72 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida / La crítica
'El viaje de Edipo': La rueda del destino y la memoria
La coproducción de Inconstantes Teatro y Almor Movimiento rescata a Sófocles y Esquilo para interpelar al espectador contemporáneo con dilemas universales

Un momento de 'El viaje de Edipo' en Mérida. / Cedida a El Periódico

'El viaje de Edipo', con dramaturgia de Isidro Timón y Emilio del Valle (quien asume asimismo la dirección), constituye el octavo estreno de la 72 edición del Festival, representado en el Teatro Romano. Coproducido por las compañías Inconstantes Teatro y Almor Movimiento, junto con el propio Festival, el espectáculo ofrece un recorrido por tres textos de Sófocles: 'Edipo Rey' (tragedia de destrucción), 'Edipo en Colono' (melodrama) y 'Antígona' (tragedia de sublimación); y por el texto de Esquilo 'Los siete contra Tebas' (tragedia). A través de estas cuatro obras, la propuesta reconstruye el trágico destino de la estirpe de los Labdácidas y establece un sugerente diálogo entre el mundo clásico y el presente, poniendo de manifiesto la vigencia de conflictos, pasiones y dilemas humanos que, más de dos milenios después, continúan interpelándonos.
El texto de 'El viaje de Edipo', se enfrenta a una empresa tan arriesgada como atractiva: volver a contar a Sófocles y a Esquilo sin reverenciar demasiado a los clásicos, pero tampoco traicionarlos. El resultado es una tragedia que mira hacia la Grecia antigua con un ojo y hacia nuestro presente con el otro. Y, como suele ocurrir con los dos ojos abiertos, a veces ve con extraordinaria claridad y otras tropieza ligeramente con sus propias pestañas.
La obra posee una virtud esencial: no pretende hacer arqueología teatral, sino teatro. La peste, el poder, la religión, la guerra, la desigualdad, la manipulación política y la memoria convierten la ciudad de Tebas en un lugar que, aunque tenga columnas griegas, podría estar peligrosamente cerca de nosotros. La epidemia que abre la obra funciona así como enfermedad física y como metáfora de una sociedad enferma, mientras los gobernantes buscan respuestas en los dioses, en los oráculos o, sencillamente, en cualquier sitio donde la responsabilidad propia quede un poco más lejos.
Edipo aparece primero como rey y después como hombre; primero quiere salvar Tebas y finalmente descubre que el gran enigma no estaba fuera de él, sino dentro. Su tragedia conserva la grandeza clásica, pero adquiere un matiz político contemporáneo: cuando alguien cuestiona su poder, Edipo sospecha de conspiraciones antes que de sí mismo. Quizá porque resulta más cómodo buscar enemigos que mirarse al espejo.
Uno de los grandes aciertos es el Coro, convertido en personaje colectivo, conciencia popular y ocasionalmente cómico comentarista de la catástrofe. Come, bebe, protesta, se cansa y hasta tiene frío mientras la tragedia avanza. Hay algo profundamente humano en esa mezcla de horror y cotidianidad: hasta en Tebas, al parecer, hay que seguir trabajando aunque se esté acabando el mundo. La guerra entre Eteocles y Polinices ensancha el horizonte mostrando que la maldición de Edipo no desaparece con él: se hereda. Los hijos reciben también los errores de los padres, y la lucha por el poder convierte la familia en campo de batalla. La afirmación de que “el poder es para hombres” permite además que la obra introduzca una lectura feminista cada vez más evidente.
Antígona
Y entonces aparece Antígona, quizá el personaje que termina dando sentido a todo el viaje. Frente a los hombres que hablan de poder, honor y gloria, ella habla de los muertos. Frente al olvido de Ismene, escoge la memoria. Frente a Creonte, defiende una justicia que no cabe necesariamente en las leyes del Estado. Su gesto de enterrar al hermano convierte un acto íntimo en un acto político. Aquí reside la mayor riqueza de la obra: la memoria se convierte en la última forma de resistencia. Edipo muere, pero su viaje continúa en sus hijas. Los muertos desaparecen; lo que no debería desaparecer es lo que significaron.

Otra escena. / Cedida a El Periódico
La obra tiene también sus puntos débiles. En ocasiones, los autores explican aquello que el conflicto dramático ya ha conseguido expresar. Algunas referencias políticas y contemporáneas son eficaces, pero otras podrían envejecer antes que el propio mito. También hay momentos en que determinados personajes parecen hablar menos desde su intimidad que desde la tribuna de un ensayo político. Y quizá Polinices e Ismene merecerían todavía más profundidad: uno para que su ambición resulte menos esquemática; la otra para que su deseo de olvidar sea entendido no como cobardía, sino como una legítima necesidad de supervivencia.
Con todo, 'El viaje de Edipo', logra inteligentemente algo difícil: hacer que un mito que conocemos vuelva a inquietarnos. No contempla a los clásicos desde abajo, con reverencia de museo, sino que conversa con ellos, discute y hasta se permite alguna impertinencia. Y quizá esa sea precisamente su mayor virtud. Porque Edipo no termina cuando muere. Termina cuando alguien deja de recordar. Mientras Antígona e Ismene respiren, mientras alguien siga preguntándose quién tiene derecho a contar la historia de los muertos, el viaje seguirá abierto. Tebas cae, los reyes mueren, los ejércitos desaparecen. Queda la memoria.
La puesta en escena de Emilio del Valle, compleja por la propia naturaleza de la propuesta, me recuerda a la que realizó en 2011, en la Alcazaba, como extensión del 57 Festival. Aquella estética coral, especialmente en su versión de Antígona, guarda notables semejanzas con la actual. Entonces logró, a mi juicio, el mejor espectáculo de aquella edición; ahora, en el Teatro Romano, vuelve a demostrar su capacidad para dominar un espacio de mayores dimensiones.
Montaje austero
Del Valle apuesta por un montaje austero, al servicio de la palabra y del actor. La escenografía se reduce a una gran rueda que recorre el escenario y se transforma en los distintos espacios de la acción. Sencilla y eficaz, puede interpretarse simbólicamente como la rueda de la vida y del destino, ese eterno retorno de una tragedia cuyos errores pasan de padres a hijos.
Resultan singulares el Pianista y el Coro. La música tiende un puente entre la tragedia clásica y la sensibilidad contemporánea, mientras el Coro participa activamente en la acción y en el desdoblamiento de los intérpretes. La nana que todo el elenco canta al final, frente al público, constituye el momento más emocionante: después de tanta muerte y violencia, la tragedia encuentra la ternura de una canción de cuna. Más discutible resulta el vestuario de Luisa Santos, cuya concepción sintetizada no siempre diferencia con claridad al Coro de los personajes en que después se transforma. Esta opción y el hecho de que, además, un mismo personaje sea actuado indistintamente por un hombre o una mujer pueda desconcertar al espectador menos familiarizado con el teatro clásico.

'El viaje de Edipo' / Cedida a El Periódico
Pero el gran acierto de Del Valle reside en la impecable dirección de actores. Logra que cada personaje exprese su distinta manera de enfrentarse al destino: Edipo (José A. Lucía y Mamen Godoy) quiere conocerlo; Yocasta (Sara Jiménez), evitarlo; Tiresias (Jorge Muñoz), lo conoce y teme comunicarlo; Creonte (Marcial Álvarez) intenta dominarlo mediante el poder; Eteocles (Fermín Núñez) y Polinices (Jorge Muñoz) lo reproducen mediante la violencia; Antígona (Luna Mayo) se rebela contra él; Ismene (Camila Almeda) intenta sobrevivir; y Teseo (Fermín Núñez) acompaña y protege.
El trabajo actoral del conjunto es magnífico, tanto en su dimensión coral como individual. Destacan las confrontaciones entre Edipo y Creonte, así como los monólogos y relatos de Antígona, Eteocles, Ismene, la Nodriza, el Guardián y el Mensajero, defendidos con talento escénico. Mención merece la debutante Vega del Valle, como Antígona joven, espléndida en la naturalidad con que se incorpora a un reparto de considerable exigencia.
El público respondió con calurosos aplausos, reconociendo el gran esfuerzo y la entrega de todo el elenco. Ovaciones que parecieron también un agradecimiento: la vieja rueda de Edipo había vuelto a girar y, una vez más, la tragedia griega consiguió encontrarnos en el presente.
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