Los nutrientes y la microbiota
Alimentación, cerebro-intestino e ideología: relación invisible pero decisiva
Comer no es un acto neutro ni estrictamente privado; es una práctica atravesada por relaciones de poder, desigualdades socioeconómicas y procesos fisiológicos que influyen en la manera en que pensamos, sentimos y nos posicionamos políticamente

Cerebro. / EL PERIÓDICO
La ideología suele entenderse como el resultado de procesos racionales, históricos y culturales: educación, tradición política, pertenencia de clase o experiencias vitales. Sin embargo, esta explicación resulta incompleta si no se considera la base material y biológica sobre la cual se construye el pensamiento. Comer no es un acto neutro ni estrictamente privado; es una práctica atravesada por relaciones de poder, desigualdades socioeconómicas y procesos fisiológicos que influyen en la manera en que pensamos, sentimos y nos posicionamos políticamente. La ideología, en este sentido, se gesta tanto en el discurso como en el cuerpo.
La alimentación refleja y reproduce la posición socioeconómica y esta desigualdad tiene consecuencias políticas que son profundas
Desde una perspectiva neurobiológica, el cerebro depende de un aporte adecuado de nutrientes para sostener funciones cognitivas y emocionales fundamentales para la vida social. Ácidos grasos esenciales como los omega-3 participan en la plasticidad neuronal y en la regulación emocional, favoreciendo la empatía y la flexibilidad cognitiva (Gómez-Pinilla, 2008). Asimismo, aminoácidos esenciales permiten la síntesis de neurotransmisores como la serotonina y la dopamina, implicados en la cooperación, la confianza y el control de la agresión (Fernstrom, 2013). Cuando estas condiciones no se cumplen, ya sea por carencias nutricionales o por dietas altamente procesadas, se incrementan la irritabilidad, la rigidez cognitiva y la reactividad emocional, estados que predisponen a visiones del mundo simplificadas y polarizadas.
A este nivel se suma el impacto de la inflamación crónica inducida por dietas pobres en calidad nutricional, frecuentes en contextos de precariedad económica. La neuroinflamación se asocia con ansiedad, hipersensibilidad al miedo y disminución de la capacidad crítica (Miller & Raison, 2016). No es casual que los discursos políticos más radicales y excluyentes se apoyen en emociones primarias como la amenaza o el resentimiento. Un cerebro sometido a estrés metabólico procesa peor la complejidad social y tiende a buscar explicaciones absolutas y culpables claramente identificables.
En este entramado emerge la microbiota intestinal como un mediador central entre alimentación, emociones y conducta social. El eje intestino-cerebro conecta la dieta con el estado de ánimo, la respuesta al estrés y la regulación emocional a través de vías nerviosas, inmunológicas y metabólicas (Cryan &Dinan, 2012). Dietas ricas en fibra, vegetales y alimentos fermentados favorecen una microbiota diversa, asociada con mayor resiliencia emocional; por el contrario, la disbiosis se vincula con ansiedad, irritabilidad y menor capacidad de autorregulación (Sarkar et al., 2018). Estos estados no determinan una ideología concreta, pero configuran el terreno emocional sobre el que se elaboran respuestas políticas más reactivas. ¿Hasta qué punto nuestras posiciones políticas se apoyan en estados emocionales que rara vez reconocemos como tales?
Valores éticos y políticos
Sobre esta base biológica se articulan los valores éticos y políticos asociados a la alimentación. Prácticas como el vegetarianismo y el veganismo no son meras elecciones dietéticas, sino expresiones de una ética que cuestiona la explotación animal, el impacto ambiental de la ganadería industrial y las lógicas productivistas del capitalismo (Singer, 1975; Nibert, 2002). Aunque no todos quienes adoptan estas dietas comparten una misma ideología, existe una correlación frecuente con posturas que enfatizan la justicia social, el ambientalismo y los derechos de los animales. Estas elecciones se sostienen tanto en marcos culturales como en disposiciones empáticas que facilitan el reconocimiento del sufrimiento ajeno.
De manera similar, el consumo local y ecológico suele vincularse a una crítica de la globalización alimentaria, el extractivismo y la agroindustria. Elegir alimentos producidos en circuitos cortos implica cuestionar la concentración del poder económico y defender modelos productivos más sostenibles y socialmente justos. La defensa de la soberanía alimentaria, impulsada por movimientos campesinos e indígenas y asociada a ideologías de izquierda, profundiza esta crítica al reivindicar el derecho de los pueblos a decidir qué producen y qué comen, concibiendo el alimento como un bien común y no como una mercancía (Via Campesina, 2009).
Sin embargo, estas elecciones éticas no están igualmente disponibles para todos. La alimentación refleja y reproduce la posición socioeconómica, y esta desigualdad tiene consecuencias políticas profundas. Las dietas consideradas “saludables”, variadas y ecológicas suelen ser más accesibles para las clases medias y altas, mientras que las clases más desfavorecidas se ven empujadas hacia alimentos baratos, ultraprocesados y de baja calidad nutricional (Darmon&Drewnowski, 2015). Esta desigualdad no solo afecta la salud física, sino también el equilibrio emocional y cognitivo.
Cuando amplios sectores de la población no pueden acceder a una alimentación adecuada, se acumulan estrés crónico, frustración y sensación de abandono institucional. Estos factores, combinados con los efectos neurobiológicos de una mala alimentación, pueden incrementar la vulnerabilidad a discursos políticos radicales, tanto de izquierda como de derecha. No porque la pobreza “genere” radicalismo de manera automática, sino porque las condiciones materiales deterioradas reducen la capacidad de regulación emocional y aumentan la receptividad a narrativas que prometen soluciones simples a problemas estructurales complejos (Moffitt et al., 2011). ¿Es posible exigir moderación, diálogo y pensamiento crítico allí donde las condiciones materiales erosionan la estabilidad emocional cotidiana?
Síntoma de desigualdad
Desde esta perspectiva, el radicalismo político puede entenderse parcialmente como un síntoma de desigualdades estructurales que se inscriben en el cuerpo. La ideología no solo expresa ideas, sino también estados emocionales colectivos moldeados por condiciones de vida concretas, entre ellas la alimentación. Ignorar esta dimensión implica responsabilizar exclusivamente al individuo por sus creencias, ocultando las estructuras que las hacen comprensibles.
En conclusión, la relación entre alimentación e ideología es profunda, indirecta y multidimensional. Los nutrientes y la microbiota no dictan nuestras ideas políticas, pero influyen en cómo procesamos el miedo, la incertidumbre y el conflicto social. A su vez, las elecciones alimentarias expresan valores éticos y posiciones ideológicas, aunque estas estén condicionadas por la clase social y el acceso desigual a los recursos. Comer es, simultáneamente, un acto biológico, social y político. Si la democracia requiere sujetos capaces de pensar con calma, empatía y complejidad, ¿qué responsabilidad colectiva tenemos sobre las condiciones materiales —y alimentarias— que hacen posible ese pensamiento?
El autor es vicedecano del Colegio Oficial de Biólogos de Extremadura
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