confirmar es que las ceremonias de culto allí realizadas se vinculan al ámbito cultural lusitano, pues lusitanas son las divinidades documentadas en la epigrafía de la zona. Olivares relaciona el culto a Caesarus con el dios Salama al que se rinde culto en el monte Jálama, en la no muy lejana localidad de Villamiel.
Un ancestral santuario indígena
Parece razonable pensar, pues, en la existencia de un ancestral santuario indígena en lo alto del Collado de las Piedras Labradas, en el que se realizaban ceremonias a dioses locales relacionados con el cielo y los astros. Este antiguo santuario pervivió a la romanización y en su lugar se erigió un templo a Caesarus, a juzgar por el hallazgo en el lugar de las mencionadas aras. Junto a ellas apareció otra dedicada a la «Diosa», posiblemente Trebaruna, la diosa principal de los caparenses a la que el supremo magistrado Marco Fidio Macro erigió un templo en el foro de la ciudad romana de Caparra, vinculándola con el culto al emperador.
En la época romana, las ciudades como Caparra eran importantes puntos de conexión, tanto comerciales como religiosas. Es probable que los cultos religiosos en sitios cercanos como el Collado de Piedras Labradas estuvieran ligados a las mismas rutas de peregrinaje que llevaban a los fieles al templo de Tebraruna, ya que ambos sitios se encontraban dentro de la misma región de influencia.
Ambos templos podrían estar relacionados a través de la asimilación cultural de las creencias romanas y locales, el sincretismo religioso y la conexión territorial y comercial que la ciudad de Caparra representaba en la época. Aunque no haya una evidencia concreta que establezca un vínculo directo entre ellos, es probable que compartieran el contexto religioso, social y cultural del momento.
Punto clave de religiosidad
El Collado de las Piedras Labradas representa, por tanto, un punto clave para comprender la religiosidad romana en el medio rural y la fusión entre el paisaje natural y la sacralidad del territorio. Su aislamiento, lejos de restarle importancia, subraya su papel como posible lugar de peregrinación o culto vinculado a rutas montañosas, tal vez relacionadas con antiguos caminos de trashumancia o comunicación entre valles. Mientras tanto, el templo permanece como un silencioso testigo de una devoción antigua, suspendido entre las piedras y la memoria del bosque.
El yacimiento se sitúa a más de mil metros de altitud, en las cercanías del municipio de Jarilla, en un paraje de fuentes y bosques frondosos donde dominan especies como el roble y el helecho, en marcado contraste con la vegetación de las tierras más bajas, situadas a casi 600 metros menos de altitud.
De planta rectangular
Desde el punto de vista arquitectónico es interesante el estudio de Torres Gómez, el templo presenta una planta rectangular, y destaca por su singularidad tipológica. A diferencia de los templos clásicos romanos, carece de pronaos (pórtico de entrada) y de podium (plataforma elevada), reduciéndose a una cella o cámara principal, elemento esencial del templo. Esta sencillez estructural podría reflejar una adaptación local a los recursos disponibles, o bien una tradición cultual específica. La estructura está construida en sillería de granito, perfectamente escuadrada. En la actualidad, sólo se conservan dos hiladas de piedra, de las cuales la inferior actúa como base de cimentación. La entrada se orienta hacia el este, siguiendo el patrón común en numerosos templos romanos, y aún se conserva el dintel original, decorado con una tabula ansata, un motivo ornamental típico que en época romana solía enmarcar inscripciones o dedicatorias.
Se trata de edificaciones de carácter sagrado que respondían tanto a necesidades religiosas romanas como a cultos locales anteriores. En efecto, lejos de ser una rareza, el templo de Piedras Labradas forma parte de un patrón repetido en otros puntos del entorno geográfico inmediato. Ejemplos cercanos lo demuestran: la aedicula de Fuentidueñas, en el término de Plasencia, hoy en ruinas pero que aún conserva parte de su zócalo, y el templo del Collado de La Lobosilla, en el municipio Cabezabellosa, donde se conservan restos de columnas, capiteles y aras sin inscripción.
Sacralizado en época prerromana
Estos paralelos permiten pensar que el edificio romano de Piedras Labradas no fue construido en un lugar elegido al azar ni por una decisión administrativa ajena al territorio. Por el contrario, todo apunta a que se levantó sobre un espacio ya sacralizado en época prerromana, posiblemente un santuario indígena, un lugar de culto natural o un enclave con significado espiritual anterior a la llegada de Roma. La ubicación del templo -a más de mil metros de altitud, en un terreno agreste y de difícil acceso- refuerza esta hipótesis. El esfuerzo de construcción en un paraje tan remoto sugiere la continuidad de una tradición sagrada, más que la imposición de un nuevo culto desde cero. Es decir, los romanos no habrían fundado allí un centro religioso ex novo, sino que habrían reinterpretado y monumentalizado una sacralidad anterior, adaptándola a las formas culturales romanas mediante el uso de materiales duraderos como la piedra, y elementos arquitectónicos reconocibles: templo, altar, rito.
Esta continuidad de lo sagrado, desde formas más simples o naturales hasta estructuras religiosas más formalizadas, es un fenómeno habitual en muchas partes del Imperio, especialmente en zonas rurales o montañosas donde las comunidades mantuvieron fuertes vínculos con su paisaje y sus creencias ancestrales. En la espiritualidad del mundo romano, el paisaje no era solo escenario, sino también protagonista del hecho religioso. Y en la comarca de Capara (la actual Cáparra), esta relación entre naturaleza y sacralidad se hace especialmente evidente a través del culto a las aguas. Fuentes, manantiales y cursos de agua fueron lugares de veneración ancestral, vinculados a la salud, la fertilidad y lo divino. En este contexto, la presencia de fuentes naturales como el Salugral -conocida desde antiguo por sus propiedades salutíferas- sugiere una conexión directa entre las divinidades locales y el culto a las aguas, un fenómeno religioso ampliamente atestiguado en la zona.
Un paisaje sagrado
En el marco de estas creencias, es fundamental la figura de las Nymphae Caparensium, o Ninfas de Capera, divinidades menores asociadas a manantiales y fuentes, cuya presencia ha quedado registrada en varias inscripciones localizadas en distintos puntos del norte de Cáceres. Estas inscripciones epigráficas mencionan a las Nymphae de forma explícita, muchas veces vinculadas al entorno inmediato del antiguo municipium de Capara, la ciudad romana que articulaba el territorio donde hoy se encuentra el santuario del Collado. En este caso, sin embargo, las aras dedicadasa a las «Nymphae Caparensium» apunta a una organización cultual más estructurada, posiblemente incluso oficializada por la administración local, lo que sugiere que las ninfas no solo formaban parte del imaginario religioso colectivo, sino que tenían un papel destacado en la identidad simbólica y espiritual de Capara.
Así, el paisaje sagrado del norte de Cáceres aparece hoy como un territorio donde lo natural y lo sobrenatural convergen, y donde las piedras, las aguas y los nombres grabados en ellas nos devuelven ecos de una religiosidad antigua, profunda y en estrecha sintonía con el entorno.
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