Una aproximación evolutiva a la viabilidad de la existencia humana
La función de la consciencia sin verdad ni sentido garantizado
El mundo no es un espejo de lo que ‘existe’ afuera, sino un dominio enactivo generado por la vida: efectivo, coherente y compartido, aunque no ontológicamente accesible

Consciencia. / EL PERIÓDICO
La consciencia no crea el universo; surge de la organización biológica y de su interacción histórica con el mundo, estabilizando entornos habitables y mundos compartidos, no interfaces ilusorias ni realidades ontológicamente derivadas. ¿Percibimos la realidad tal como es o habitamos una interfaz evolutiva que hace el mundo habitable ahora que los viejos dioses han dejado de hablar?
El origen de la vida y de la consciencia ha sido abordado durante siglos desde fisicalismos que reducen la experiencia a materia inerte, dualismos que la separan del mundo natural o metafísicas que la elevan a principio último. Sin embargo, todas estas estrategias fracasan donde más importa: explicar por qué la experiencia importa, duele, orienta, colapsa o sana (Maturana y Varela, 1980; Thompson, 2007).
Agotamiento conceptual
Frente a este agotamiento conceptual surge una aproximación evolutiva relacional que comprende la vida y la consciencia como procesos históricos y situados, no como entidades sustanciales. Estos procesos emergen de dinámicas de organización y acoplamiento mantenidas por la interacción con un entorno, sin requerir que la mente sea un fundamento último ni que la materia funcione como sustrato autosuficiente. Este marco permite analizar cómo percibimos, actuamos y nos coordinamos con el mundo sin recurrir ni a ficciones metafísicas ni a reducciones mecanicistas.
La intuición de Donald Hoffman —según la cual percibimos interfaces adaptativas y no la realidad en sí— resulta fértil solo si se la libera de su deriva idealista. La percepción no revela el mundo último, pero tampoco lo inventa: estabiliza regularidades evolutivas que permiten actuar, coordinarse y sobrevivir. La consciencia no preexiste a la vida ni crea el universo, sino que se constituye en el organismo vivo a partir de su historia de acoplamiento con el mundo, como evidencian su dependencia de la organización biológica y los experimentos clásicos de percepción activa (Hoffman, 2019; Di Paolo et al., 2017; Held y Hein, 1963).
La biología evolutiva
Si la percepción no es ‘verdadera’ —en el sentido de no copiar la realidad—, ¿por qué funciona tan bien y nos permite habitar mundos coherentes y compartidos? La biología evolutiva y las ciencias cognitivas coinciden en que los organismos no evolucionan para conocer la “realidad en sí”, sino para mantener su organización en condiciones cambiantes. Percibir no es copiar el mundo, sino regular la relación con el entorno, estabilizando patrones de acción, coordinación y supervivencia (Gibson, 1979). El mundo no es un espejo de lo que “existe” afuera, sino un dominio enactivo generado por la vida: efectivo, coherente y compartido, aunque no ontológicamente accesible.
Este mundo vivido no es una ilusión arbitraria, sino una estabilización histórica de coherencias relacionales forjada por la evolución. La consciencia depende de la organización biológica, como lo muestran las lesiones cerebrales, la anestesia y el desarrollo. La aparición progresiva de capacidades sensoriales y cognitivas refleja una historia de acoplamiento, y la coordinación intersubjetiva confirma que nuestro mundo es compartido y estable (Varela, Thompson y Rosch, 1991). Estas observaciones refutan la idea de Hoffman de que la consciencia genere la realidad de forma ontológicamente primaria y subrayan que la percepción es pragmática, emergente y situada. Simulaciones evolutivas indican, además, que una percepción parcialmente ajustada a regularidades relevantes es más viable y eficaz que una percepción total o una ficción completa (Hoffman et al., 2015).
Un mundo preexistente
En los sistemas vivos, la cognición no refleja un mundo preexistente, sino que participa activamente en su configuración. El co-ajuste dinámico entre organismo y entorno genera un dominio de interacciones recurrentes que constituye el mundo efectivo del organismo (Di Paolo et al., 2017). Este mundo no es ni puramente subjetivo ni una copia objetiva, sino una regularidad emergente de una historia compartida; su estabilidad intersubjetiva muestra que la realidad se co-configura y coordina, no que sea una ilusión individual (Thompson, 2007).
La consciencia se despliega cuando los sistemas autopoiéticos alcanzan niveles de recursividad capaces de integrar múltiples dominios de interacción y modular su propia actividad (Varela, Thompson y Rosch, 1991). No es un campo físico ni una sustancia fundamental, sino una dimensión experiencial de la regulación vital, inseparable de la organización biológica y de su trayectoria evolutiva; introduce sentido y valencia solo para el organismo vivo. Así, aunque nuestras percepciones funcionen como interfaces adaptativas, la consciencia se constituye históricamente en la relación con el mundo y no lo funda ontológicamente.
La vida emerge como auto-organización viable que precede tanto a la genética como a la cognición, sin propósito ni consciencia inicial, como muestran estudios sobre protocélulas, redes metabólicas y sistemas autocatalíticos (Ruiz-Mirazo et al., 2004). La cognición surge del co-ajuste de esta organización con su entorno, y la consciencia se desarrolla cuando la regulación vital adquiere recursividad suficiente para generar experiencia situada. Incluso el espacio y el tiempo, lejos de ser escenarios absolutos, pueden entenderse como regularidades compartidas que emergen de prácticas, coordinaciones e instrumentos históricos (Rovelli, 2004). Estas formas de organización no son arbitrarias: han sido seleccionadas porque estabilizan la vida bajo presiones ecológicas concretas.
Desde esta perspectiva evolutiva relacional resulta comprensible que el cerebro humano encuentre sentido y bienestar en prácticas meditativas, místicas, rituales o psicodélicas. La neurobiología ofrece aquí una clave decisiva: el cerebro, moldeado por la selección natural para regular la viabilidad del organismo mediante sistemas de predicción, afecto y significado, responde sistemáticamente a prácticas que modulan redes asociadas al yo narrativo, la regulación emocional y el sentido de pertenencia. La meditación, la oración, los rituales o las sustancias psicodélicas reducen la actividad de la red por defecto, aumentan la conectividad global y liberan neuromoduladores como la serotonina y la dopamina, produciendo estados de bienestar, disolución del ego y cohesión social (Carhart-Harris et al., 2014; Newberg y d’Aquili, 2001). Estas experiencias no revelan realidades ocultas ni constituyen ilusiones: evidencian la plasticidad cerebral para reorganizar el mundo vivido y funcionan como tecnologías culturales que restauran viabilidad afectiva, cohesión social y orientación existencial sin necesidad de acceder a ninguna realidad última.
Organización neurobiológica
La consciencia, dependiente de la organización neurobiológica encarnada, se complejiza con la evolución de sistemas regulatorios cada vez más integrados y genera mundos compartidos y estables en co-determinación con el entorno, sin implicar creación ontológica. La espiritualidad secular, la meditación y la psicodelia contemporánea confirman que el sentido no se descubre, sino que se constituye: el bienestar emerge cuando el organismo reorganiza activamente su relación con el mundo, aprovechando la plasticidad cerebral y la estructura relacional de la vida.
Ante la crisis contemporánea de sentido, en la que la ciencia ha desmontado las certezas tradicionales sin ofrecer una guía existencial sustitutiva, la consciencia no aparece como un lujo metafísico ni como un error evolutivo, sino como una función vital: hacer habitable el mundo cuando ya no es sagrado. No nos dice qué es real en última instancia, pero nos permite seguir viviendo cuando el sentido deja de estar garantizado: ¿puede haber una función evolutiva más fundamental y adaptativa que esa?
Jesús Ramírez Muñoz es vicedecano del Colegio Oficial de Biólogos de Extremadura
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