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Una realidad social

Atender a padres e hijos a la vez: la mitad de los cuidadores extremeños pertenecen a la generación sándwich

Conciliar empleo, adolescencia y vejez dependiente define el día a día de miles de personas en la región, con responsabilidades familiares en dos direcciones al mismo tiempo

Gente de diferentes generaciones, paseando por la calle.

Gente de diferentes generaciones, paseando por la calle. / German Caballero

Rocío Muñoz

Rocío Muñoz

Cáceres

Esther es abogada. Trabaja mañana y tarde, tiene un hijo adolescente y cada día, rigurosamente, cruza la puerta de una residencia para ver a su madre, de 90 años. Nunca falla. Forma parte de la llamada generación sándwich, ese grupo de personas que cuida a padres e hijos al mismo tiempo y que en Extremadura representa a casi la mitad de quienes ejercen labores de cuidado.

El 70% de ellas compagina ese papel con su actividad profesional. Es el caso de esta extremeña, natural de Badajoz, que no recuerda cuándo fue la última vez que tuvo una tarde libre entre el trabajo y la atención a su entorno familiar. "Yo puedo hacer cosas a partir de las ocho, pero muchas veces estoy agotada. Es una carga mental y emocional", explica Esther, que prefiere proteger el resto de su identidad.

Sin embargo, no habla desde la queja ni desde el sacrificio. Tampoco lo vive como una situación límite. "Lo he decidido libremente y lo hago con amor. Nunca he pensado 'qué mala suerte', jamás". Su forma de afrontar esta etapa es serena, incluso positiva. Hasta ha encontrado tiempo para ir al gimnasio y, cuando se siente desbordada, relativiza. "No es trabajar en la minería, ni cruzar el océano en patera, ni tener un cáncer terminal".

Gráfico sobre las personas cuidadores en Extremadura.

Gráfico sobre las personas cuidadores en Extremadura. / Cinfa

Los cuidados de su madre son compartidos con sus hermanos, como ocurre en el 63,7% de los casos en Extremadura, según el estudio elaborado por Laboratorios Cinfa con el aval de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG). Por las tardes, cuando acuden a la residencia, se reúnen con un pequeño grupo de amigos que han hecho allí. "Es muy bueno para ellos porque es como una terapia. Hablamos, les preguntamos. Aunque mi madre y algunos otros tienen demencia, tú les haces preguntas y a veces conectan y te contestan".

Cuando la memoria va y viene

Cantan. Ponen canciones de Estrellita Castro y Manolo Escobar. Esther suele ir a verla por la tarde y, siempre que encuentra un rato libre, se acerca a darle "la vueltita". Comprueba que está bien, que no le falta nada, y la invita a viajar al pasado. "¿Tú cuándo te echaste novio? ¿Cómo empezaste a salir con papá?".

Esther, emocionada, cuenta que hay días en los que su madre la reconoce y otros en los que no. Pero siempre, dice, le dedica una sonrisa. "Le hago las mismas preguntas. 'Mamá, ¿estás bien?' y siempre me dice que sí. '¿Te duele algo?' y me dice que no. '¿Mamá, tú me quieres?', entonces me dice que sí. 'Yo también te quiero', le respondo".

La organización familiar es casi milimétrica. Su hermana se encarga de la ropa, deja preparados los conjuntos, el collar de perlas, las gafas y la dentadura limpia. De su hermano dice que es "un apoyo para las dos. Si yo tengo que salir, él se queda con mamá sin problema".

Lo que deja cuidar

Como la mayoría de personas cuidadoras en esta situación, Esther lleva más de cuatro años atendiendo a su madre. Cuando echa la vista atrás, no siente desgaste, sino satisfacción: "Todo esto me ha cambiado la manera de ver la vida". Su agenda se reparte entre trabajo, cuidados, ayudar a su hijo con los exámenes, citas médicas, hospitalizaciones y burocracia. Aun así, lo lleva "estupendamente, cada vez mejor y más agradecida. La vida te aprieta pero no te ahoga".

Para Esther las residencias son también el reflejo de un cambio generacional. Antes eran las mujeres quienes asumían el cuidado como una dedicación casi exclusiva. Hoy es una tarea más compartida y, además, cada vez resulta más difícil mantener a los mayores en casa.

La decisión más difícil

Recuerda que, al principio, intentaron hacerlo. "Oír hablar de un centro sociosanitario no entra en tus esquemas mentales". Primero contrataron a un cuidador unas horas al día. Después, la ayuda se amplió hasta cubrir toda la jornada. Su madre tiene el cuerpo paralizado, necesita silla de ruedas y la vivienda no está adaptada. "Ese no es el principal problema, sino que llega un momento en el que tu familiar tiene patologías de una gravedad que es inasumible mantenerla en casa, porque necesitas ayuda especializada".

Sala de actividades en una residencia de ancianos.

Sala de actividades en una residencia de ancianos. / El Periódico Extremadura

La decisión fue lenta y dolorosa. "Le das muchas vueltas, lo piensas, lo repiensas, lo sufres...". Cuando finalmente encontraron un centro que les convenció, llegó el día del ingreso. "Fue muy difícil. Muy, muy difícil. Recuerdo que fue a finales de octubre, llovía muchísimo. Era como si estuviéramos llorando por dentro y por fuera".

Sin embargo, la residencia no se convirtió en un punto final, sino en una nueva forma de cuidar. "Todo esto depende de cómo quieras gestionar a tu familia". En su caso, no delegaron el vínculo. "Hay personas que quieren seguir cuidando aunque necesiten la ayuda de una residencia, que es nuestro caso. Eso implica no solo que mi madre reciba nuestra visita, sino que todas las tardes, de lunes a domingo, uno de nosotros o dos estamos con ella".

Porque cuidar, para Esther, no es solo estar. Es seguir preguntando, cantando, recordando y diciendo, cada día, sin excepción: "Yo también te quiero".

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