La marginalidad estructural de la región
“Clímax tóxico” y autopoiesis regional, una perspectiva eco-política del estancamiento de Extremadura
Extremadura, tras siglos de sucesivas transformaciones políticas y económicas, parece haber alcanzado un equilibrio basado no en el desarrollo integral, sino en una suerte de reproducción de la carencia

Banderas extremeñas en una manifestación. / EL PERIÓDICO
La persistente situación de marginalidad estructural de Extremadura dentro del conjunto del Estado español invita a pensar más allá de las explicaciones tradicionales basadas en factores económicos, demográficos o administrativos. Pese a su intensa participación en episodios clave de la historia ibérica -como las conquistas medievales, el esplendor andalusí o la expansión ultramarina-, la región ha consolidado, a lo largo de los siglos, un estado de equilibrio sociopolítico que, más que reflejar una forma de madurez o desarrollo, representa un clímax de estancamiento: una forma de estabilidad empobrecida.
La institucionalización de la autonomía extremeña ha cristalizado un modelo de gestión política asistencial, más orientado a administrar la escasez que a generar capacidades endógenas
Para abordar este fenómeno, proponemos la categoría analítica de “clímax tóxico”, inspirada en la teoría ecológica de la sucesión, así como el concepto de autopoiesis social, tomado de la teoría de sistemas de Niklas Luhmann, en su adaptación de los postulados biológicos de Maturana y Varela. Desde esta doble perspectiva, Extremadura aparece como un sistema autorreferencial que ha alcanzado su propio equilibrio reproductivo interno, pero que lo hace sobre la base de la exclusión del cambio, la innovación y la diversidad funcional.
Sucesión ecológica
En ecología, el clímax designa el estadio final de una sucesión ecológica, es decir, la estabilización de un ecosistema en el que las especies presentes se han adaptado plenamente a las condiciones del medio. Esta culminación no implica necesariamente riqueza biológica o resiliencia, sino simplemente un equilibrio cerrado. Un desierto puede ser, en efecto, un ecosistema en clímax: funcional, estable y, sin embargo, extremadamente pobre en términos de biodiversidad.
La condición extremeña
Esta metáfora resulta especialmente útil para pensar la condición extremeña contemporánea. La región, tras siglos de sucesivas transformaciones políticas y económicas, parece haber alcanzado un equilibrio basado no en el desarrollo integral, sino en una suerte de reproducción de la carencia. La pobreza no es accidental ni coyuntural, sino constitutiva de un sistema que se mantiene, precisamente, gracias a su bajo nivel de complejidad y a su escasa capacidad de transformación interna.
Este fenómeno puede explicarse mejor si incorporamos la teoría de la autopoiesis como herramienta de análisis político. Un sistema autopoiético es aquel que se organiza a sí mismo mediante sus propios elementos, cerrando su operación sobre sí mismo y reproduciendo continuamente su propia identidad. En el campo de la sociología de sistemas, Luhmann advierte que los sistemas sociales no reaccionan directamente a las condiciones externas, sino que interpretan esas perturbaciones en función de sus propios códigos internos. De este modo, un sistema político o económico puede permanecer funcional en términos internos, aunque sus condiciones externas se degraden, siempre y cuando logre reproducir su estructura básica. En el caso de Extremadura, esta autorreferencialidad se manifiesta en la forma en que sus instituciones, élites políticas, marcos culturales e incluso discursos mediáticos operan en circuito cerrado: gestionan fondos, articulan consensos, reproducen identidades históricas, pero sin propiciar alteraciones sustanciales en la estructura del sistema. El resultado es una suerte de homeostasis empobrecida que, lejos de invitar al cambio, se resiste a él.
Una confluencia de factores
Históricamente, este estado ha sido alimentado por una confluencia de factores. La geografía extremeña, marcada por su condición fronteriza y su relativo aislamiento, ha dificultado la integración en los principales corredores económicos del país. Su papel como territorio de disputa entre reinos cristianos y musulmanes, entre Castilla y Portugal, así como la temprana militarización del espacio durante la Reconquista, consolidaron una estructura social jerárquica, rígida y poco abierta al dinamismo burgués o urbano. A ello se suman las consecuencias de la gestión política y económica de la conquista americana: aunque de aquí partieron figuras como Hernán Cortés o Francisco Pizarro, el flujo de riqueza y poder se desvió hacia los centros administrativos del Imperio, dejando a la región fuera del circuito de acumulación.
Más recientemente, la consolidación del Estado autonómico no ha alterado sustancialmente esta lógica. Al contrario, puede argumentarse que la institucionalización de la autonomía extremeña ha cristalizado un modelo de gestión política asistencial, más orientado a administrar la escasez con recursos externos (PAC, fondos europeos, empleo público) que a generar capacidades endógenas. Esta situación se reproduce con el beneplácito de una cultura política de baja intensidad, imprescindible para sostener el paradigma tóxico, que a su vez retroalimenta a esa rígida cultura política y donde los grandes consensos no responden a proyectos transformadores, sino a la gestión consensuada de la dependencia.
Desde el plano cultural, la representación del carácter extremeño como apático, pasivo o propenso al fatalismo ha tenido efectos performativos. Miguel de Unamuno, en su obra “Por tierras de Portugal y de España” (1911), ofrece una de las versiones más controvertidas de este imaginario al sugerir que el paludismo, al afectar al temperamento biológico de la población, habría generado una forma de ser marcada por la irritabilidad pasiva, la falta de constancia y una suerte de impulso desesperado por el riesgo. En su visión, los conquistadores no son héroes, sino jugadores compulsivos en busca de fortuna.
Estereotipos interiorizados
Esta lectura, aunque esencialista y científicamente carente de toda evidencia empírica, ha sido reactivada simbólicamente en ciertos momentos como forma de explicar la falta de dinamismo regional. A la larga, estas representaciones operan como mecanismos de refuerzo del sistema autopoiético: los estereotipos se interiorizan, los relatos se repiten y las alternativas se vuelven invisibles.
El resultado de este proceso es un ecosistema sociopolítico que ha alcanzado su clímax tóxico: un equilibrio cerrado, pobre en diversidad institucional, económico-productiva y simbólica, y que se reproduce a través de una estructura que inhibe los mecanismos de auto-renovación. En este marco, cualquier perturbación externa -ya sea una crisis climática, un colapso de los fondos europeos, una transformación tecnológica o una nueva ola migratoria- será reinterpretada por el sistema en función de sus propios códigos: no como oportunidad para el cambio, sino como amenaza a su equilibrio interno. De ahí la importancia de pensar en claves de apertura sistémica, de disrupción cultural y de activación de nuevas autopoiesis regionales, capaces de generar proyectos alternativos de reproducción social no anclados en la dependencia ni en la resignación.
La clave del futuro de Extremadura no está únicamente en la inversión ni en la tecnología, sino en la transformación de sus condiciones internas de reproducción: es decir, en la capacidad de alterar sus propios mecanismos autopoiéticos. Como cualquier sistema vivo, una región no evoluciona por mera acumulación de recursos, sino por reconfiguración de sus relaciones internas, por incorporación de nuevas funciones, por mutaciones simbólicas que hagan posible lo hasta entonces impensable. Solo entonces el clímax dejará de ser tóxico y podrá convertirse en una etapa intermedia hacia una sucesión más rica, más abierta y más viva.
El autor es vicedecano del Colegio Oficial de Biólogos de Extremadura
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