Adiós a los cables
Del "cuelga ya" al "te mando audio": así ha cambiado la vida digital en los hogares extremeños
El teléfono fijo, antaño centro de la vida doméstica con esas llamadas vigiladas en el pasillo y en la factura, ha perdido terreno ante la omnipresencia del móvil, con un salto generacional hacia la inteligencia artificial que transforma por completo la comunicación

Una adolescente observa a una influencer en TikTok en su teléfono móvil. / EFE/Luis Tejido

Hubo un tiempo en que el teléfono fijo era el corazón de la casa. Estaba en el pasillo, en la cocina o en una mesita del salón, siempre con un cable que marcaba el perímetro de lo posible. Había que hablar sin apenas moverse, la posibilidad de intimidad era prácticamente nula y siempre bajo la mirada curiosa de quien pasara por allí. Era también el tiempo de esperar la llamada, de las citas furtivas interrumpidas por un "¡cuelga ya, que necesito llamar!"; de apuntar números en una libreta azul magnética pegada a la nevera. Era lo normal, era el fijo.
En aquellos hogares, hablar por teléfono era casi un acontecimiento. Sonaba como una alarma general y todos levantaban la vista. "¿Quién será?", se solía decir. Si el que llamaba era el novio o la amiga del colegio, la coreografía exigía hablar en voz baja para que nadie escuchara, estirar el cable hasta la puerta para ganar dos palmos de palmos de privacidad o hacer señales a quien pasaba por el pasillo para que no hiciera ruido. El reloj siempre estaba presente, porque las llamadas costaban dinero, especialmente las interprovinciales. Había tardes en que los padres y madres vigilaban la factura como quien vigila un termostato. "No hables tanto, que esto luego llega". Cada minuto se medía y las conversaciones exigían resúmenes.
Del cable al bolsillo
Hoy ninguna de esas escenas existe. Nadie monopoliza el teléfono, nadie espera a que quede libre la línea, nadie pide permiso para llamar. La comunicación se ha fragmentado, se ha vuelto simultánea, dispersa, silenciosa. Un hogar puede tener cinco móviles, cada uno con su propio universo de chats, grupos, audios y videollamadas. Donde antes había un aparato para toda la familia, ahora hay un dispositivo para cada miembro, con conversaciones paralelas que nunca se cruzan. El hogar ha pasado de tener una sola voz a tener cientos de notificaciones.
Aquel ritual doméstico se ha desvanecido en muy poco tiempo. Según los últimos datos del Instituto de Estadística de Extremadura, solo el 38,1% de los hogares extremeños mantiene teléfono fijo. El resto vive conectado de otra manera: el 96,5% de las viviendas tiene internet y casi el 100% dispone de móvil. Y no solo lo tiene: lo usa a diario. El 90,7 % de los extremeños se conecta cinco días a la semana o más. Lo que antes era esperar una llamada, ahora es un icono verde parpadeando.
Casi no se llama
Porque ya casi no se llama. La comunicación telefónica se ha convertido en algo excepcional, casi incómodo. La conversación se ha mudado a las redes sociales: audios rápidos, mensajes escritos, stickers, videollamadas improvisadas. El móvil no es un teléfono: es una agenda, un álbum, una oficina, un atlas… Llamar se ha vuelto tan raro que mucha gente solo lo hace en emergencias o asuntos muy concretos. El resto, va por notificación.
Pero esta transformación no es solo tecnológica; es también generacional. Más del 76% de los jóvenes de 16 a 24 años usan ya herramientas de inteligencia artificial, mientras que en los mayores de 55 años el porcentaje está por debajo del 20%. La brecha ya no está en tener internet, sino en cómo se utiliza. La región ha pasado en apenas dos décadas de una vida con un único teléfono fijo en casa a otra en la que la inteligencia artificial se cuela en los móviles de los más jóvenes.
El fin del "ring ring"
La historia doméstica ha cambiado por completo. El fijo, que antes marcaba la vida familiar —quién llamaba, cuánto costaba, quién escuchaba—, ya no tiene un lugar claro en los hogares. Los pasillos están en silencio. No suena el "ring ring" metálico que sobresaltaba a todo el mundo. Ahora las conversaciones se reparten en decenas de chats, muchas veces simultáneos, sin cables y sin horarios.
Extremadura, como el resto del país, ha entrado de lleno en la era sin cables. De aquellas tardes hablando sin poder moverse a una vida donde todo —literalmente todo— cabe en el bolsillo.
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