72 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida / La crítica
'La comedia de la olla': cuando el oro pesa más que las risas
El espectáculo, coproducido por Arequipa Producciones y el Festival de Mérida, es la única comedia clásica de la programación, centrada en la avaricia de Euclión

Escena de 'La comedia de la olla' / Cedida por el festival

El espectáculo “La comedia de la olla” (“Aulularia”), de Tito Maccio Plauto, en adaptación de Antonio Prieto y Juan Luis Iborra —quien firma también la dirección—, constituye el quinto espectáculo de la 72 edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Coproducida por la compañía Arequipa Producciones y el propio Festival es, además, la única comedia clásica propiamente dicha de una programación dominada por textos contemporáneos inspirados en el mundo grecolatino.
Escrita entre finales del siglo III y comienzos del II a. C., “La comedia de la olla” representa una de las cumbres de la fabula palliata, la comedia romana inspirada en modelos griegos. Bajo la apariencia de un ingenioso enredo, Plauto construye una sátira de sorprendente lucidez sobre uno de los vicios más antiguos del ser humano: la avaricia. El personaje Euclión, un anciano viudo que encuentra una olla repleta de oro, descubre muy pronto que la riqueza no siempre libera; a veces encadena. El miedo a perder el tesoro acaba por convertirlo en prisionero de aquello mismo que cree poseer. A su alrededor se entrelazan amores, equívocos, intereses familiares y el célebre robo de la olla, mientras el desenlace —incompleto en el manuscrito conservado— ha sido tradicionalmente interpretado como una invitación al desprendimiento y a la reconciliación.
Pero el verdadero tesoro de la obra nunca fue el oro oculto bajo tierra, sino la penetrante mirada del autor romano sobre la condición humana. Con un humor vivísimo, construido sobre el equívoco, la exageración y la comicidad física, Plauto convierte la risa en una forma de pensamiento. Porque Euclión no solo es un avaro: es un hombre devorado por sus propios miedos. Dos mil años después seguimos reconociéndolo, quizá porque la codicia cambia de traje, pero rara vez de naturaleza.

Escena de 'La comedia de la olla' / Cedida por el festival
La adaptación de Antonio Prieto y Juan Luis Iborra conserva ese núcleo esencial y actualiza el lenguaje con naturalidad, agiliza la acción y amplía las tramas familiares para construir un espectáculo coral, amable y de clara vocación popular. La función busca acercar Plauto al espectador contemporáneo sin exigirle pasaporte para la Roma republicana, y en ese propósito resulta eficaz. Su humor conecta especialmente con un público acostumbrado a códigos más próximos a la comedia ligera televisiva que al teatro clásico.
Los diálogos fluyen con soltura y la comicidad descansa sobre el ritmo, el gesto y los inevitables equívocos. Por momentos, la función parece asomarse al universo de "El avaro" de Molière, heredero indiscutible de la "Aulularia", insinuando un humor más irónico e intelectual. Pero esa posibilidad apenas llega a florecer: termina imponiéndose la comicidad inmediata del enredo, más inclinada a cosechar carcajadas que a sembrar incómodas sonrisas.
Ahí reside, probablemente, la principal limitación de la adaptación. En su empeño por resultar cercano, termina limando parte del filo del original. La avaricia sigue siendo el motor de la acción, pero ya no siempre el objeto de una crítica incisiva; a veces se convierte simplemente en el pretexto para una sucesión de situaciones cómicas simplonas. Plauto escribía con una daga escondida bajo la toga; esta adaptación prefiere blandir una pluma de avestruz.
La puesta en escena de Juan Luis Iborra apuesta por el movimiento continuo. Entradas y salidas vertiginosas, canciones originales, coreografías y un marcado aire de vodevil con actuaciones caricaturescas logradas que imprimen a la representación un tono festivo y desenfadado. La escenografía (de Asier Sancho), funcional y versátil, se transforma con agilidad al servicio de los actores, mientras el vestuario (de Sonia Costa) y la iluminación (de Rodrigo Ortega) dibujan una Roma imaginaria donde importa más el juego teatral que la reconstrucción histórica. Todo está concebido para que el espectáculo no pierda pulso, aunque ese dinamismo no siempre consiga traducirse en una intensidad cómica sostenida. Más que una catarata de carcajadas, la función parece ofrecer una sonrisa cordial.

Escena de 'La comedia de la olla' / Cedida por el festival
En el apartado interpretativo destaca la compenetración de un reparto bien ensamblado, integrado por Carlos Sobera, que interpreta a Euclión, acompañado por Ángel Pardo (Torcuato), David Tortosa (Liviano), Silvia Vacas (Cesonia), Arianna Aragón (Pompina), Juanjo Cucalón (Hilarius y el Dios Lar), Jesús Cabrero (Herpes y Cayo Severo) y Antonio Prieto (Mételo y Congrio), muchos de ellos ya reunidos con éxito en Miles Gloriosus (2022), donde Sobera hizo una excelente actuación en el personaje de El soldado fanfarrón. Aquí, Carlos Sobera compone un Euclión cercano, afable y de indudable presencia escénica. Huye del viejo avaro sombrío para construir un personaje más humano que grotesco, apoyándose en su natural capacidad para comunicarse con el público. Sus apartes teatrales, continuas incursiones en la orchestra y la complicidad que establece con los espectadores funcionan con espontaneidad y recuerdan, salvando las distancias, a esos intérpretes capaces de borrar por un instante la frontera entre escenario y graderío.
El resto del elenco responde con profesionalidad y equilibrio, sin grandes alardes individuales, pero sosteniendo con solvencia el ritmo de una función concebida como un trabajo de conjunto. Nadie sobresale de forma extraordinaria; tampoco nadie desentona. Y, en ocasiones, esa discreta armonía vale más que una colección de lucimientos aislados.
El Teatro Romano registró una magnífica entrada, con cerca de tres mil espectadores, que acogieron la representación con variable calidez y la despidieron con prolongados aplausos. La mayor parte del público —el entregado a los artistas del “famoseo patrio”— celebró el desparpajo, la cercanía y el indudable carisma escénico de Carlos Sobera (que recibió un aplauso afectuoso nada más aparecer en escena), convertido en el principal polo de atracción del espectáculo. Otros espectadores, más familiarizados con el teatro clásico grecolatino, quizá esperaban un Plauto de mayor mordiente, menos complaciente y más incisivo en su sátira. Cada una de esas reacciones responde a una manera distinta de entender las representaciones del Festival en el Teatro Romano.
Porque, como ocurre con la vasija que obsesiona al protagonista Euclión, esta adaptación y montaje parecen guardar menos oro del que prometía. Sin embargo, conserva el brillo suficiente para recordarnos que los clásicos no perduran por permanecer intactos, sino porque cada época encuentra en ellos un reflejo de sus propias contradicciones. Plauto sabía que el oro pesa; este espectáculo demuestra que también puede producir carcajadas, aunque no siempre consiga que la risa deje esa huella profunda que solo las grandes comedias saben convertir en memoria.
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