TEA y neurodesarrollo
Trastorno del Espectro Autista: Una perspectiva integradora desde la genética, neurobiología, comportamiento y evolución
Si concebimos el TEA como parte de la diversidad natural del neurodesarrollo humano, y teniendo en cuenta que algunos de sus rasgos pudieron conferir ventajas adaptativas en contextos ancestrales, ¿qué podemos aprender sobre la diversidad cognitiva actual para fomentar entornos inclusivos que valoren distintos estilos de pensamiento y habilidades? Además, ¿cómo deberían adaptarse nuestras estrategias educativas, sociales y laborales para potenciar las fortalezas de las personas en el espectro, al mismo tiempo que se atienden sus necesidades específicas?

Un niño con un rompecabezas. / MIKHAIL NILOV / PEXELS/LA NUEVA ESPAÑA
El Trastorno del Espectro Autista (TEA) es una condición del neurodesarrollo que afecta la comunicación, la interacción social y la manera en que una persona percibe y responde a su entorno. La noción de “espectro” refleja la gran variabilidad de su manifestación, que abarca desde individuos con necesidades de apoyo intensivo hasta personas con alta autonomía funcional, constituyendo esta heterogeneidad uno de sus rasgos definitorios y vinculándose estrechamente con la complejidad de sus bases neurobiológicas (Lord et al., 2020).
La variabilidad de su manifestación abarca desde individuos con necesidades de apoyo intensivo hasta personas con autonomía
Este análisis se sitúa en un marco teórico integrador que combina el modelo clínico tradicional —centrado en la identificación de déficits y necesidades de apoyo— con enfoques contemporáneos de neurodiversidad, que conciben el TEA como una variación natural del neurodesarrollo humano. Desde esta perspectiva, el TEA puede comprenderse mediante modelos de déficit cognitivo, de procesamiento predictivo y de neurodiversidad, los cuales ofrecen perspectivas complementarias sobre sus manifestaciones conductuales y neurológicas, integrando así la diversidad clínica, cognitiva y biológica del espectro.
A pesar de la ausencia de un perfil único, el TEA se caracteriza por patrones comunes que facilitan su identificación. Entre ellos destacan dificultades en la comunicación social, como problemas para mantener conversaciones, interpretar gestos y expresiones faciales, y establecer reciprocidad socioemocional. La variabilidad en el lenguaje es amplia, desde personas no verbales hasta individuos con habilidades lingüísticas altamente desarrolladas. Son frecuentes también los intereses restringidos e intensos y comportamientos repetitivos, incluyendo ecolalia, balanceo corporal y rituales insistentes. Entre los detalles clínicos finos se incluyen diferencias en prosodia, comprensión pragmática del lenguaje, patrones de atención y respuestas emocionales sutiles, que contribuyen a la heterogeneidad del espectro.
Diferencias en redes neuronales
Estas manifestaciones se asocian con diferencias en redes neuronales implicadas en la cognición social y la flexibilidad cognitiva (Robertson&Baron-Cohen, 2017), con un patrón de conectividad atípica caracterizado por hiperconectividad local y/o hipoconectividad entre redes cerebrales de larga distancia. Están implicadas alteraciones en la corteza prefrontal y el sistema límbico, regiones clave para la regulación emocional, la toma de decisiones y la cognición social. Asimismo, la sensibilidad sensorial atípica —hiper o hiporreactividad a estímulos auditivos, visuales o táctiles— y la preferencia por rutinas con dificultades ante cambios se relacionan con alteraciones en el procesamiento predictivo (Bourgeron, 2015).
Por genética, la arquitectura del TEA es poligénica. No hay un único “gen del autismo”; múltiples variantes aumentan la probabilidad de su aparición
El TEA presenta una etiología multifactorial, sin una causa única. La evidencia científica indica que la interacción entre factores genéticos y procesos del desarrollo cerebral temprano es central en la configuración del espectro (Grove et al., 2019). Estudios de heredabilidad estiman que entre el 60 % y el 90 % del riesgo es atribuible a factores genéticos, que incluyen tanto variantes comunes de efecto pequeño como mutaciones raras de alto impacto, afectando genes implicados en sinaptogénesis, plasticidad neuronal y conectividad cerebral. La evidencia epidemiológica a gran escala descarta relaciones causales con vacunas o estilos de crianza, reafirmando la relevancia de los factores biológicos en la aparición y desarrollo del trastorno (Lord et al., 2020).
Camuflaje social
El diagnóstico del TEA suele realizarse en la infancia, cuando se evidencian diferencias en el desarrollo social y comunicativo; no obstante, puede producirse también en adolescencia o adultez, especialmente en perfiles más compensados o en mujeres (Lord et al., 2020). En algunos casos se observa el fenómeno de camuflaje social, particularmente en mujeres, que implica estrategias compensatorias para enmascarar las dificultades en la interacción social. El TEA no constituye una enfermedad curable, sino una condición persistente; por ello, la provisión de apoyos adecuados —intervenciones terapéuticas, estrategias educativas y acompañamiento— es fundamental para favorecer la autonomía y el bienestar.
Desde el punto de vista genético, el TEA posee una arquitectura compleja y poligénica. No existe un único “gen del autismo”; múltiples variantes incrementan la probabilidad de su aparición (De Rubeis et al., 2014), afectando procesos claves del desarrollo cerebral, como proliferación neuronal, migración celular y formación de circuitos sinápticos. Entre los genes más estudiados se encuentran SHANK3, CHD8 y NRXN1, implicados en la comunicación sináptica y la conectividad neuronal. También son relevantes las mutaciones de novo y las variaciones en el número de copias del ADN (CNVs), que pueden afectar múltiples genes. Estas alteraciones impactan en la organización de redes neuronales, transmisión sináptica y plasticidad cerebral, contribuyendo a los patrones conductuales y sensoriales característicos del TEA (Bourgeron, 2015). Es importante distinguir hallazgos empíricamente robustos de hipótesis emergentes, contextualizando los avances frente a las áreas aún en exploración.
No obstante, la expresión del TEA depende de la interacción con factores ambientales, como la edad parental o condiciones prenatales, que modulan la predisposición genética sin constituir causas directas (Grove et al., 2019). Esto evidencia que la genética establece una base de vulnerabilidad, mientras que los factores ambientales actúan como moduladores del fenotipo, contribuyendo a la diversidad clínica y funcional observada.
El análisis comparado con otros trastornos permite contextualizar esta complejidad. El TEA comparte con el TDAH y la esquizofrenia un modelo poligénico, basado en la acumulación de múltiples variantes genéticas (Cross-Disorder Group of the Psychiatric Genomics Consortium, 2019). En contraste, el síndrome de X frágil sigue un modelo monogénico, causado por mutación en el gen FMR1. El solapamiento genético sugiere la existencia de sistemas biológicos fundamentales compartidos —como sinaptogénesis, conectividad cortical y desarrollo temprano de circuitos neuronales— cuya variabilidad estructural y funcional ha permitido flexibilidad evolutiva, innovación cognitiva y diversidad comportamental. Genes como SHANK3, NRXN1 y CNTNAP2 se han asociado a más de un trastorno, indicando vías neurobiológicas convergentes, aunque cada condición mantiene componentes específicos que explican su diferenciación clínica y evolutiva.
Desde una perspectiva evolutiva, la persistencia de variantes genéticas asociadas al TEA y otros trastornos del neurodesarrollo puede interpretarse como parte de la diversidad adaptativa del neurocerebro humano. Muchas variantes representan extremos de rasgos neurocognitivos que, en niveles moderados, pudieron conferir ventajas funcionales en contextos ancestrales, favoreciendo la detección de patrones, la fabricación de herramientas o la resolución de problemas técnicos, incrementando la eficiencia individual y grupal.
La naturaleza del TEA
La naturaleza poligénica y pleiotrópica del TEA indica que los mismos genes pueden tener múltiples efectos: algunas variantes contribuyen a capacidades cognitivas beneficiosas, mientras que su combinación o expresión extrema puede dar lugar a manifestaciones clínicas. Este patrón es coherente con modelos de selección equilibrada y estabilizadora, donde ciertas variantes se mantienen debido a un balance entre efectos positivos y negativos sobre el éxito reproductivo (Bourgeron, 2015). Sin embargo, este enfoque constituye un marco interpretativo teóricamente plausible que aún no cuenta con consenso empírico pleno.
En conjunto, estas perspectivas integradoras —genética, neurobiología, conducta y evolución— permiten comprender la heterogeneidad del TEA y su solapamiento con otros trastornos del neurodesarrollo, subrayando la necesidad de un análisis multidimensional para una comprensión completa (Lord et al., 2020).
Si concebimos el TEA como parte de la diversidad natural del neurodesarrollo humano, y teniendo en cuenta que algunos de sus rasgos pudieron conferir ventajas adaptativas en contextos ancestrales, ¿qué podemos aprender sobre la diversidad cognitiva actual para fomentar entornos inclusivos que valoren distintos estilos de pensamiento y habilidades? Además, ¿cómo deberían adaptarse nuestras estrategias educativas, sociales y laborales para potenciar las fortalezas de las personas en el espectro, al mismo tiempo que se atienden sus necesidades específicas?
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