El hogar en la memoria
La huella de la emigración en Extremadura: «soñaba cada noche con mi casa»
Juan Pozo Sánchez fue uno de los miles de extremeños que emigraron a una Europa lejana. Su pueblo, Garganta la Olla, perdió el 46 % de su población en solo tres décadas. «En Holanda nos trataban muy bien» recuerda, pero el desarraigo le invadía. Diez años después regresó, compró unas cabras y vivió feliz en La Vera

Isidra y Juan muestran fotos de su estancia en Holanda. / Beatriz García Montalvo
Beatriz García Montalvo
La emigración de extremeños al extranjero durante las décadas de 1960 y 1970 fue un fenómeno importante dentro del contexto más amplio de la emigración española de mediados del siglo XX. En su mayoría, fueron hombres jóvenes (entre 20 y 40 años), aunque también emigraron familias enteras. Procedían de zonas rurales y pequeñas localidades, especialmente de Badajoz y del norte de Cáceres.
Mientras en el norte y el centro de España (País Vasco, Cataluña y Madrid) se desarrollaba la industria, en Extremadura apenas había fábricas ni inversión. Eso provocó que muchos jóvenes buscaran una vida mejor fuera. El destino más frecuente fue Francia, uno de los primeros países en firmar acuerdos con España (en 1963) para recibir trabajadores temporales. También emigraron a Holanda, Alemania, Bélgica, Suiza e incluso a América Latina y Canadá.
Trabajo en Europa y sectores industriales
En Europa faltaban trabajadores en el campo y en la industria. Los emigrantes ocuparon puestos de obreros en la industria automovilística (Volkswagen, Opel, etc.), en la metalurgia y la construcción, así como en fábricas y talleres, donde los turnos eran largos y el trabajo físico, duro. Las mujeres se emplearon en limpieza, hostelería o fábricas textiles, entre otros sectores.
Juan Pozo Sánchez (Garganta la Olla, 1948) fue uno de esos extremeños que emigraron a esa Europa lejana. Su semblante sonriente y sus expresivos ojos cuentan una historia que recuerda al detalle, mostrando una memoria increíble. Escucharle narrar su vivencia es un asombroso viaje en el tiempo que merece la pena conocer.
El viaje a Holanda y la fábrica Philips
«Corría 1972 cuando el Instituto Español de Migración de Cáceres, a través de los ayuntamientos de toda La Vera, buscaba obreros para ir a trabajar a Europa. Aquí en Garganta la Olla, el destino que se nos ofreció era Holanda para ir como obreros a la fábrica de la marca Philips. Nos presentamos cuatro hombres, nos hicieron pasar por varias revisiones médicas, hasta los dientes nos miraban», relata Juan Pozo. «Yo tenía 24 años y una novia. Esta fue sin duda la decisión más dura de mi vida, marcharme al extranjero. En mi pueblo no había apenas oportunidades, no había industria, dependíamos solo del campo y el salario era muy bajo, los jóvenes teníamos muy pocas oportunidades para poder crear y mantener una familia en el pueblo», recuerda.

Grupo donde aparece Juan Pozo y otros extremeños que pasaron con él un tiempo trabajando en Holanda. / Cedida
Según el estudio demográfico de la Comarca de La Vera (ADICOVER), Garganta la Olla pasó de 2.055 habitantes en 1960 a 1.168 en 1991, es decir, 943 personas menos, lo que supuso una pérdida de casi el 45,9% de su población.
«Un 20 de octubre de 1972 nos llevaron a Cáceres y de allí nos montaron en un tren a Madrid, yo que lo más lejos que había ido era a Plasencia. A la mañana siguiente nos llevaron en otro tren con destino París y luego a Holanda. Allí nos juntamos casi veinte extremeños de otras zonas de Cáceres. Nos repartieron y mi destino fue Eindhoven», precisa. «Nos acompañaba siempre algún intérprete, incluso allí en la fábrica teníamos médicos españoles. La primera semana fue muy dura, pensé que no aguantaría, nos daban un mono blanco, un gorro y unos zapatos de madera porque el suelo siempre estaba encharcado de agua», revela. «Mi trabajo en la cadena de Philips era montar en las pantallas de televisión en color (pasaban por una cinta a mucha velocidad) la parte que les daba color. Nuestra residencia estaba a tres kilómetros, allí compartíamos habitación en barracones de madera y teníamos una cantina. Había muchos españoles de Extremadura, Andalucía y León, pero también belgas y holandeses», cuenta.
El desarraigo y la vida lejos de Extremadura
«Al año volví a mi pueblo de vacaciones y me casé con mi novia, Isidra Pérez. Ya siendo mi mujer me la llevé a Holanda conmigo. Salí de la residencia y compartimos casa junto con otra pareja del pueblo. Isidra empezó en una lavandería, pero se quedó embarazada al poco tiempo y no le daban empleo, decidimos que era mejor que volviera a España para tener a nuestro primer hijo en casa, en el pueblo, en noviembre de 1974».

Juan Pozo y otro vecino de Garganta la Olla en la residencia de Holanda. / Cedida
El desarraigo es algo imperceptible, intangible a simple vista, pero afecta profundamente al espíritu. La añoranza de su tierra, de sus costumbres, su clima, su cultura y, sobre todo, de su familia era una pesada carga en el corazón con la que había que convivir a diario.
«Tu tierra te tira, tu gente, yo soñaba todas las noches con mi casa y mi familia. Volvía a Garganta la Olla dos veces al año, en julio y en Navidad, quince días que se hacían como quince minutos. Llamaba a casa, pero sobre todo nos escribíamos cartas la mujer y yo», rememora. «En la fábrica, nuestro horario era de tres turnos de lunes a viernes. El ocio era pasear, estar con los de mi pueblo, ir a misa, porque el cura era también español», revela. «Para mí era fascinante ver esos grandes edificios con cristaleras, calles con sus canales, grandes centros comerciales que por aquel entonces ya existían allí, sus modernos coches… En verdad recuerdo que nos trataban muy bien, éramos muy trabajadores. En 1975 los holandeses nos felicitaban porque la democracia en España había llegado», explica Juan.
Algunos lograron cierta estabilidad en Europa, pero finalmente regresaron a sus pueblos, donde sus hijos eran ya adolescentes o adultos. En estos casos, los emigrantes tenían entre 35 y 50 años. Quienes permanecieron mucho más tiempo fuera, volvieron definitivamente al llegar su jubilación, para disfrutarla en su tierra natal. Aquellos que formaron una familia en el extranjero regresan de visita siempre que pueden, porque es difícil olvidar la tierra donde se da el origen de la vida.
El Mundial de 1978 y los televisores en color
«En el año 1978 nos reunieron a todos los empleados, se nos informó que iba a ser el Mundial de fútbol de Argentina 1978 y había un pedido de dos millones de televisores en color, así que habría turno de fin de semana para quien quisiera ganar un extra porque había que hacerlos. Yo me apunté y así es como pude reunir el dinero para terminar de pagar mi casa en el pueblo», destaca.
«Vi como muchos comenzaron a gastarse el dinero ahorrado jugando a las cartas en la cantina, otros conocieron a chicas holandesas y comenzaron una nueva familia allí, dejando a la que tenían en España. Yo sin mi mujer no podía estar», confiesa. «Quería hacer dinero y volver a mi casa. Un día cerré los ojos y ya tenía 31 años y mi hijo 4 años. Así que algunos años después, cuando mi esposa se quedó embarazada por segunda vez, decidí volver, quería ver nacer a mi hija allí, en casa», subraya.
«El 30 de agosto de 1981 regresé a Garganta la Olla, al mes nacía mi hija Ana, nunca más volví a Holanda. Compré unas cabras, oficio que conocía bien desde niño. En ese momento había un plan de ayudas e incentivos para la ganadería extensiva en zonas de montaña dirigidos a explotaciones en zonas desfavorecidas. A pesar de la dureza del desarraigo, casi diez años fuera de mi tierra, recuerdo ese tiempo como una experiencia increíble que recordaré el resto de mi vida», concluye.

Juan Pozo en su cochera, donde guarda elementos de cabrero como cencerros. / Beatriz García Montalvo
Cambiar de medio no siempre es fácil cuando las raíces ya están agarradas a un lugar y corre por su savia una memoria. El desarraigo es un fantasma que acompaña siempre al emigrante.
La historia de Juan Pozo Sánchez forma parte de la historia de Extremadura y constituye un capítulo valioso de su memoria histórica, digno de ser recordado.
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