Entrevista a Valeria Aragón
«El desafío está en cuestionar sin rechazar»
Es autora del libro ‘Educar rompiendo el molde’ (2025, Plataforma Editorial), un marco práctico, visual y accesible para acompañar el desarrollo integral de niños y adolescentes en siete áreas claves: identidad, inteligencia emocional, creatividad, talento, acción, bienestar y propósito. La especialista en Inteligencia Artificial (IA) pedagógica propone un ecosistema de transformación educativa, personal y profesional desde un enfoque cercano, práctico y divulgativo. Hay vida, más allá de la IA.

Valeria Aragón. / EL PERIÓDICO
‘Educar rompiendo el molde’ nace de una mirada crítica al sistema educativo actual. ¿Qué urge cambiar?
Lo primero que urge es recordar qué significa realmente educar. Educar no es meter cosas en la cabeza del niño, lograr que el niño sea como los adultos creemos que debe ser. Educar es generar un contexto de seguridad, de vínculo, de presencia, donde pueda aflorar todo su potencial. Un lugar donde tenga permiso para ser y espacio para desarrollarse con nuestra guía. Y claro, eso lo cambia todo.
¿Por qué?
Porque un papá o una mamá parte de la idea de que tiene que conseguir que su hijo cumpla unas expectativas. Irremediablemente su día a día estará lleno de juicios, exigencias y correcciones constantes. Se fijará en lo que le falta, no en lo que hay. Debemos partir desde la confianza de que dentro del niño ya está todo lo necesario para ser un adulto capacitado para la vida. Mi rol como madre es acompañar, guiar desde los valores, y ayudar a dar forma a ese mundo interior para que pueda expresarse en el mundo exterior con seguridad y sentido. Educar así requiere presencia, conciencia y valentía. Es más retador, sí, porque también nos confronta con nuestras propias heridas, con nuestros automatismos, con lo que aprendimos sobre lo que “debía ser” un niño o una niña pero, es el único camino si queremos una educación verdaderamente transformadora y humana.
En el libro propone su Método de los Siete Colores, ¿en qué consiste?
El Método 7 Colores es una guía práctica para madres, padres y docentes que quieran acompañar de verdad, a niños y adolescentes, sin exigir ser perfectos, pero con el impulso de hacerlo un poco mejor. Lo que ofrece es un camino claro para aliviar muchas de las frustraciones cotidianas del proceso de educar, sin perder la conexión con los hijos, y al mismo tiempo, potenciando lo que cada niño ya trae consigo ¡que es muchísimo!. Está estructurado en siete áreas o colores que no están puestas al azar: las tres primeras como los tres colores primarios—identidad, inteligencia emocional y creatividad— forman la base. Nos ayudan a priorizar, a entender dónde poner el foco, qué sostener primero. Las tres siguientes abren todo un mundo de colores y posibilidades donde el talento, la acción responsable y el bienestar emergen de forma natural cuando la base está cuidada. Y la última o la primera, según se mire: propuesta y sentido que lo atraviesa todo y da dirección. No va de fórmulas, va de saber mirar, de acompañar sin invadir, de crear el contexto adecuado para que el niño pueda crecer, verse a sí mismo y organizarse de una forma que lo capacite para la vida plena. Ofrece una estructura sin rigidez, herramientas sencillas pero profundas, y sobre todo, permiso para hacerlo distinto sin sentirse culpables por no tenerlo todo resuelto. Y eso, en la práctica, es un gran alivio.
¿Qué no deberían perderse nunca en un aula?
Nunca deberíamos perder en el aula la presencia real. Eso no lo sustituye ningún algoritmo por muy grande que sea su base de datos de conocimientos. El aula debe ser un lugar seguro, donde las emociones tienen espacio, se puede jugar, cuestionar, equivocarse sin miedo y volver a intentar. Un lugar donde una pregunta sincera valga más que una respuesta perfecta y el error sólo sea un paso más, e inevitable, en el proceso de aprender. En un aula no se le debe privar al niño del proceso de observación y pensamiento crítico. Eso es tan peligroso que lo haga un maestro como que lo haga una IA.
Extremadura es una tierra de relaciones cercanas y fuerte vínculo familiar ¿Cree que ese contexto potencia la aplicación de modelos educativos más humanos como el que propone?
Sí, claro que sí. Las relaciones cercanas, el sentimiento de comunidad, el vínculo con la familia directa y extendida, los vecinos, el saber que no estás solo… todo eso es el mejor caldo de cultivo para que un niño pueda desarrollarse con confianza. Porque para que aflore el potencial de un niño, hace falta sentirse visto, acompañado y sostenido. Y ese tejido humano que existe en muchas zonas de Extremadura —y que no se puede sustituir con tecnología— es algo valiosísimo. Ahora bien, ese mismo tejido afectivo, cuando está muy impregnado de creencias rígidas, de expectativas heredadas o de formas de ver la vida que se repiten generación tras generación, también puede convertirse en un molde que limita. El desafío está en cuestionar sin rechazar. No se trata de romper con todo lo anterior, sino de discernir qué necesita ese ser único, dentro de esa familia concreta. A veces, para educar con libertad, hay que tener la valentía de mirar con otros ojos lo que siempre se hizo “porque siempre fue así”. Y eso, en familias que ya tienen una base de amor y cercanía, es mucho más posible.
Teniendo en cuenta su método, ¿por dónde nos recomienda empezar?
Empezaría revisando si tratamos a los niños con el mismo nivel de consideración con el que tratamos a una persona adulta. Cuando un niño se cae decimos: “Venga, venga, levántate, que no ha sido nada”. Pero si le ocurre a un adulto, lo primero que preguntamos es: “¿Está bien?”. A un adulto no se le obliga a comer metiendo la cuchara a la fuerza. A un adulto que está asustado no le decimos: “Menudas tonterías, ¡anda ya!”. Le preguntamos qué necesita, ¡o eso espero! Pues con los niños igual. No porque sean iguales, sino porque la forma en la que les tratamos será, con el tiempo, la forma en la que se traten a sí mismos. Y no queremos que se perciban como insuficientes, torpes o inadecuados. La segunda es hacernos una pregunta por defecto —especialmente cuando algo en su conducta nos descoloca o nos frustra—: ¿Por qué sí tiene sentido lo que está haciendo, diciendo o sintiendo? Para eso hay que hacer un ejercicio consciente de ponernos en su modelo del mundo: con su experiencia aún corta, su regulación emocional dependiente de la nuestra, sus motivaciones, sus temores. Y cuando hacemos ese cambio de mirada, ya no vemos al niño como un problema que hay que corregir, sino un ser humano al que podemos acompañar con su problema. Me parece interesante comenzar con el capítulo sobre comunicación del libro. Son herramientas sencillas, aplicables desde el mismo momento en que se leen, y que literalmente pueden cambiar el clima en casa o en el aula… y la percepción que el niño tiene de sí mismo.
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