Tribuna
Carta a Oriente: regresar al pueblo de mi abuela
El regreso al pueblo, especialmente en diciembre, es un viaje a la infancia donde se mezclan recuerdos, sabores y la presencia de seres queridos, como la abuela de la autora

Villafranca de los Barros. / Pilar Amaya de la Peña

Volver al pueblo materno desde el extranjero es más que un simple “volver a casa por Navidad”. Es reencontrarse con una esencia que nunca se olvida.
Hay historias que, llegado diciembre, una aprende a contar solo en voz baja, como si fueran para quien todavía escucha desde Oriente.
El panadero reparte el pan con la miga más pura que acompaña cada plato del puchero de la abuela. El carpintero llama al portón para cobrar el trabajo de la semana anterior. Dos Hermanitas de los Pobres danzan silenciosamente con el baile de sus hábitos por la calle Calvario.
La parada en Rayuela, donde el piche de barro guarda el testimonio de los lugareños que te vieron crecer y que conocen cada rincón de tu familia, entre el eco de las conversaciones y los rumores heredados. La tienda de Gloria Agudo, que te apunta en un cuaderno la compra, como si el tiempo se pudiera detener entre aquellas páginas. Las campanadas de la Coronada, que te despiertan de un estado de somnolencia, entre la infancia y el presente.

Villafranca de los Barros. / Pilar Amaya
La misa del Valle y el aperitivo de después en el Everest, donde los callos y una charla se convierten en rituales sagrados. La tarde en Copacabana, el refugio donde te encuentras con todos y con nadie a la vez, como si el tiempo no hubiera pasado.
“Y es que a veces siento que mi cabeza está llena de polvo y sueños rotos, y tengo miedo de volver al pueblo y no encontrar a nadie”, como cantaba Robe.
Los días pasan rápido, dejando un sabor a croquetas, aceitunas machadas, roscón y ese aperitivo que por más que quieras tiene fecha de caducidad. La despedida llega con el movimiento de una mano conocida desde la puerta de la niñez.
Cierro los ojos, alejándome de todo esto, con el afán de volver. Y es entonces cuando pienso que, si todavía escribiera cartas en estas fechas, no sabría muy bien qué pedir.
Porque el tiempo también pasa por las personas. Mi abuela, que fue el hilo invisible de muchos de estos encuentros, comenzó a desvanecerse en los pliegues de sus recuerdos... Poco a poco, los momentos se le escapan como agua entre los dedos y va borrando despacio lo vivido, como si alguien pasara una goma suave sobre la memoria, dejando solo la esencia de lo que fue.
Y si algún día esa niebla me alcanzara a mí, ojalá queden guardados esos aromas y sabores del pueblo: el aroma de la vendimia, el sabor intenso del caldillo, la Tierra de Barros tras la lluvia.
Este es mi deseo para los Reyes Magos: que la magia no consista en volver atrás, sino en que algo de todo esto nunca se pierda del todo.
Pilar Amaya de la Peña (Villafranca de los Barros, Extremadura).
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