Saber habitar el ahora
El tiempo como herida: la biología del anhelo de eternidad
Saber que no somos eternos no solo limita: orienta. Y de esa orientación nace una ética. Vivir, en este marco, es saber responder a lo que importa. No todos los momentos valen lo mismo. Recordar la muerte no solo no nos paraliza: puede ayudarnos a discernir lo que de verdad importa

Tiempo. / EL PERIÓDICO
El tiempo no es solo una sucesión de momentos. Para nosotros es una forma de estar en el mundo. No lo vivimos como algo neutro, sino como un entramado que enlaza lo que fue, lo que es y lo que puede venir. El pasado se transforma en memoria, el presente en atención, y el futuro en anticipación. Esta estructura da forma a nuestra conciencia, pero también la atraviesa con una herida: saber que el tiempo se acaba.
El presente se convierte en una plataforma de paso. Ya no se habita: se optimiza. La muerte se oculta y el futuro se vuelve difuso
La muerte no es solo un evento biológico: es parte de cómo vivimos el tiempo. Como decía Heidegger, somos «seres-para-la-muerte». No porque estemos obsesionados con ella, sino porque es la finitud la que da densidad al presente. Saber que el tiempo es limitado transforma la existencia: vivir no es simplemente durar, sino responder con responsabilidad a lo que no se repite.
Esta conciencia de finitud no es solo filosófica: también se inscribe en el cuerpo. Estudios de neuroimagen muestran que pensar en la propia muerte activa áreas del cerebro vinculadas con la autorreferencia, la emoción y la narrativa del yo, como la corteza prefrontal medial o la ínsula anterior (Han et al., 2017). Incluso altera nuestra percepción del tiempo: ante la muerte, los momentos breves pueden sentirse más largos, como si ganaran peso subjetivo (Tipples, 2011). Esta conciencia también modifica nuestras decisiones: reduce el deseo de gratificación inmediata y refuerza la capacidad de proyectar a largo plazo (Kelley& Schmeichel, 2015).
Saber que no somos eternos no solo limita: orienta. Y de esa orientación nace una ética. Vivir, en este marco, es saber responder a lo que importa. No todos los momentos valen lo mismo. Algunos interrumpen la rutina y exigen una decisión. Como decía Emmanuel Levinas, el rostro del otro rompe nuestro tiempo. La ética no nace del cálculo, sino del encuentro con lo que no puede esperar.
Pero el tiempo no duele solo al final: también hiere en la espera. Esperar lo que no llega, pero podría llegar, es una experiencia profundamente humana. La espera transforma la cualidad del presente, lo llena de una tensión específica: la de lo aún no acontecido
La neurociencia también aporta evidencia de esta estructura moral del tiempo. Las decisiones éticas -especialmente aquellas que involucran empatía o responsabilidad futura- activan regiones como el precúneo, el córtex orbitofrontal y el mPFC, todas vinculadas con una narrativa del yo extendida en el tiempo (Zahn et al., 2007). En cambio, cuando el tiempo se fragmenta por la prisa o el estrés, estas redes se desconectan, y las decisiones se vuelven impulsivas (Peters&Büchel, 2011).
Pero el tiempo no duele solo al final: también hiere en la espera. Esperar lo que no llega, pero podría llegar, es una experiencia profundamente humana. La espera transforma la cualidad del presente, lo llena de una tensión específica: la de lo aún no acontecido. Simone Weil hablaba de una “atención sin objeto”, una forma de apertura ética a lo que viene.
Base neurobiológica
La biología también ha observado esta forma activa de espera. Durante la anticipación de recompensas inciertas, ciertas neuronas serotoninérgicas aumentan su actividad, ayudando a sostener el estado de expectativa (Miyazaki et al., 2014). La serotonina, más allá del estado de ánimo, modula la paciencia, la tolerancia a la incertidumbre y la valoración del futuro (Fonseca et al., 2015). Incluso la espera tiene, así, una base neurobiológica que acompaña su densidad emocional.
Frente a esta complejidad del tiempo humano, la cultura contemporánea responde con prisa. Vivimos bajo una lógica que valora la eficiencia, la productividad, la inmediatez. El presente se convierte en una plataforma de paso. Ya no se habita: se optimiza. En este contexto, la muerte se oculta, y el futuro se vuelve difuso. Pero esta urgencia tiene efectos. Las personas con alto “descuento temporal” -es decir, que prefieren gratificaciones inmediatas- presentan más riesgo de enfermedades y menor esperanza de vida (Kekic et al., 2021). El estrés crónico, además, debilita la conectividad entre regiones claves del cerebro, afectando nuestra capacidad de proyectar, reflexionar y decidir con perspectiva (Arnsten, 2009).
Pensar en la muerte
Paradójicamente, aunque sabemos que vamos a morir, nos cuesta imaginarlo. La neurobiología lo explica: al pensar en la propia muerte, la red del modo por defecto -clave para construir la narrativa del yo- reduce su actividad (Buckner et al., 2008). No contamos con procesos cognitivos claros para representar el “no-ser” (Tullett et al., 2009). Evolutivamente, esta ilusión de continuidad fue funcional: permitió planificar, construir, anticipar. Pero dejó una marca: el deseo de que el tiempo no se acabe. De ahí nace el anhelo de eternidad, no solo como símbolo cultural, sino como consecuencia inevitable de nuestra arquitectura neurocognitiva (Suddendorf & Corballis, 2007).
¿Qué hacer ante esta herida? Tal vez no se trata de negar la muerte, ni de huir de ella, sino de responder éticamente al tiempo que tenemos. La filosofía, el arte, la contemplación, el cuidado del otro: no son lujos, son formas de resistencia. Un poema no se optimiza: se habita. Un atardecer no se consume: se contempla. Un encuentro no se acelera: se vive.
Experiencias meditativas
Incluso la neurociencia lo respalda. Las experiencias estéticas o meditativas reducen el estrés, sincronizan redes límbicas y prefrontales, y favorecen decisiones más conscientes y empáticas (Zeidan et al., 2010). Recordar la muerte no solo no nos paraliza: puede ayudarnos a discernir lo que de verdad importa (Urminsky & Zauberman, 2018).
Habitar el tiempo no es solo comprender su estructura: es responder a su llamado. Saber que cada instante puede ser un comienzo. Que solo desde la conciencia de la finitud puede brotar una vida plena. Porque el tiempo ético no se mide en años, sino en intensidad: en cuánto de nosotros ponemos en cada momento. En cuánto transformamos la duración en presencia compartida, en acto responsable, en memoria viva. Solo hay ahora. Y eso, quizás, es suficiente. Como escribió Rilke: «Lo verdaderamente vivido, eso es lo eterno».
El autor es Vicedecano del Colegio Oficial de Biólogos de Extremadura
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