ENTREVISTA
La escritora Inma Chacón: "Hay un peligro gravísimo de involución en España"
Su padre fue uno de los alcaldes más conocidos de Zafra. Su hermana gemela, Dulce Chacón, se convirtió en un referente por esa 'Voz dormida' que evoca la represión franquista. Ahora la autora se detiene en las sombras, los secretos, la capacidad de ver siendo ciegos y en aquellos que no lo consiguen en un país como el de hoy

La escritora Inma Chacón presenta su nueva novela. / Cedida

Su padre fue uno de los alcaldes más conocidos de Zafra. Su hermana gemela, Dulce Chacón, se convirtió en un referente por esa 'Voz dormida' que evoca la represión franquista y la dureza que vivieron tantas mujeres encarceladas en la posguerra. Inma Chacón siempre ha denunciado las desigualdades con firmeza y ha sabido plasmarlo en novelas donde nunca falta un homenaje a Extremadura, porque aunque Madrid la adoptó, se considera "extremeña de corazón por los cuatro costados". Habla despacio, como si le sobrara el tiempo, hace una pausa antes de responder —quizá la mejor manera de preservar la coherencia—; escribe para vivir, en esos momentos en los que sube a las nubes, y ahora presenta en la región su última novela, 'Los ojos de Bruna'. En la entrevista con este diario se detiene en las sombras, los secretos, la capacidad de ver siendo ciegos y en aquellos que no lo consiguen en un país como el de hoy.
¿Qué es la luz?
Bueno, la luz es el instante en el que descubrimos quiénes somos y qué es lo que hacemos en este mundo. Es fundamental para poder reconocernos y construirnos en lo que queremos ser.
¿Y dónde está esa luz?
Hay que buscarla dentro. También en los demás, en aquellos que nos iluminan. Debemos tener esa capacidad de aprender del otro.
Nació en Zafra, en plena dictadura franquista. Su padre llegó a ser alcalde de la ciudad durante el régimen. ¿Cómo influyó en su mirada?
Mi padre ha sido siempre un ejemplo de honestidad y sabiduría. Se preocupó mucho por la mejora de los ciudadanos y el progreso del municipio. Fue un hombre muy querido; murió joven, con 45 años, y todavía se le recuerda como uno de los alcaldes que más ha hecho por Zafra. No me gusta cuando dicen "hija de un alcalde franquista". No destacó por una ideología como la del dictador, sino precisamente por todo lo contrario, fue un alcalde muy social. Consiguió llevar el agua a todas las casas, que el castillo se convirtiese en parador nacional, hizo viviendas sociales y logró que la ciudad se convirtiera en patrimonio histórico-artístico.
Y, al mismo tiempo, escribía poesía bajo seudónimo.
Él nos leía sus poemas cuando éramos pequeños. Quizá influyó en el ritmo de la literatura de mi hermana Dulce y de la mía; ese ritmo lírico que siempre se encuentra en nuestra literatura. Tengo otros hermanos que también escriben y que también tienen ese amor por la poesía. O sea que son todas influencias muy bonitas.
En sus novelas suele aparecer un componente de denuncia social. ¿Cuándo nace esa pulsión?
Después. Yo conocí las desigualdades estando interna en un colegio de monjas en Madrid. Ahí fue donde me rebelé... Había niñas ricas y pobres, con diferencias clarísimas. Una parte tenía privilegios sobre las otras: un jardín enorme frente a un patio más bien pequeño para jugar. Teníamos incluso diferentes uniformes.
¿A qué clase pertenecía usted?
Yo estaba con las niñas ricas porque era interna, pero mi madre nos había conseguido becas para que pudiéramos estudiar. Ocurrió cuando se quedó viuda con nueve hijos. Se fue a trabajar a Madrid y fuimos a ese colegio, aunque yo también estaba desplazada.
Su hermana fue también una autora profundamente comprometida con la situación de las mujeres y la represión franquista. ¿Cómo ha dialogado su obra con la de ella?
Cuando saqué mi primera novela, que fue por encargo de mi hermana, llamé a su hija mayor, Dolores, y le dije: "Me da miedo que la gente pueda pensar que yo quiero imitar a tu madre". Y me dijo: "No te preocupes, sois muy diferentes. Ella vivía en las nubes y para escribir se bajaba a la tierra; tú vives en la tierra y para escribir subes a las nubes".
'Los ojos de Bruna' son la memoria, las sombras, las lealtades y también las verdades que no se dicen...
¿Las verdades que no se dicen? Los secretos… Algunos se guardan para proteger al otro, pero la mayoría perjudican a la verdad porque por algo se esconden, y ese algo suele ser negativo. Es preferible la claridad y la luz a las sombras.
En esa nueva novela todos callan y todos mienten, ¿es así la vida?
No lo creo. Existe la maldad y también la bondad, y pienso que hay más de lo segundo. En mis obras siempre hay malos y buenos, como en la vida. Lo que pasa es que la maldad perjudica más, se extiende como una mancha de aceite, y la bondad beneficia a unos pocos normalmente.
Igual siempre miramos más lo malo...
Lo malo destaca más. Tenemos esa tendencia a echar en cara lo malo y que lo bueno pase desapercibido. Es como cuando arreglas la casa. Cuando está todo en su sitio nadie se da cuenta, pero cuando está desordenado sí.
¿Qué simbolizan esos ojos de Bruna?
Son unos ojos que ven siendo ciegos. Es la capacidad de las personas de poder ver, aunque no sea con el sentido de la vista. El símbolo son las relaciones personales. Están las de amor: fraternal, entre pareja, filial... Pero también las de poder, que se aprovechan para abusar de los demás. Ese abuso se puede manifestar de diferentes maneras; sexual, económica, social, incluso en el trato con los niños. Esos ojos de Bruna son los que ven, incluso pueden andar sin tropezar.
¿Qué es la familia?
Es el primer núcleo social, donde aprendemos a querernos y a convivir, a compartir, a odiar también, a respetar. Aprendemos los valores fundamentales que vamos a ejercer a lo largo de la vida.
¿A odiar?
Sí. Con los hermanos se producen unas peleas que pueden ser muy virulentas porque sabemos que, al final, va a llegar la reconciliación y el perdón. Pero el paradigma del odio entre hermanos está ya en Caín y Abel, en el inicio de la historia o, por lo menos, de la simbología religiosa.
La historia transcurre en el siglo XIX, un periodo marcado por inestabilidad política, crisis económicas, desamortizaciones y una España rural que en Extremadura se vivió con especial crudeza. Además, parte de la trama se inspira en un crimen real ocurrido cerca de Trujillo. ¿La novela es también una forma de retratar la época?
Claramente, sí. Para mí el siglo XIX no es solo muy convulso política y socialmente, con varias revoluciones a cuestas, también es el siglo del progreso. De los comienzos de la industrialización, de los descubrimientos; la máquina de vapor, el tren, la electricidad y los fósforos, los globos aerostáticos, la pila voltaica… Hay uno de los personajes de mi novela al que le gustan mucho todos esos descubrimientos, y el hilo conductor temporal de la novela se hace a través de ellos. Por otro lado, al crimen de Trujillo le llamaron el de la Pacheca. Era una chica joven que aparece muerta en su casa; está jugando con su tía a las cartas y, de pronto, hay un candil que se está quedando sin aceite. La tía baja al sótano para llenar el candil y, al subir, se la encuentra degollada.
Muy parecido al inicio del libro, pero la niña es ciega.
Sí. Había estado en un club de lectura de personas ciegas. Una de ellas me dijo: "¿Por qué los escritores recurrís siempre al sentido de la vista?". Yo le dije que es un recurso que ayuda mucho en la narración, pero que en mi próxima novela pondría un personaje ciego que recurra a los otros sentidos. Mi protagonista se guía por esos cuatro sentidos y, como decía antes, es capaz de ver lo que otros no pueden ver.
En sus obras siempre hay un guiño a Extremadura. Esta se enmarca en el sur, en la España rural. ¿La literatura debe hablar de la periferia?
A mí me parece fundamental. Yo siempre hablo de Extremadura a donde voy. Soy madrileña de adopción, pero extremeña de corazón, vamos, por los cuatro costados. Incluso conservo algo de acento. Es necesario que se conozca y ponerla en el mapa. Ya se empezó a hacer a raíz de la democracia, reclamando que se nos mirase de otra manera y creo que lo estamos consiguiendo. Aun así, todavía queda mucho por hacer. Es incomprensible que todavía no haya un tren digno, de manera que también me resulta incomprensible que las otras comunidades no se solidaricen con Extremadura y reclamen que todo el territorio español esté comunicado a través de una red ferroviaria igual para todos. Es un déficit de la política extremeña. Ha fallado.
¿Extremadura se está empezando a contar bien desde la literatura?
Hay grandísimos escritores extremeños que están muy visibilizados ahora mismo. Luis Landero, por ejemplo. También periodistas, como Isabel Gemio, que llevan como bandera Extremadura. Es una región muy viva, con una efervescencia cultural tremenda, no solo dinamizadora, también de las tradiciones.
Después de hacer la reflexión de ese siglo XIX, ¿cómo ve la vida y el país de hoy?
Creo que hay un gravísimo problema de involución. Un desconocimiento muy preocupante entre la gente joven sobre nuestro pasado reciente y una falta de educación en el sentido social de la palabra. ¿Cómo es posible que los jóvenes que están llegando a la edad de votar puedan pensar que con Franco se vivía mejor? Frente al espíritu crítico que debería guiar la conciencia política del ciudadano, se imponen los bulos y la mentira, el desconocimiento, la incultura. Y eso es porque no se lee. No pueden conocer la verdad porque no cuentan con referencias para comparar lo que les dicen. Eso hace que no sepan debatir y, por lo tanto, son muy manipulables. Ahí es donde calan los populismos, las mentiras y los salvapatrias.
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