Crítica teatral
'Bacanal': cuando Baco volvió a Mérida
Hay textos que nacen para ser representados y otros que parecen escuchar, antes incluso de existir sobre el escenario, la música de los cuerpos

Toni Acosta, Juana Acosta, Elisa Hipólito y Chevy Muraday en 'Bacanal' en Mérida. / Jero Morales
“Bacanal”, cuarto espectáculo de la 72 edición del Festival, presentado en el Teatro Romano, es un espectáculo de danza-teatro de la veterana compañía Losdedae, coproducida por el propio Festival. Basada en un texto de Juan Carlos Rubio inspirado en el universo clásico, y con dramaturgia escénica, dirección, escenografía y coreografía de Chevi Muraday, quien además asume un destacado papel como intérprete.
El punto de partida es el encuentro simbólico entre Dionisio y Baco, concebido como una reflexión sobre la censura en el año 186 a. C., cuando el Senado romano decretó la prohibición de las Bacanales y del culto a Baco. El texto de Rubio convierte ese episodio histórico en una reflexión viva sobre el teatro, el poder, la identidad y la necesidad humana de la ficción. Su obra hace del exceso una poética y del mito una pregunta abierta sobre aquello que permanece cuando las civilizaciones cambian.
Hay textos que nacen para ser representados y otros que parecen escuchar, antes incluso de existir sobre el escenario, la música de los cuerpos. “Bacanal” pertenece a esta segunda categoría. Su vocación no es únicamente narrativa: aspira a recuperar la dimensión ritual del teatro, esa antigua capacidad de reunir a la comunidad alrededor de una experiencia compartida. El gran acierto de la obra se encuentra en el diálogo entre Dionisio y Baco: dos nombres para un mismo dios, dos culturas que se disputan una misma embriaguez y, en el fondo, una reflexión muy actual sobre quién construye la Historia y quién acaba apropiándose de ella.
La presencia de Homero, Eurípides, Aristófanes y los himnos órficos convive con una escritura contemporánea que no trata los clásicos como piezas de museo, sino como una materia todavía viva. La erudición nunca pesa porque siempre está al servicio de la escena.
La obra encuentra sus mayores momentos cuando recuerda que el teatro nació también como un espacio de catarsis: un lugar donde contemplar el dolor, el miedo y la violencia para comprenderlos sin necesidad de repetirlos. Esa es una de las razones por las que, más de dos mil años después, seguimos acudiendo al teatro.
Pero la exuberancia que alimenta “Bacanal” es también su principal riesgo. Algunos pasajes mitológicos, brillantes por separado, se prolongan más de lo necesario y en determinados momentos la palabra amenaza con imponerse al movimiento. El espectador escucha fascinado, aunque a veces tiene la sensación de que Dionisio se resiste a abandonar la escena.
También el lenguaje de Baco participa de ese exceso convertido en poesía. Sus metáforas, tan desbordantes como el vino que las inspira, provocan primero la sonrisa y después una divertida sospecha: uno comprende enseguida por qué Dionisio siente la necesidad de traducirlo. En ocasiones parece hablar no bajo los efectos del vino, sino de un diccionario de sinónimos lanzado escaleras abajo.
El desenlace, con la participación directa del público y la lectura de un manifiesto, confirma la verdadera naturaleza del espectáculo. “Bacanal” no pretende reconstruir unas ceremonias antiguas, sino imaginar unas nuevas. El espectador deja de ser un observador para convertirse en parte del rito, porque el teatro —como el vino de Dionisio— solo revela plenamente su verdad cuando uno decide beberlo.
Si Rubio aporta la arquitectura intelectual de “Bacanal”, la puesta en escena de Muraday le proporciona el impulso físico que convierte el texto en una verdadera experiencia escénica. Su propuesta no ilustra la dramaturgia, sino que conversa con ella desde un lenguaje propio: el del cuerpo. Fiel a la trayectoria de Losdedae, entiende el espectáculo como una celebración en la que palabra, música y movimiento forman un mismo organismo.
El Teatro Romano deja de ser un simple marco monumental para recuperar, simbólicamente, su antigua condición de espacio ceremonial. Difícil imaginar un lugar más apropiado para el regreso de Dionisio, precisamente allí donde el poder intentó contener los excesos de su culto.
La danza se convierte en la verdadera respiración del montaje. Cada movimiento prolonga, completa o contradice las palabras, demostrando que el cuerpo también piensa y que, en ocasiones, puede expresar aquello que el discurso no alcanza. Muraday construye así una dramaturgia física de gran potencia, donde los silencios tienen tanto valor como los parlamentos.
Especialmente lograda resulta la creación del coro. Las bacantes funcionan como una criatura colectiva que se transforma constantemente, más cercana a una fuerza de la naturaleza que a una suma de personajes individuales. La escenografía participa activamente de esa transformación integrándose en la acción hasta convertirse en un elemento vivo de la coreografía, reforzada por una atractiva iluminación (de Nicolás Fischtel) y una sugerente música (de Mariano Marín) que contribuyen a la atmósfera ritual del conjunto.

Cuerpo de baile y actrices en la obra 'Bacanal' en el Teatro Romano de Mérida. / Jero Morales
Esa misma exuberancia visual constituye, no obstante, el principal riesgo de la puesta en escena. Muraday posee una extraordinaria capacidad para crear imágenes bellas, auténticos cuadros en movimiento, aunque en algunos momentos la fascinación por la composición plástica ralentiza ligeramente el impulso dramático. Son pequeños excesos comprensibles cuando quien dirige la fiesta es un dios que nunca tuvo la moderación entre sus virtudes.
Con todo, “Bacanal” confirma a Muraday como un creador capaz de construir un lenguaje escénico donde palabra, danza y música dialogan en igualdad de condiciones. Su trabajo no acompaña el texto de Rubio: lo amplía y lo transforma en una experiencia sensorial que devuelve al teatro algo de su antigua naturaleza colectiva.
El reparto afronta con solvencia las exigencias de un espectáculo en el que interpretar significa también moverse, escuchar y formar parte de una creación coral. Carlos Hipólito compone un Dionisio alejado de cualquier grandilocuencia, combina ironía, melancolía y autoridad, sosteniendo con naturalidad la compleja arquitectura verbal del texto. Su interpretación encuentra el equilibrio entre la cercanía del hombre y el misterio de la divinidad. Frente a él, Muraday construye un Baco esencialmente físico. Su personaje habla tanto con el cuerpo como con la voz y convierte el movimiento en una prolongación del pensamiento. La relación entre ambos sostiene buena parte del espectáculo: Hipólito aporta la palabra reflexiva; Muraday, la energía instintiva.
Juana Acosta, Toni Acosta y Elisa Matilla afrontan con entrega el complejo juego de desdoblamientos de las tres bacantes principales. Aunque la dramaturgia no siempre permite diferenciarlas por completo, las tres actrices dotan de emoción y verdad a unos personajes atravesados por el dolor, la culpa y la memoria.
El resto del elenco y el cuerpo de danza de la compañía (con la colaboración de las bailarinas extremeñas Candela Chamorro, Lucía Ferrán, María Rufo, Celia García, Altea León y Carla Trillo) completan ese gran colectivo que constituye uno de los mayores logros del montaje. Más que una suma de intérpretes, forman un coro contemporáneo que transmite con fuerza el espíritu dionisíaco de la propuesta.
El público aplaudió “Bacanal” con entusiasmo, aunque la riqueza de referencias mitológicas habría agradecido de la organización del Festival un programa de mano más completo, capaz de identificar a los intérpretes y los personajes que encarnan.
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