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Varita rota

El sentido adiós del mago extremeño Jorge Luengo a Juan Tamariz: "Sabía enamorarte y hacerte sentir como un niño"

El ilusionista cacereño recuerda al maestro fallecido a los 83 años como un hombre divertido, entrañable y único que cambió para siempre la forma de entender la magia: "Seguirá siendo el número uno"

Adiós a Juan Tamariz: el genio de la magia muere a los 83 años

Sara Fernández

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Alberto Manzano Cortés

Alberto Manzano Cortés

Mérida

Bastaba con que Juan Tamariz tomara una baraja entre las manos para que durante unos minutos un adulto recuperara la capacidad de asombro de cuando era niño. Entre carcajadas, ocurrencias, cartas que parecían desafiar lo imposible y aquel violín imaginario que terminó escuchando toda España, consiguió algo todavía más difícil que cualquier truco: que al público no le importara cómo había ocurrido y simplemente disfrutara. Para el mago extremeño Jorge Luengo, ahí residía buena parte de su secreto. "Juan sabía enamorarte".

Tamariz ha fallecido a los 83 años en Madrid, dejando tras de sí una trayectoria que lo ha situado entre los personajes más queridos por varias generaciones y entre las grandes referencias internacionales de la cartomagia. Su pérdida ha causado una profunda conmoción en el mundo del ilusionismo, donde su nombre llevaba décadas pronunciándose con una palabra que Jorge Luengo no duda en utilizar: maestro.

"El maestro en mayúsculas"

"Yo creo que es, en mayúsculas, el maestro. El maestro para todos los magos", afirma el ilusionista cacereño. No habla únicamente del hombre capaz de asombrar con una baraja, sino de uno de esos escasos artistas que han conseguido transformar su oficio y dejar una forma distinta de entenderlo a quienes han llegado después.

Para Jorge Luengo, uno de los grandes cambios introducidos por Tamariz ha estado precisamente en la manera de relacionarse con el público. "Hizo el cambio de que el humor y la magia podían ir de la mano", explica. El espectador no tenía que sufrir, agobiarse ni permanecer obsesionado con descubrir dónde estaba el secreto. Podía reír, participar y disfrutar mientras lo imposible sucedía delante de sus ojos.

Detrás de aquella apariencia despreocupada había, sin embargo, una capacidad técnica extraordinaria. La última vez que Luengo estuvo con Tamariz fue el pasado año, en un encuentro en el que se encontraban el mago británico Paul Wilson y Ana Tamariz. Incluso entonces continuó sorprendiéndolo la destreza de sus manos. "Decías: cómo puede tener 80 años y tener una habilidad manual como la que tiene. Hay magos que con 20 años ya soñarían con tenerla".

El verdadero truco era hacerte olvidar el truco

Pero para Luengo la grandeza de Tamariz empezaba precisamente donde terminaba la técnica. "Tenía un control escénico perfecto". Podía bromear, conversar, improvisar y hacer creer que todo estaba sucediendo de manera espontánea mientras conducía al espectador hacia el lugar exacto en el que quería tenerlo.

Y entonces ocurría lo verdaderamente mágico. Tamariz conseguía que el espectador se despreocupara por completo de cómo estaba haciendo el juego y se entregara únicamente a disfrutarlo. "Disfrutabas del efecto, disfrutabas de esa ilusión y disfrutabas de que te estaba haciendo sentir como un niño". El ilusionista extremeño encuentra ahí uno de los mayores regalos que ha dejado Tamariz: haber conseguido que miles de adultos recuperaran durante unos minutos la capacidad de maravillarse sin necesidad de buscar una respuesta.

Convertir lo diferente en una virtud

Igualmente ha habido enseñanzas mucho más personales. Jorge Luengo ha encontrado en Tamariz una forma de entender aquello que hace diferente a un artista. El cacereño pone como ejemplo su propia ceja blanca, convertida ya en una de sus señas de identidad. "Yo tengo una ceja blanca y era como: tengo que explotar mi defecto y convertirlo en mi seña de identidad". Y Tamariz, asegura, sabía hacer exactamente eso: apropiarse de sus peculiaridades y transformarlas en algo irrepetible.

De ahí nació también un personaje imposible de confundir. Las gafas, la melena, la chistera, las cartas, "Magia Potagia", la carcajada y aquel violín invisible han terminado formando parte de la memoria de varias generaciones. Para Luengo, muy pocos artistas consiguen algo semejante: que hayan pasado años desde una actuación y el público todavía pueda cerrar los ojos y recordar perfectamente cómo era aquella escena.

"Sabía enamorarte"

"Que quince más tarde tu público siga recordando tu puesta en escena y pueda describirla con tanto lujo de detalle... cualquier artista envidiaría eso", reflexiona. Y todavía más que quienes tuvieron la oportunidad de verlo en directo continúen relatando aquella experiencia a sus hijos o a sus nietos con la misma ilusión. "Yo creo que ese era el verdadero secreto que tenía Juan, que sabía enamorarte".

Jorge Luengo también guarda al Tamariz que no aparecía sobre un escenario. Un hombre divertido, entrañable, nocturno y con una energía difícil de seguir, capaz de llegar a las cuatro de la madrugada en un congreso de magia con ganas de continuar mientras los demás empezaban a rendirse. Esa manera de disfrutar de las personas, de la conversación y de su profesión completaba, para el mago extremeño, al personaje que España conoció durante décadas.

Ahora permanecen sus cartas, sus libros, sus enseñanzas y millones de recuerdos. Y para el ilusionista Jorge Luengo, hay algo que ni siquiera su muerte puede cambiar. "Que ahora no esté entre nosotros no quiere decir que deje de serlo. Creo que va a seguir siendo el número uno para siempre". Porque Tamariz ha dejado una magia difícil de guardar en una baraja: la de quienes todavía sonríen al recordarlo y, durante un instante, vuelven a sentirse como un niño.

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