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Con sumo gusto

Lo gratis

Muchas cosas no las pagamos con euros, las pagamos con tiempo, demasiado, con nuestros datos y con una dependencia que no osaré comparar con el alcoholismo o el tabaquismo

Recreación del circo romano en Mérida, el circo es uno de los servicios gratuitos más antiguos.

Recreación del circo romano en Mérida, el circo es uno de los servicios gratuitos más antiguos. / EL PERIÓDICO

Caminaba este humilde letrado de provincias por la calle Londres de nuestro Cáceres querido, «alegre y despreocupado, como el que camina hacia la muerte de otro» —solía decir el gran Jorge Ilegal—. Acera de enfrente a la del mal llamado Eroski, el Eroski que contiene un Mercadona dentro, para susto de forasteros. Pues en estas que de una pequeña tienda de ropa de señora, sale una de ellas con una prenda colgada del brazo, así muy vaporosa, como les gusta a ellas. Al poco sale de la tienda una joven y grita a la señora en cuestión que se ha llevado una prenda sin pagar. No hubo persecución, no hubo violencia ni caos, no hubo nada. La señora volvió sobre sus pasos, al mismo ritmo pausado que llevaba, y entregó la prenda a la joven y patidifusa tendera. Esta boca es mía y reanudó su caminar. El adiestrador de perros de la tienda de al lado, la tendera y yo nos miramos y nos dijimos mentalmente: «profesional, muy profesional».

La gratuidad siempre ha sido un instrumento de poder: quien da gratis se coloca por encima de quien recibe

Me encantaría tratar hoy el drama social de los hurtos propiciados por señoras de provecta edad, que son muchos y muy divertidos, pero eso otro día, a no ser que me fiche El Confidencial para ocupar el lugar de Soto Ivars. Lo dudo, no pueden pagarlo.

El producto y/o servicio gratuito mas antiguo que recuerdo, o que recuerda google, fue el panem et circenses romano. No era política social, era una forma muy eficaz de tener al pueblo tranquilo. Se pagaba con silencio, con dependencia e incluso, si nos ponemos muy empachosos, con ausencia de espíritu crítico. Seguro que a los miembros de El Club del Pijama* les suena bastante esta estrategia política. La gratuidad siempre ha sido un instrumento de poder: quien da gratis se coloca por encima de quien recibe.

La publicidad y los medios

En el siglo XX la publicidad y los medios de comunicación se hicieron grandes amigos. Siempre han existido, y existen, infinidad de televisiones, periódicos y radios que se consumen sin pagar, en los que el usuario de los medios es a la vez el producto, y el cliente, los anunciantes. Ese pacto se firmó por ambas partes y continúa muy bien avenido: tú me proporcionas información y entretenimiento y yo tolero tus anuncios, incluso a algunos les hago caso.

Cuando llegó Internet a los hogares pensábamos que estábamos en un paraíso digital sin peaje. Aquello era el coño de la Bernarda, con perdón: música, videojuegos, software, porno a discreción. Por aquellos inicios de onanismo olímpico aun la moneda de cambio solía ser la atención a la publicidad, amén de que la mayoría de las cosas que descargábamos gratis que comento eran ilegales, cosa que nos preocupaba muchísimo. Pobre Alejandro Sanz, la de veces que habremos escuchado el corazón partío de balde, como dice mi abuela Pepi. Ahora suena dentro de tu cabeza, y gratis. De nada.

Con los smart phones y las apps lo gratis y legal se disparó, y a su vez se dispararon los beneficios de las empresas propietarias, ¿que paradoja no? Publicidad integrada; modelo freemium en el que lo básico es gratis y lo demás se paga; venta de datos para publicidad personalizada... Aquí esta el demonio querido lector, ya no basta con que te comas algo de publi, ya quieren tu dinero: parten de lo gratis, y acabas suscrito por 15 euros al mes, en el mejor de los casos, a la mayor gilipollez que te puedas imaginar.

A lo Sherlock Holmes

Aquí está la madre del cordero, la sublimación de como sin pagar un duro tienes horas de colocón, a lo Sherlock Holmes en su fumadero de opio de confianza. Hablo del scrolling, principalmente en las aplicaciones de redes sociales, y en las de ventas del proveedor asiático. Scrolling es estar recostado cómodamente, como lo hacía el famoso detective del 221B de Baker Street en su fumadero de opio chino, mientras subes y bajas con el dedo por una interfaz infinita llenita de cosas que te encantan: recetas de cocina, hamsters lanzándose al vacío, indios haciendo piscinas, tías buenas, tíos buenos, tíes buenes tailandeses... de todo, como en botica. Esa actividad funciona como una droga blanda de diseño. Cada vídeo corto activa expectativa, recompensa rápida y ausencia de esfuerzo. El scroll infinito elimina el final, que es justo lo que permitiría parar. No decides seguir: te dejan caer en el siguiente estímulo. Y gratis.

Muchas cosas no las pagamos con euros, las pagamos con tiempo, demasiado, con nuestros datos, y con una dependencia que no osaré comparar con el alcoholismo o el tabaquismo, pero sí de droguita tonta y cotidiana, como el medio orfidal que se mete media España cada noche. Al final va a resultar que el tipo que regalaba droga en la puerta de los colegios era verdad.

*El Club del Pijama es el grupo de lectores, librepensadores, que cada domingo llega al final de esta página. Bienvenido/a si eres nuevo/a.

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