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Luis Tobajas Belvís, médico de familia y secretario general del Colegio de Médicos de Cáceres

La soledad avanza: "nos consultan por tristeza, pero el sistema responde con recetas"

En todo el mundo crece una amenaza invisible que acorta vidas y deshilacha el tejido de nuestras comunidades: la desconexión social

Más de 65.000 extremeños de 60 años o más viven solos, la mayoría mujeres viudas

Una anciana cocina su propia comida, que tomará sin compañía.

Una anciana cocina su propia comida, que tomará sin compañía. / EL PERIÓDICO

Luis Tobajas Belvís

Luis Tobajas Belvís

España envejece a un ritmo imparable: el 20,4% de la población ya tiene 65 años o más, y las proyecciones del INE sitúan ese porcentaje en torno al 30,5% a mediados de siglo. En Extremadura, el envejecimiento es aún más acusado: 164,8 personas mayores de 64 años por cada 100 menores de 16 años en 2024, un récord regional. A ello se suma la soledad doméstica: más de 65.000 extremeños de 60 años o más viven solos, la mayoría mujeres viudas.

En todo el mundo crece una amenaza invisible que acorta vidas y deshilacha el tejido de nuestras comunidades: la desconexión social. Cuando una persona carece de suficiente contacto, no se siente apoyada o sus vínculos son frágiles o tensos, su salud se resiente. Esta desconexión —que adopta muchas formas, desde la soledad al aislamiento social— es un peligro silencioso pero real, capaz de deteriorar tanto el cuerpo como el ánimo, y de fragmentar la convivencia. Su impacto no se mide solo en enfermedades, también en la pérdida de comunidad y sentido de pertenencia.

La pobreza del cuidado

Cada vez es más habitual que, en la consulta de un centro de salud, de un hospital o de un consultorio médico, un paciente mayor venga sin un motivo médico claro. Dice que duerme mal, que se le olvida comer, que no tiene ganas de salir a pasear, que «ya no tiene con quién hablar» …Tras esos síntomas suele esconderse la soledad, esa enfermedad silenciosa que no se cura con medicinas. Esa soledad no deseada se ha convertido en una nueva forma de pobreza: la pobreza del cuidado. No hablamos solo de falta de recursos económicos, sino de ausencia de vínculos, de afecto, de tiempo compartido. Y esta pobreza no siempre se ve en las estadísticas, pero se siente en las consultas y en los domicilios donde el «silencio es compañía».

Como médico de familia, compruebo casi a diario que la soledad enferma. Aumenta la depresión, la distimia, la ansiedad, el insomnio y eleva el riesgo de morir de forma prematura. La evidencia lo respalda: un metaanálisis de 70 estudios publicado en Perspectives on Psychological Science halló que sentirse solo se asocia con un 26% más de riesgo de mortalidad y vivir solo con un 32%, incluso tras ajustar por otros factores.

Buscan alivio en los centros de salud

En realidad, la soledad es un problema social que cada vez se está «sanitarizando» más: los sistemas sanitarios absorben funciones que antes correspondían a las familias y a la comunidad. Las personas mayores que antes encontraban consuelo en su vecina o en sus hijos ahora buscan alivio en su centro de salud. Nos consultan por tristeza, pero el sistema responde con recetas porque no tiene más tiempo ni más manos. La soledad suele quedar en el anonimato y la intimidad, y se aborda principalmente mediante la prescripción de psicofármacos que agravan el problema, sumiendo al sujeto en un círculo vicioso con difícil escapatoria. Convertida en demanda asistencial, la soledad tensiona un sistema que no puede ser sustituto de la comunidad. La familia, que tradicionalmente fue el sostén natural de nuestros mayores, ha perdido peso como red de apoyo, debido al desplome de la natalidad, la dispersión geográfica y el cambio en los roles de cuidado. Quizá la mayor amenaza del envejecimiento, más que la muerte, sea la soledad.

Una sociedad justa no sólo se mide solo por la calidad de sus hospitales ni por la rapidez de sus quirófanos, también por el alma de sus centros de sanitarios, por la humanidad con la que allí se escucha, se acompaña y se cuida. La verdadera fortaleza de un sistema sanitario no está solo en sus avances técnicos, sino en la cercanía con la que trata a quienes se sienten frágiles o solos. Cuidar no es únicamente prolongar la vida, sino dar sentido a los días que quedan, aliviar el sufrimiento y ofrecer presencia cuando ya no hay cura posible. No se trata de añadir años, sino de vivirlos con dignidad, rodeados de afecto y compañía.

Escuchar el silencio

A veces salgo de la consulta con una sensación amarga. Siento impotencia, y pido disculpas por no saber tratar la soledad, porque no lo aprendí en la Facultad de Medicina de Extremadura. Nadie nos enseñó a escuchar el silencio ni a acompañar sin prisa. Me faltan manos, tiempo y también participación comunitaria. Detrás de cada analítica o electrocardiograma hay una persona que solo necesita ser escuchada.

Y en estos días de noviembre, mes de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos, la soledad se hace aún más visible. En los cementerios, junto a las flores frescas, también descansan las ausencias de quienes ya no tienen quien les visite. Muchas personas mayores, en sus casas o en las residencias de mayores, sienten el peso de esos recuerdos y la ausencia de quienes fueron su compañía. Estos días nos recuerdan que el mayor acto de amor quizá no es sólo llevar flores a una tumba, sino acompañar en vida a quienes se siente solos. Porque cada conversación, cada visita, cada rato compartido, cada sonrisa, cada abrazo, es una forma de cuidar la memoria de los vivos antes de que se conviertan en silencio.

Quizá el reto más profundo de nuestra época no sea curar, sino cuidar. Porque una sociedad se mide por el trato que ofrece a sus mayores, y la forma en que atendamos hoy su soledad revelará quiénes somos y qué valores queremos defender mañana.

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