'Al ventistaste'
El final de una saga extremeña de apicultores con 300 años
El abuelo del bisabuelo de Virgilio comenzó en el año 1730, pero él será el último de un oficio que le cautivó desde la niñez

Virgilio y Pristiliano castrando colmenas en la nave de Losar de la Vera. / Cedida

El despoblamiento rural en Extremadura es una herida sangrante que avanza de manera lenta y silenciosa. Se trata de un problema complejo, con múltiples causas e impactos en la sociedad. A ello se suma una marcada falta de relevo generacional en determinadas profesiones del sector agrícola y ganadero. Las principales causas de esta situación apuntan al envejecimiento de la población, la emigración de los jóvenes hacia las ciudades, la dificultad de acceso a la tierra y su baja rentabilidad, la insuficiencia de infraestructuras y servicios, así como los impactos climáticos y siniestros —como los incendios de 2025— que dañan explotaciones, entre otros factores.
Dentro de este panorama encontramos pequeñas y medianas empresas familiares que han sobrevivido generación tras generación. Sagas llenas de conocimiento que, desafortunadamente, en algunos casos llegan a su fin. Un ejemplo es el de Virgilio Oliva, de 64 años, un veterano apicultor que tiene parte de sus naves ubicadas en Losar de la Vera (Cáceres).

Trabajando en las colmenas. / Cedida
Se trata del primogénito de una saga de apicultores con más de 300 años de historia, en la que el saber ha pasado de padres a hijos a lo largo de generaciones.
Una larga historia
«Los primeros datos familiares son del abuelo de mi bisabuelo, en torno a 1730. Se llamaba como mi padre y como mi hijo: Ángel Oliva. Era un apicultor de colmenas de corcho, que llevaba sus enjambres a la dehesa de una marquesa en el Campo Charro (Salamanca). Curiosamente, unos 250 años después, esa finca fue comprada por su tataranieto, mi padre. Las tres siguientes generaciones practicaron una apicultura muy similar, basada en colmenas de corcho que transportaban en mulos durante la noche, realizando viajes de 40 kilómetros desde zonas más cálidas a lugares de floración tardía. Un mulo podía llevar nueve corchos y un hombre conducir dos mulos», cuenta Virgilio.

Enjambres de colmenas. / Cedida
Extremadura concentra un elevado número de colmenas y una densidad apícola significativa, lo que le otorga un gran peso en la producción nacional. Sin embargo, el sector enfrenta importantes retos: los altos costes de producción (como la alimentación suplementaria de las colmenas y los tratamientos contra la varroa), los precios bajos y la competencia de importaciones que afectan a la rentabilidad, así como las pérdidas de colmenas por enfermedades o condiciones climáticas adversas.
Viejos sabios
«Mis dos abuelos eran apicultores, viejos sabios que habían heredado el oficio de sus antepasados. Siempre me contaban historias, anécdotas y refranes como ‘los enjambres de abril pa mí, los de mayo pa mi hermano, los de junio pa ninguno’ y mil dichos más», cuenta Virgilio La primera vez que fue a sacar miel, tenía 5 años y durmió acurrucado con su abuelo debajo de una encina. Cuando su padre compró su primer camión, comenzó la producción de polen, un ‘boom’ que duró unos años. «Yo estudiaba y jamás tenía vacaciones, porque el verano coincidía con la época de más trabajo. Cuando trashumábamos de Extremadura a Castilla, había que hacerlo en muy pocos días, la floración no espera. Tendría 11 o 13 años y no podía casi con el peso de las cajas, que se descargaban antes del amanecer. Con 18 años conducía el viejo camión de mi padre, haciendo la trashumancia de Extremadura a Soria. A los 22 ya inicié mi propia explotación con 500 colmenas, poco a poco fui modernizándome en máquinas».
A día de hoy, Virgilio es un referente como criador en toda Extremadura y Castilla León, siempre con la inestimable ayuda de su compañero y amigo Pristiliano Luengo, vecino de Losar, «un gran profesional con más de 30 años de experiencia en la empresa familiar». También con el apoyo de algún trabajador más, según la campaña. «Un equipo sólido y productivo, siempre con mucho esfuerzo y quitándole horas al descanso, a veces sin horario y siempre bajo un sol abrasador», narra este veterano apicultor.
El lenguaje de las abejas
Sus hijos emprendieron otros caminos laborales, de modo que esta saga centenaria llega a su fin. El amor de Virgilio por la apicultura se refleja en cada palabra de su relato personal. Conoce a sus abejas como a sí mismo: entiende sus necesidades y, observándolas, aprendió su lenguaje. Sabe, por ejemplo, cómo anuncian la llegada de buen o mal tiempo.

Primer camión familiar. / Cedida
Su labor como apicultor ha estado siempre supeditada a la climatología y a la floración. La ganadería —en este caso, de insectos— exige una atención casi continua, un trabajo que solo puede sostenerse con pasión y sacrificio.
Aun así, Virgilio Oliva volvería a elegir ser apicultor una y mil veces, a pesar del esfuerzo que ha supuesto a lo largo de su vida. La apicultura protege la biodiversidad y garantiza la polinización, aporta rentabilidad y empleo al medio rural, preserva tradiciones y cultura local, y contribuye a cerrar esa herida sangrante, ese fantasma que acecha a las zonas rurales: la despoblación.

Virgilio con sus colmenas. / CEDIDA
Porque Extremadura sigue perdiendo vida. Los registros oficiales de 2024 la sitúan en torno a 1.052.190 habitantes, con un descenso interanual y una pérdida más marcada en los municipios pequeños, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). Desde la Administración ya se han puesto en marcha algunas iniciativas para afrontar este desafío.
La Dirección General de Desarrollo Rural de la Junta de Extremadura colabora en varios proyectos. Uno de ellos es SUDOE ATLAS (2025-2028), que pretende revitalizar las zonas rurales e interiores, crear oportunidades económicas y garantizar el relevo generacional, apoyando la creación y consolidación de terceros lugares agroalimentarios. Otra iniciativa ha sido la habilitación del espacio digital ‘Quiero Vivir en el Pueblo’, cuyo objetivo es facilitar medidas, ayudas e información para la permanencia de la población en las zonas rurales. Historias como la de Virgilio dejan claro que no se puede perder el mundo rural. El SOS está lanzado.
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