Con sumo gusto
Sunday blues
¿Por qué narices en lugar de regocijo, los domingos sentimos esa especie de tristeza, algunos, morriña, otros, saudade, la gente buena, o nostalgia, los melancólicos?

Tristeza en domingo. / Freepi
El sustantivo domingo, aunque pueda parecer que proviene del mundo del fútbol, en realidad lo hace de Dies Dominicus, que significa ‘Día del Señor’. Los romanos, antes de Constantino, en el paganismo que les caracterizaba, dedicaban ese día al Sol, de ahí el sunday anglosajón. Con la llegada del cristianismo, el día del sol se cambió por el día de la resurrección, ocurrida al inicio de la semana; porque sí señores, en la tradición judeocristiana el domingo era el primer día de la semana. Los miembros de nuestro selecto Club del Pijama* que frecuenten el país vecino saben de lo que hablo.
En la Edad Media, el domingo era también día de mercados y ferias porque la gente se reunía tras la misa. En algunos países, como Francia, se prohibía trabajar los domingos bajo pena de multa, reforzando su carácter de descanso. En la tradición popular, el domingo se asocia con reuniones familiares, comidas largas y ocio, un hábito que se mantiene hasta hoy.
Bien por culto al astro rey, o a la resurrección de la carne del niño Jesús que nació en Belén —bendice estos alimentos y a nosotros también—, ¿por qué narices en lugar de regocijo, los domingos sentimos esa especie de tristeza, algunos, morriña, otros, saudade, la gente buena o nostalgia, los melancólicos? Hasta ahora no me había parado a pensar en ello, pero el otro día la ilustradora cacereña G de la K, a la sazón mi amiga Gloria, escribía unas líneas sobre el cortisol, que a mí me suena a corticoles, y, como tuve que googlearlo para no permanecer en la ignorancia, me trajo hasta estas líneas, por cierto dominicales también.
La tristeza de los domingos
Lo curioso de este sentimiento es que aparece en un día que se supone pensado, desde los primeros cristianos, para el regocijo y la celebración. Con la revolución industrial se afianzó como el día de descanso por antonomasia (por Antonio Masa, como dicen en Badajoz). Quizá fue en esa época cuando comenzó a perfilarse esta morriña de la que hablamos, ya que, tras una dura semana de trabajo en la fábrica, el deseado premio que llega podía producir un cambio brusco en el organismo, y, unido al pensamiento de que mañana vuelvo a apretar tuercas sin parar, tampoco había tanto que celebrar.
Bien sabe el agudo lector de este espacio que, para mí, en la nostalgia está el diablo. La nostalgia mata moscas con el rabo cuando se aburre. Vade retro. Dicha la retahíla, añado que hace dos párrafos metía en el mismo saco cosas diferentes como tristeza, morriña, saudade y nostalgia, pero creo que se me entiende. Podría ser nostalgia de un tiempo libre que se escapa, nostalgia del descanso, nostalgia incluso de nosotros mismos en modo fin de semana. No es casualidad que esté tan extendido este sentimiento, y nos acompañe desde hace tantos años. La psicología lo ha estudiado y lo atribuye a diversos factores:
Los cambios en los horarios, en el descanso, en la alimentación y en diversas rutinas nos produce un desajuste que llegado el domingo por la tarde hay que ir recolocando, cosa que parece ser que no nos agrada, y menos si a mediodía has estado con tu cuñado dándole al pipiripí pipí, con la bota empiná, en casa de tus suegros.
Nuestra mente viaja al lunes, anticipándose a correos electrónicos, reuniones, al jefe, al compañero infumable… a lo que sea. Esta anticipación genera cortisol, que es de lo que hablaba el otro día mi amiga Gloria, A.K.A. G de la K, y que me despertó la curiosidad.
Exceso de tiempo libre. Al tener espacios vacíos, sobre todo por la tarde, nos da por hacernos preguntas quizá muy trascendentales.
Esta reflexión no es en absoluto algo abstracto, que para comprobarla habría que viajar al centro de nuestras mentes tomando LSD o algo así, pero que va, tiene signos externos evidentísimos. Por ejemplo, si un domingo abre algún hipermercado y nos da por ir, a eso de media mañana, veremos como el resto de los compradores pulula con desgana, casi como zombis sin destino concreto empujando el carro de su existencia. Si por la tarde sales al paseo, puedes comprobar el silencio que domina la calle, que solo se produce el domingo a esas horas. Es como si una ciudad entera, o un pueblo, se preparara silencioso para una guerra que se acerca.
¿Cómo podemos combatirlo?
Combatirlo supongo que es imposible o casi. Es algo que tenemos muy arraigado, pero seguro que hay cosas que podemos hacer, o directrices a seguir, que nos aparten un poco de esa especie de tarde muerta y deprimente. Como yo no soy psicólogo, aunque los abogados también somos un poco psicólogos —como los vendedores, los estibadores o los tramoyistas— mi recomendación es sencilla: haz un plan ligero para el domingo por la tarde. Por ejemplo, si te gustan los juegos de mesa, como al que suscribe, queda con algún amigo para echar un par de partidas al Catan o al que te de la gana. Sé que es complicado porque nuestras raíces nos llevan a permanecer en casa los domingos por la tarde, pero yo recomiendo hacer el esfuerzo.
Ni que decir tiene que el domingo por la mañana lo ideal es paseíto al punto de venta de prensa, te pillas El Periódico Extremadura, lo paseas como un galán, o una dama, por tu localidad, con la prestancia que ello conlleva, y en casa lo lees tranquilamente. Por la tarde recreas con un amigo el desembarco de Normandía con soldados de 15mm pintados a mano y te aseguro que llegarás a la cama bien informado, y con la cabeza en su sitio para afrontar la verdadera batalla, que está por llegar.
*El Club del Pijama es el grupo de lectores, librepensadores, que cada domingo llega al final de esta página. Bienvenido/a si eres nuevo/a.
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