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Memoria extremeña

El escritor Luis Roso revisa el crimen de Puerto Hurraco: "Fue el acta fundacional de la telebasura en España"

El autor de Moraleja denuncia que la cobertura de la matanza de 1990 convirtió el dolor de las víctimas en espectáculo y proyectó sobre Extremadura una imagen de atraso y violencia

Luis Roso, en una imagen en Moraleja.

Luis Roso, en una imagen en Moraleja. / Cedida

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Rocío Muñoz

Rocío Muñoz

Cáceres

El escritor extremeño Luis Roso ha situado el crimen de Puerto Hurraco como "el acta fundacional de la telebasura en España" por el tratamiento sensacionalista y morboso que, según sostiene, recibió la matanza del 26 de agosto de 1990 en esta pedanía de Badajoz. Roso considera que la lucha por las audiencias de las televisiones privadas, que acababan de comenzar sus emisiones en España, desencadenó una cobertura que superó los límites éticos del periodismo. "Los medios, especialmente las televisiones, construyeron un relato de ficción basado en falsedades y mentiras", ha afirmado.

El autor de Moraleja ha presentado en la Semana Negra de Gijón Puerto Hurraco. El espectáculo del horror, su segundo libro de no ficción después de El crimen de Malladas. Por vuestra boca muerta. La obra revisa los hechos que dejaron nueve muertos y doce heridos, pero también pretende averiguar qué ocurrió realmente aquella noche, qué había detrás de los enfrentamientos familiares y cómo se consolidó la versión que ha llegado hasta la actualidad.

El escritor sostiene además que aquella narración relegó a las víctimas, convirtió el dolor en entretenimiento y presentó a los extremeños como "paletos, brutos y salvajes". Puerto Hurraco quedó así asociado a la denominada "España negra", una imagen de atraso, violencia y aislamiento que, a su juicio, afectó tanto a la localidad como al conjunto de Extremadura.

Sobre el crimen de Puerto Hurraco

Los hermanos Emilio y Antonio Izquierdo habían planeado exterminar a todo el pueblo por una antigua disputa familiar, salieron armados con escopetas durante la noche del 26 de agosto de 1990 y dispararon contra los vecinos que se encontraban en las calles. El ataque dejó nueve fallecidos, entre ellos dos niñas, y doce heridos. Los autores fueron detenidos al día siguiente.

Roso vincula el tratamiento del crimen con la feroz competencia por las audiencias que siguió a la llegada de las televisiones privadas, cuyas emisiones habían comenzado un año antes en España. A su juicio, aquella pugna provocó una ola de sensacionalismo que arrastró incluso a medios considerados serios y convirtió la tragedia en un espectáculo audiovisual.

Roso cuestiona ahora las simplificaciones y los lugares comunes que se incorporaron a esa historia hasta terminar imponiéndose sobre los hechos documentados. El resumen de la obra plantea que una tragedia "compleja y terrible" fue convertida en un "folletín sensacionalista" por quienes trataron de obtener rédito del horror. "No cabía que se escribieran más ficciones -más mentiras-, sino que, dentro de lo posible, lo que había que hacer era ajustar cuentas con la verdad", señala el texto de presentación del libro.

Roso cree que el interés por los agresores, los detalles truculentos y las supuestas particularidades del entorno rural desplazaron a quienes habían sufrido el ataque. "Aunque el gusto por la sangre y el morbo existe desde el comienzo de los relatos criminales, nunca antes se habían deshumanizado de tal forma a las víctimas", ha indicado.

Un relato prolongado en el tiempo

El escritor también cuestiona las recreaciones posteriores del crimen. Ha criticado la película El séptimo día, dirigida por Carlos Saura y estrenada en 2004, por "mostrar cadáveres ensangrentados con música de copla", y ha lamentado la publicación de libros que intentaron explicar lo sucedido mediante el esoterismo o la numerología.

A su juicio, esas obras prolongaron una imagen deformada que había comenzado a construirse desde las primeras horas posteriores a la matanza. La repetición de determinados testimonios, imágenes y explicaciones terminó convirtiendo Puerto Hurraco en un símbolo nacional del horror.

Roso relaciona aquel tratamiento con el que se produjo dos años después en torno al crimen de Alcàsser, cuando el secuestro, la violación y el asesinato de tres adolescentes volvieron a ocupar durante meses las parrillas televisivas.

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