El otro éxodo rural
La Extremadura de los colonos: Historias de pueblos sin historia
Un proyecto impulsado durante el franquismo daría a luz a 63 pueblos de colonización en la región, levantados sobre baldíos y estepas con dos objetivos clave: repoblar el campo y resucitar las tierras yermas mediante el regadío. Pero, ¿qué supuso para las familias de los años 40 llegar a lugares sin pasado ni memoria?

pueblos colonización/Vegaviana. Kindel vía Fernández del Amo Arquitectos /

Los pueblos de colonización fueron un proyecto rural impulsado en la dictadura franquista, momento en el que se daría a luz a más de 300 pequeñas localidades durante las décadas de los 40 y 50, con dos objetivos principales: hacer fértiles las tierras yermas y repoblar el campo español, frenando así la migración masiva a las ciudades. En Extremadura se levantaron 63 de ellos, fruto de corrientes arquitectónicas modernas que contaron con los mejores profesionales de la época, aunque hoy su proyección suele quedar sepultada por los tesoros históricos de la región.
Ahora, Marta Armingol y Laureano Debat rescatan su memoria y la de sus protagonistas en el libro 'Colonización. Historias de los pueblos sin historia'. Armingol es natural de La Cartuja de Monegros, un pueblo de colonización en Huesca; Debat, periodista argentino afincado en España desde hace más de una década. Juntos decidieron dar visibilidad a la biografía de estos municipios. Comenzaron por Extremadura, donde se concentra el 21% de estos municipios por su cantidad de tierras áridas.
El régimen recupera planes de la Restauración
El gobierno franquista esperaba, de este modo, recuperar económicamente las zonas del país más castigadas por la Guerra Civil, en una España obligada a autoabastecerse por la escasez y el aislamiento del comercio internacional. El régimen decidió rescatar los proyectos intelectuales de regadío y modernización agraria planteados ya durante la Restauración y la Segunda República. A través de políticas hidráulicas y la construcción de embalses, se pretendía llevar agua dulce a territorios de secano y convertirlos en tierras productivas.
Se crearon 42 pueblos en la provincia de Badajoz y 21 en la de Cáceres, dentro de un proceso que asentó a cerca de 60.000 familias campesinas en todo el territorio nacional. Las tierras se repartían entre jornaleros, los llamados colonos. Cada uno recibía un lote que incluía un carro con herramientas, algún animal de tiro, una vaca, una parcela para cultivar y una casa que debía pagar en cuarenta años.
"Se atraía a gente que podía optar a ser colona y se hacía una selección. A veces venían de pueblos vecinos, otras los trasladaban de municipios muy poblados. Eso hacía que llegaran ciudadanos de diferentes zonas a lugares completamente nuevos, sin tradiciones ni vínculos previos. Hay testimonios de personas que recuerdan vivir en sus casas sin saber quién era su vecino, con miedo a salir a la calle porque no conocían a nadie. Había que empezar de cero, crear comunidad desde la nada. De hecho, al principio vivían en barracones mientras trabajaban, porque lo prioritario era hacer productiva la tierra", explica Armingol.
Jóvenes arquitectos levantan los pueblos de cero
Así, jóvenes arquitectos formados en los nuevos lenguajes estéticos del siglo XX aterrizaron en medio del campo para crear, de un día para otro, las que serían las nuevas poblaciones. Influenciados por las corrientes vanguardistas europeas, aplicaron una concepción higienista y ecológica de la arquitectura. El diseño era homogéneo y sencillo, con casas blancas, corrales grandes para animales y una estructura urbana basada en una calle principal y una plaza.
Los planes urbanísticos estaban concebidos para crear comunidad. Las viviendas se organizaban en calles peatonales próximas a las plazas, con las puertas delanteras abiertas al espacio común para facilitar la convivencia, mientras que las traseras, orientadas a los corrales, daban a calles secundarias con el fin de separar la vida cotidiana del trabajo.
"Las fuentes y calles principales servían como punto de reunión, sobre todo para las mujeres, que se conocían allí y empezaban a tejer relaciones", señala Armingol. Otro de los elementos distintivos son las iglesias, que fueron un laboratorio estético único en la España rural del franquismo: "Se alejaban de los modelos clásicos —barrocos, góticos o medievales— con fachadas más modernas, mientras que los murales o relieves respondían al arte abstracto. Además, había una norma del régimen que establecía que ningún edificio podía superar en altura a la torre de la iglesia", añade Debat.
El Plan Badajoz, la política más ambiciosa del régimen
El Plan Badajoz, aprobado en 1952, fue la intervención más ambiciosa dentro de las políticas de colonización. Estaba destinado a mejorar el sistema agrícola teniendo como base el río Guadiana, con el objetivo de mejorar la producción y la renta de la provincia en un plazo inicial de catorce años. Este proyecto no solo transformó el paisaje —porque las tierras de secano se convirtieron en regadío, modificando la biodiversidad y la forma de producir—, sino que también supuso una profunda transformación sociológica.
"Este libro tiene también una parte antropológica, porque habla de cómo las personas se trasladan de un lugar a otro, y cómo en cada uno de los pueblos surge una cultura heredera de muchas otras, traídas por todos los colonos que llegan. Creo que esa es una parte interesantísima del fenómeno", cuenta la profesora y escritora de Los Monegros. Añade que "las generaciones que ya nacimos allí nos encontramos con todo eso hecho, pero nuestros padres no eran de allí, eso genera una paradoja en la forma de construir la identidad".
Vegaviana, el pueblo que llegó a la Unión Soviética
Uno de los pueblos de colonización más destacados es Vegaviana, situado en la vega del río Árrago, en la provincia de Cáceres. En 1958, Kindel, uno de los fotógrafos más reconocidos del país por sus imágenes de la España de posguerra, retrató la localidad recién levantada. "Las imágenes llegaron incluso al V Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos celebrado en Moscú, donde compitió fuera de programa porque la España franquista no reconocía a la Unión Soviética. Aun así, le dejaron participar y obtuvo un premio. Eso generó mucha propaganda y el pueblo adquirió un relieve importante", detalla Debat.
Las imágenes se difundieron por todo el mundo y, gracias a ellas, el arquitecto que proyectó Vegaviana, José Luis Fernández del Amo, recibió el Premio Eugenio D'Ors de la crítica de arte de Madrid por la exposición que presentó en el Ateneo. Del Amo realizó más de veinte poblados en el Instituto Nacional de Colonización, algunos de los cuales figuran entre las obras clave de la arquitectura contemporánea española.
Otro de los municipios extremeños que destaca arquitectónicamente es Entrerríos, una localidad menor de Villanueva de la Serena, situada entre los cauces de los ríos Guadiana y Zújar. Cuenta con "una estructura muy particular en forma de caracol y una gran plaza con mucho protagonismo. Los pueblos del sur de Badajoz, como La Bazana o Valuengo, tienen una gran riqueza patrimonial", señalan ambos autores.
El potencial actual de los pueblos de colonización
Pero, ¿en qué situación se encuentran hoy estos pequeños territorios? La mayoría siguen teniendo una base agrícola, sobre todo en el caso extremeño, donde constituye una de las principales actividades económicas. Algunos han crecido gracias a la creación de cooperativas, mientras que aquellos situados cerca de grandes núcleos urbanos se han convertido en ciudades dormitorio y han conseguido repoblarse.
En otros casos, los pueblos han desaparecido: "Solo se ha mantenido la iglesia, mientras las casas originales se han sustituido por bloques de edificios. En otros casos, directamente se han despoblado", recuerda Debat. Ninguno de ellos, sin embargo, es especialmente conocido, por lo que su actividad turística sigue siendo limitada, salvo excepciones como las del Delta del Ebro, en Cataluña, debido a su proximidad al mar.
En este sentido, Armingol subraya la importancia de recuperar el patrimonio a través de la conservación: "Hemos visto casos donde se ha incorporado mucha cerámica, por ejemplo en Talavera, pero a costa de hacer desaparecer la arquitectura original. La idea no es una regeneración que destruya su historia y su valor".
Debat defiende también que, a pesar de las publicaciones que están poniendo de relieve su importancia y de los debates sobre su protección como conjuntos patrimoniales, no se han desarrollado políticas concretas al respecto. "En España no hay una ley nacional que proteja el patrimonio de los pueblos de colonización; todo depende de iniciativas individuales", lamenta.
La mujer colona, el trabajo invisible
Otra de las historias olvidadas de este fenómeno es la de la mujer colona. El hombre era el titular de todos los derechos sobre la casa y las tierras adjudicadas, pero sus esposas trabajaban a la par y desempeñaron un papel decisivo en el éxito de las nuevas comunidades rurales, aunque quedaron relegadas a un rol simbólico y doméstico.
"Cuando pedíamos testimonios, siempre aparecían voces masculinas. Las femeninas había que buscarlas, había que salir a la calle, sentarse en un banco, preguntar directamente por ellas", destaca Armingol. En su libro recuperan, entre otras, la figura de Isabel Corcobado, la primera mujer taxista de Valdelacalzada y de Extremadura.
La historia de los pueblos de colonización no es fácil. A ellos llegaron campesinos cargados de camastros para recibir una casa con pila y retrete, un par de vacas y una carreta. No se ensalza por su belleza, ni en busca de reivindicación. Forma parte de la radiografía de una España de posguerra en la que las familias llegaban con sus hijos a cuestas en busca de una vida mejor. Y también es el ejemplo de cómo cientos de extremeños revivieron una tierra de baldíos y estepas a fuerza de comunidad, costumbres y trabajo.
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