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Retazos de historia

La última concesión a Extremadura y a España: el puñado de tierra de Almendralejo que cubrió el féretro de un infante en el exilio

El sepelio de Alfonso de Borbón en Cascais incluyó un gesto simbólico: tierra de Almendralejo cubrió el féretro, uniendo al infante con su país, España

Almudena Villar Novillo

Almudena Villar Novillo

29 de marzo de 1956, en Villa Giralda (Estoril, Portugal), la tragedia se cierne sobre la familia real española en el exilio. Es Jueves Santos, Juan Carlos (que en 1975 se convirtió en rey de España) jugaba (o limpiaba) un arma, que se disparó y segó la vida de su hermano, el infante Alfonso, de apenas 14 años. El dolor de la pérdida se acrecentaba porque el destierro negaba a los condes de Barcelona el consuelo de enterrar a su hijo en su país.

Dos días después, el 31 de marzo, se celebró el sepelio en el cementerio de Cascais. Y, como la aflicción también agudiza el ingenio, si Afonso no podía reposar en España, España yacería con él. Con ello se escenificó el último y más conmovedor acto de rebeldía y amor por un país que les rechazaba. Ante la fosa, el féretro de Alfonso de Borbón no solo se cubrió las lágrimas de sus allegados, sino también la tierra procedente de Almendralejo, simbolizando un puñado de patria.

Aunque resulta difícil confirmarlo fehacientemente, de transportar las bolsas de arpillera desde Tierra de Barros hasta Cascais se encargó el monárquico extremeño Manuel de Lora y Lora.

De esta forma, sencilla y metafórica, el suelo fértil de Extremadura se convertía en la bandera que cubría al pequeño infante de España, el último vínculo físico de Alfonso con su tierra.

Treinta y seis años después, en 1992, los restos de Alfonso fueron exhumados por deseo de su padre y trasladados a España, para descansar definitivamente en el Panteón de Infantes del Monasterio de El Escorial.

Episodio dramático para la familia real española

La muerte del joven infante se considera como uno de los episodios más dramáticos de la historia de la familia real española y dejó una marca permanente en Juan Carlos I. Además, a lo largo de casi siete décadas, distintas versiones —y el silencio oficial— alimentaron rumores y especulaciones, aunque no se ha realizado una investigación judicial exhaustiva sobre el suceso.

De hecho, la versión oficial fue escueta, hablando de un disparo accidental mientras limpiaban una pistola. Lo último conocido procede de las memorias publicadas por el propio Juan Carlos I, quien remarca que la pistola se disparó de forma involuntaria mientras jugaban con ella, al creer que estaba descargada. La bala impactó a Alfonso en la frente.

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