Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Una forma más sofisticada de competir

Cuando la testosterona baja y el éxito evolutivo sube

El macho humano emerge como un agente reproductivo estratégicamente flexible: capaz de elevar su testosterona en contextos de competencia por pareja y de reducirla cuando la supervivencia de la descendencia requiere inversión, cooperación y cuidado prolongado

Un padre con un carrito de niño.

Un padre con un carrito de niño. / EL PERIÓDICO

Jesús Ramírez Muñoz

Jesús Ramírez Muñoz

La paternidad humana constituye un reajuste biológico profundo que redefine la forma en que los hombres participan en la competencia sexual y en la reproducción. La disminución de los niveles de testosterona tras el nacimiento de un hijo, especialmente pronunciada en padres activamente involucrados en el cuidado diario, no es un subproducto accidental del estrés o la falta de sueño, sino una adaptación evolutiva funcional ampliamente documentada. Datos longitudinales muestran que hombres que se convierten en padres experimentan caídas significativas en testosterona, hasta alrededor de un 26–34 % tras el nacimiento, y que esta reducción es mayor en aquellos con mayor participación en el cuidado infantil (Gettler, McDade, Feranil&Kuzawa, 2011). Cambios hormonales acompañantes, incluyendo aumentos en oxitocina y prolactina —aunque en humanos la relación precisa varía según el estudio— reflejan una reorganización neuroendocrina que facilita el apego y la sensibilidad social durante la transición a la paternidad (Storeland et al., 2010). De este modo, el organismo masculino, lejos de “apagarse”, recalibra sus prioridades fisiológicas y conductuales en función de las demandas reproductivas del entorno.

Sin embargo, este reajuste no elimina el conflicto entre estrategias reproductivas, sino que lo vuelve más complejo. En términos de selección sexual, los machos humanos se enfrentan a una disyuntiva evolutiva persistente entre invertir recursos en la descendencia existente y mantener oportunidades de apareamiento adicionales. Estudios sugieren que altos niveles de testosterona predicen mayor éxito de apareamiento inicial, pero declinan rápidamente una vez que el individuo asume responsabilidades paternas, indicando un papel mediador de la testosterona en el equilibrio entre búsqueda de pareja y cuidado parental (Gettler et al., 2011). La infidelidad o el doble apareamiento pueden entenderse como intentos contingentes de resolver este conflicto, especialmente en ecologías donde la inversión parental es costosa y la certeza de paternidad baja. En estos casos, niveles relativamente más altos de testosterona parecen favorecer la búsqueda de oportunidades extrapareja, mientras que niveles moderados o bajos sostienen la constancia conductual necesaria para la inversión parental sostenida. Cuando este equilibrio se rompe —por presión social, estrés crónico o incentivos reproductivos contradictorios— emergen estrategias mixtas inestables que pueden maximizar beneficios a corto plazo pero erosionar la estabilidad relacional y el éxito reproductivo a largo plazo.

Contextos monógamos y polígamos

Las diferencias entre contextos monógamos y polígamos ilustran con claridad esta flexibilidad estratégica. En sistemas monógamos, donde la supervivencia de las crías depende de manera crítica de la inversión continuada de ambos progenitores, la implicación paterna y la reducción de testosterona aumentan el fitness reproductivo al favorecer la viabilidad de la descendencia, la estabilidad de la pareja y la cooperación social necesaria para el cuidado prolongado. En contextos polígamos caracterizados por una alta desigualdad reproductiva entre machos, la inversión paternal suele ser menor y los niveles de testosterona tienden a permanecer más elevados, facilitando conductas de competencia intraesexual y acumulación de estatus y recursos. En ninguno de estos casos la testosterona actúa como un determinante rígido del comportamiento, sino como un modulador plástico que ajusta la fisiología masculina a la estrategia reproductiva dominante de la ecología social.

Este reajuste no implica una renuncia a la competencia sexual, sino su redefinición funcional. En entornos donde la reproducción exitosa depende menos de rivalidades abiertas y más de inversión efectiva en la descendencia y estabilidad relacional, la competencia se desplaza hacia conductas menos visibles pero más determinantes de éxito reproductivo a largo plazo. La reducción de testosterona atenúa la competencia intra-sexual masculina, disminuyendo conductas que podrían poner en riesgo la pareja o la supervivencia de crías altamente dependientes. De este modo, el ajuste hormonal masculino opera como un mecanismo adaptativo que integra cooperación, cuidado y estabilidad social como componentes centrales de la estrategia reproductiva humana.

Reajuste fisiológico

Este reajuste fisiológico, sin embargo, no opera en el vacío, sino que se ve profundamente modulado por el entorno social y cultural. Cuando una sociedad penaliza la inversión paterna —por ejemplo, asociando el cuidado con pérdida de estatus o falta de ambición— se produce una disonancia entre la biología adaptativa masculina y las normas sociales dominantes. En estos contextos, los hombres enfrentan incentivos reproductivos contradictorios: invertir de manera sostenida en la descendencia puede reducir su prestigio social o sus oportunidades económicas, mientras que mantener conductas competitivas congruentes con altos niveles de testosterona puede poner en riesgo la estabilidad de la pareja y la supervivencia de las crías. Esta tensión tiende a inhibir la modulación hormonal asociada a la paternidad activa, favoreciendo una menor implicación parental y aumentando la probabilidad de conflicto familiar o estrés crónico.

Al mismo tiempo, desde la perspectiva de la selección sexual femenina, la paternidad activa constituye una señal honesta de capacidad de inversión y bajo riesgo de abandono, pues la coherencia entre fisiología y conducta hace que estas señales no sean meramente performativas sino sostenidas por estados hormonales funcionales (Gettler et al., 2011). En este sentido, el macho humano emerge como un agente reproductivo estratégicamente flexible: capaz de elevar su testosterona en contextos de competencia por pareja y de reducirla cuando la supervivencia de la descendencia requiere inversión, cooperación y cuidado prolongado, siempre que el entorno social permita y refuerce esta transición.

Contexto de la paternidad

La relación entre testosterona, dominancia y estatus masculino se transforma de manera significativa en el contexto de la paternidad, sin que ello implique la desaparición de la competencia o del poder, sino su reconfiguración funcional. La dominancia no se extingue; cambia de forma, derivándose en contextos cooperativos del cuidado, la provisión y la construcción de redes sociales estables. La reducción de testosterona facilita esta transición al disminuir impulsividad y agresividad reactiva, favoreciendo formas de liderazgo más prosociales y sostenibles. En entornos donde el prestigio masculino se basa en exhibición constante de dominancia competitiva, la paternidad puede entrar en conflicto con las expectativas normativas de masculinidad, dificultando que la inversión parental sea reconocida como fuente legítima de estatus.

Esta transformación de la dominancia, sin embargo, no constituye un estado rígido ni irreversible, sino un ajuste plástico y contextual, sensible a variables como estrés crónico o dinámica relacional, que se asocia con mayor regulación emocional y capacidad para sostener vínculos sociales estables.

En última instancia, la disminución de testosterona asociada a la paternidad no debe interpretarse como una pérdida, sino como una reconfiguración estratégica que maximiza el fitness reproductivo en una especie con crías extremadamente dependientes. Cuando las condiciones favorecen la cooperación, la biología masculina responde alineando la fisiología con el cuidado; cuando el entorno penaliza estas conductas, emergen tensiones que reducen la eficacia reproductiva. Así, la paternidad, lejos de representar un sacrificio biológico, constituye una optimización adaptativa que redefine la competencia sexual y transforma el cuidado en un componente central del éxito reproductivo humano.

El autor es vocal del Colegio Oficial de Biólogos de Extremadura

Tracking Pixel Contents